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Mayo en voz de mamá

¡Buenos días!
La maternidad que nació del amor y la decisión. En una fecha dedicada a celebrar a las madres, Marisol Sánchez recuerda cómo cinco niños cambiaron su vida para siempre. Hoy asegura que la maternidad también nace del amor, el cuidado y la decisión de quedarse.
Desde el corazón. Carina Velásquez Portillo abre su corazón en este Día de la Madre con una carta íntima dirigida a su hijo Jorge, fallecido el año pasado. A través de sus palabras, comparte el vacío de la ausencia y la forma en que el amor de madre permanece, incluso frente al dolor más profundo.
Guatemala y el riesgo de un parlamentarismo sin reglas. En este análisis, Rafael P. Palomo advierte que Guatemala ha evolucionado hacia un “parlamentarismo de facto”, donde el Congreso concentra cada vez más poder sin asumir el costo de gobernar. Señala que la fragmentación política y la falta de reformas podrían empujar al país hacia crisis institucionales y abrir espacio a salidas autoritarias.


Ana González
Marisol Sánchez: “No se necesita un lazo de sangre para ser mamá”

A los 37 años, Marisol Sánchez tomó una decisión que transformó su vida: formalizó la custodia de cinco hermanos que habían quedado solos y asumió la responsabilidad de criarlos como sus hijos. Con los años, quienes alcanzaron la mayoría de edad también realizaron el trámite para llevar sus apellidos.
Hoy, a sus 43 años, habla de los desafíos y aprendizajes de una maternidad que llegó de forma inesperada. Durante la entrevista, una de sus hijas permaneció a su lado, atenta a cada recuerdo y ayudándole a no perder ningún detalle en sus respuestas. Entre ambas, la cercanía era evidente: la llamaba “mamá” con total naturalidad.
¿Qué sintió al convertirse en mamá de varios niños al mismo tiempo?
—Pues es bonito, porque es una experiencia que solo las mamás pueden explicar lo que se siente. Claro que también ha sido difícil, porque ser mamá soltera no es fácil, pero conforme pasa el tiempo ellos van creciendo y también le van ayudando a uno. Entonces, al final, es algo muy bonito.
¿Cómo cambió su vida desde el momento en que estos niños llegaron a usted?
—Bastante, porque cuando yo era soltera salía donde yo quería, pero ya estando ellos ya no se puede.
¿Qué le enseñó su propia historia sobre la forma de construir una familia?
—Pienso que depende de la educación que uno les dé, de los buenos hábitos, del ejemplo y de lo que los antepasados le enseñan a uno.
Mire, mi abuelita todavía vive. Tiene 97 años y, aunque educó a sus hijos de una manera muy estricta, todos crecieron siendo buenos hijos.
Entonces, yo pienso que así se construye la confianza entre los hijos y la mamá, dependiendo de cómo uno los educa y la confianza que uno les transmite. Y el ejemplo, más que todo el ejemplo.
Yo, por ejemplo, tal vez fui a discotecas, pero nunca tomé porque sabía que algo malo le podía pasar a uno. Mis amigas tomaban, pero yo las cuidaba. Bailábamos y todo, pero jamás les enseñaba cosas malas.
¿Cómo empezó la historia con los niños que después se convertirían en su familia?
—Los conocí porque me pidieron que fuera madrina de ellos. El más pequeño era un bebé, tenía como dos o tres añitos. Después fui madrina del otro y luego de la otra nena que ahora trabaja conmigo. Yo los bauticé y todo.
En ese tiempo la familia todavía estaba junta, pero poco a poco se fue destruyendo por completo. Primero se fueron a Estados Unidos el papá y uno de los hijos. Luego la mamá se quedó aquí y después también decidió irse.

Marisol junto a sus cinco hijos: Daniel y Cristofer, los más pequeños; Karla, Daniela y Carolina.
¿Qué sintió cuando descubrió que los niños habían quedado completamente solos?
—Cuando la mamá decidió irse, dejó a la nena y a otro varoncito solos en la casa. A nosotros nos avisaron. Ese día yo estaba de vacaciones y le dije a ella: “Vámonos a ver a los niños”.
Cuando llegamos los encontramos bien apretaditos, pero completamente solos. Nadie sabía que los habían dejado ahí. Una señora fue la que me avisó y me dijo: “Véngase porque ya se van a quedar solos”. Yo no lo podía creer.
¿Cómo recuerda a esos pequeños que encontró abandonados aquel día?
—La nena tenía nueve años y Danielito tenía seis. Sí, eran pequeños. El bebé se había ido con la mamá cuando tenía entre dos y tres años.
¿Qué relación había construido con ellos antes de convertirse en su madre?
—Ya teníamos como dos años de conocernos y nosotros los íbamos a visitar cada quince días. También hablábamos por teléfono porque los niños me llamaban y me decían: “Madrina, ¿cómo está?, venga a traernos, ¿cuándo va a venir?”.
Ellos vivían en Carrizal, como yendo a San Pedro de Ayampuc.

¿En qué momento comprendió que ya no podía dejarlos solos otra vez?
—Yo no sabía realmente la situación en la que ellos vivían. Pensé que era una familia normal, feliz y todo.
Pero con el tiempo uno se va enterando de cosas: que el papá tomaba, que maltrataba a la mamá. Incluso yo le dije una vez a ella: “Venga, yo le pago un cuarto y usted trabaja”, pero no quiso.
Entonces decidió irse a Estados Unidos y dejar a los niños.
¿Cómo fue asumir la responsabilidad de criar a cinco hermanos bajo un mismo techo?
—Son diez hermanos, pero cinco viven conmigo.
Al principio, cuando la mamá se fue a Estados Unidos, me dejó a dos de los niños y se llevó al más pequeño. Después regresó y me los quitó. Me dijo: “Ellos son míos”.
Yo se los entregué, pero al poco tiempo los mismos niños me llamaban y me decían: “Venga a traernos, yo ya no quiero estar aquí”.
Ellos a veces estaban sin desayunar, sin bañarse. La mamá no compartía con ellos como yo comparto. Entonces, cuando ella volvió a decir que se iba, pensé que era el momento de hacerlo con papeles.
¿Qué sintió al tomar la decisión definitiva de convertirse en su mamá?
—Yo hablé con ella y también con la hija mayor, porque sabía que sola no iba a poder. Mi prima, que es licenciada, nos ayudó con toda la papelería.
La mamá no sabe leer ni escribir, entonces yo le leí todo el documento. Le preguntamos varias veces si estaba segura y dijo que sí. Ella firmó con su huella y yo corrí con todos los gastos.
Después me pidió dinero porque se iba a Estados Unidos. A mí me partió el corazón porque yo jamás tendría el valor de dejar abandonados a unos hijos. Pero ella se fue.

¿Cómo vivió el temor de que pudieran arrebatárselos nuevamente?
——Como un año después, ella presentó una denuncia para recuperarlos.
La licenciada ya me había advertido que el papá podía venir a reclamarlos, porque parte de la custodia todavía seguía a nombre de él. Incluso había audios donde ella decía que podía quitármelos cuando quisiera.
Pero con el tiempo eso ya no pasó. Hasta la fecha no los ha vuelto a ver, aunque sí ha tratado de averiguar cómo están y cómo vivimos.
Gracias a Dios hemos salido adelante. Yo trabajo, la otra muchacha también trabaja y entre las tres nos hacemos responsables de todo.
¿Cómo aprendieron a salir adelante juntos en medio de tantas responsabilidades?
—Nos organizamos entre todas. Gracias a Dios y a mi papá tenemos un busito. En las mañanas nos íbamos a trabajar y otra de las muchachas se quedaba pendiente de los niños y de las refacciones.
Después los llevábamos al colegio y yo regresaba a hacer el mercado, el almuerzo y todo lo de la casa. Más tarde iba a traerlos y así nos distribuíamos las tareas entre todas.
¿Qué le decían las personas al verla asumir una responsabilidad tan grande sola?
—La gente me dice que me admira, porque yo nunca había estado embarazada. Pero yo siempre les digo que ellos son un regalo de Dios.
Yo no tenía hijos y nunca lo pensé realmente. Pero cuando se dio la oportunidad, así pasó.

¿Antes de conocerlos había renunciado a la idea de convertirse en madre?
—Sí, porque la vida de uno ha traído sufrimiento y yo decía: “¿Para qué traer hijos a sufrir?”. Por eso pensaba que no quería tener hijos.
Mi papá me preguntaba: “¿Y usted no piensa casarse?”. Y yo siempre le respondía que no.
A veces la gente decía: “Se quedó para vestir santos”, pero no. Mire, ahora tengo cinco retoños.
¿Cómo fue la primera vez que escuchó a esos niños llamarla “mamá”?
—Fue cuando rompimos el vínculo con la mamá y firmamos los papeles.
Como al año empezaron a decirme mamá, aunque a veces todavía se les sale decirme madrina.
¿Qué siente cuando comparte con ellos celebraciones como el Día de la Madre?
—Ellos se emocionan mucho. A veces me hablan al oído para contarme las sorpresas que están preparando.
Por ejemplo, ayer uno me dijo: “Mamá, mañana te van a pedir un ticket”. Yo ya sabía para qué era.
Yo trato de participar en todo lo que ellos me invitan para el Día de las Madres y esas actividades.

Daniela, la hija mayor, escucha atenta cada palabra de Marisol mientras recuerda el camino que las llevó a convertirse en familia.
¿Qué le diría a quienes sienten miedo, pero desean darle un hogar a un niño?
—Yo pienso que hay muchas personas que desean tener hijos y no pueden. Y hay tantos niños que necesitan una oportunidad.
Incluso le digo a una de las muchachas: “Si no puede tener hijos, adopta”. Porque uno no sabe si esos niños viven bien o viven mal.
Aquí mismo, sin ir tan lejos, dejaron abandonado un bebé en un picop. Entonces yo digo que, si uno puede darles una oportunidad, hay que hacerlo.
¿Cuáles son esos momentos simples que hoy le dan sentido a su familia?
—Nosotros nos sentamos los seis a desayunar, almorzar y cenar juntos. Ahí empezamos a platicar y yo les hago preguntas para ver qué han aprendido en el colegio.
Les pregunto, por ejemplo, cuántos huesos tiene el cuerpo o cuántos viajes hizo Cristóbal Colón, y ellos se quedan pensando.
Los fines de semana vemos películas y siempre tratamos de hacer todo en familia. Eso es lo que yo les he enseñado: que siempre debemos permanecer unidos.
Y eso nadie me lo enseñó a mí. Yo sola he ido aprendiendo en la vida cómo educar y cómo ser madre
¿Cuál ha sido el momento más difícil y también el más hermoso de este camino?
—Lo más difícil ha sido cuando se enferman. Una de las niñas tiene una bacteria en el cuerpo y ha sido un proceso largo. Hemos vivido muchas situaciones complicadas con ella.
También el pequeño tiene problemas respiratorios y las primeras veces que le daban ataques yo me asustaba muchísimo porque nunca había visto a alguien con asma.
Pero lo más gratificante es que ellos son un regalo. Un regalo que Dios me dio.

Un pequeño erizo también forma parte de la familia y se ha convertido en una de sus mascotas más queridas.
¿Qué cree que convierte realmente a una mujer en madre más allá de la sangre?
—Yo pienso que es el amor.
¿Qué quisiera que las personas comprendieran sobre el amor de una madre adoptiva?
—Que no necesariamente una madre tiene que dar a luz para amar a un hijo como propio.
Lo que me pasó a mí es raro, pero también muy bonito. No se necesita un lazo de sangre para ser mamá. Si Dios le regala a uno una vida, hay que aceptarla. Eso es lo que pienso.
En este Día de la Madre, ¿qué palabras nacen de su corazón para sus hijos?
—Que para mí son todo. Son el regalo más grande que Dios me regaló y estoy muy agradecida porque siempre me apoyan. Somos una familia.
Fotos: Diego Cabrera / República
Voz invitada: Carina Velásquez Portillo
Carta para el cielo de mamá

Hola hijito,
Hoy es 10 de mayo y me enfrento a un Día de la Madre sin escucharte y sin sentirte; es una de esas fechas que te hace sentir que el piso se abre y vamos de nuevo en el abismo inmenso que pareciera no tener fin. Solo que hoy, mi amor, me armé de valor y te escribo estas líneas, leyendo cada una de ellas en voz alta, para que Dios te permita escuchar cada palabra y que el mensaje llegue a tu corazón.
Hoy te quiero contar cómo han avanzado los días desde tu partida; aunque estoy convencida de que lo sabes, has permanecido con nosotros todo el tiempo. Te hemos sentido y hemos visto cada una de tus señales.
Te confieso que he tenido días en donde las fuerzas se esfuman, la respiración no fluye y el peso en el pecho arde, y solo frente al altar esa carga se desvanece, las lágrimas corren, pero limpian y la respiración vuelve a regularse.
Ha transcurrido un poco más de un año desde tu partida, Jorgito, y cada día es un nuevo reto. He aprendido a vivir de nuevo, no soy la misma que dejaste; mi vida se fue contigo y ahora intento continuar, con otra versión que nunca imaginé de mí, mucho más fuerte, tal vez.
Porque jamás me vi continuando sin ti, más real, quizás, porque me ha dejado de interesar lo exterior y me ocupo más de lo interior; más liviana llevo lo necesario sin expectativas de nada ni de nadie, y siempre con tu sonrisa y tus palabras de aliento en mi mente para poder continuar: “Vamos, madre linda tú puedes”.
Cuando todo aquello ocurrió, me sentía flotando, mis pasos los daba sin sentir que caminaba sobre alguna superficie, y en uno de esos días pensé: "Ya no escucharé por un buen tiempo la palabra mamá".
Tu hermana en ese entonces estaba muy pequeña y solo balbuceaba, y Dios se apiado de mí y en esa misma semana me regaló las primeras palabras de tu hermanita diciéndome “mamá”, dándome la fuerza que necesitaba para continuar y tratar de encontrar el propósito de todo aquello a lo que nos enfrentábamos.
Te confieso que he discutido muchas veces con Dios, por que no te puedo negar que lo siento injusto, le he planteado alternativas como: detén el tiempo, haz que todo sea un mal sueño, permite regresar a aquel instante y que el resultado no sea tu muerte sino vida después de ese accidente, lo he retado diciéndole que él tiene el poder y que puede hacerlo, pero con el transcurrir de los minutos me responde dándome la paz que necesito y termino pidiéndole perdón por mi arrebato, y sabiduría para entender todo y aceptar su voluntad.
Lo más difícil de esto, hijito, han sido dos cosas. La primera: darme cuenta de que la vida continúa igual para todos menos para mi. Los planes, las risas, las celebraciones, las agendas continuas, todo sigue su marcha mientras a uno se le detiene el tiempo; y lo segundo, es continuar siendo luz y guía para alguien más (tu hermanita), mientras apenas puedo respirar. Los suspiros son más constantes y llevan consigo el deseo inmenso de ese reencuentro que hasta este momento es únicamente imaginario, pero que por fe, llegará.
La fe es lo único que ha sido inquebrantable, hijito, y la que nos mantiene de pie. El ser creyentes no nos exime del dolor; el estar cerca de Dios no nos asegura que no transcurriremos esas noches oscuras del alma, pero lo que sí nos asegura es mantenernos de pie, avanzando con propósito, y seguros de que algún día nos volveremos a ver.
Desde aquel día, leo libros intentando sentir respuestas. Trabajo mucho intentando tener la mente ocupada; disfrutamos muchísimo a tu hermana. Te sentimos a ti a través de ella en cada beso, cada abrazo y en cada risa. Siempre te dije que son iguales físicamente y la mano de Dios es perfecta porque son como dos gotas de agua. Es una niña feliz, amada, cuidada y bendecida. Sabemos que tú la amaste tanto como nosotros a ti.
¿Qué te agradezco, hijo? Agradezco tus palabras bonitas, tus besos, tus abrazos, tus cartas tan honestas que guardo como el tesoro más preciado en esta vida. Tus consejos tan certeros que muchos ya he aplicado y te puedo asegurar que me han ayudado a construir mi mejor versión de ahora, sin ti.
Soy otra, no soy la misma, y te lo agradezco; somos una familia que aprendimos a valorarnos a través del dolor, a darnos amor a través de la ausencia más grande que se pueda sentir, a acompañarnos en medio del silencio y el vacío, y eso nos ha hecho más fuertes, más unidos y más llenos de amor.
Te agradezco haberme elegido como madre, porque ni el dolor más grande puede apagar el amor infinito que siento por ti, ni la profunda alegría que me regalaste durante 20 años puede ser borrada por esta tristeza que provoca no tenerte más. Haberte tenido me confirma que todo ha valido la pena. Y aun sabiendo que te adelantarías en el camino, te volvería a elegir siempre.
Hoy rindo un homenaje a todos esos seres de luz maravillosos que nos dieron el privilegio de ser madres, y que por propósito divino están disfrutando de las maravillas del cielo.
Hoy abrazo a todas esas mamis que al igual que yo, celebramos distinto, pero desde el amor, el privilegio de dar vida y continuar construyendo nuestro propósito a pesar de que la inspiración en ocasiones nos abandona.
Te amo, Jorgito, por siempre y hasta la eternidad,
Tu mamá
ANÁLISIS
Rafael P. Palomo
Guatemala y el riesgo de ser Perú

Guatemala sigue siendo, en el papel, una república presidencialista. El presidente concentra la conducción del Ejecutivo, dirige la administración pública y, en teoría, debería tener capacidad suficiente para impulsar una agenda de gobierno respaldada por el mandato popular obtenido en las urnas. Pero la práctica política del país lleva años apuntando hacia otro lado.
Lo que Guatemala está desarrollando, lentamente y sin haberlo diseñado institucionalmente, es una especie de parlamentarismo de facto. Un sistema donde el Congreso no solo legisla, sino que condiciona, negocia, bloquea y administra la gobernabilidad cotidiana del Ejecutivo. El problema es que el país no tiene ni las reglas, ni los partidos, ni la disciplina institucional para sostener un esquema así sin caer en crisis permanentes.
Desde Álvaro Arzú, ningún presidente ha gobernado con mayoría legislativa propia. Ningún partido oficialista ha logrado reelegirse. Y cada administración ha dependido de alianzas frágiles, acuerdos coyunturales y pactos de supervivencia para aprobar presupuestos, sostener funcionarios o simplemente evitar el colapso político. Alianzas que, en falta de un proyecto partidario institucionalizado, dependen de transferencias condicionadas e intereses clientelares: es decir, puertas giratorias y búsqueda de rentas permanente. Lo que en política es un hábito normal, pero no cotidiano, en Guatemala se volvió estructural.
El fenómeno se ha intensificado en los últimos años por una combinación peligrosa de extrema fragmentación partidaria, baja institucionalización de los partidos y un sistema electoral diseñado casi exclusivamente para maximizar la representación y no la gobernabilidad. Guatemala tiene uno de los sistemas más permisivos de la región para la proliferación de partidos políticos. El resultado es un Congreso atomizado, compuesto por bloques débiles, altamente personalistas y con incentivos orientados más hacia la negociación clientelar que hacia la construcción a largo plazo.
En un parlamentarismo funcional, esa fragmentación puede manejarse porque existen mecanismos de disciplina partidaria, cultura de coalición y reglas claras sobre la formación y caída de los gobiernos. En Guatemala no existe nada de eso. El presidente no surge del Congreso ni depende formalmente de un voto de confianza parlamentario, pero en la práctica necesita negociar constantemente con decenas de diputados y pequeños grupos de poder para poder gobernar. El Legislativo no asume la responsabilidad directa sobre la conducción del Estado, pero sí acumula la capacidad de veto sobre casi todas las decisiones relevantes.
Eso produce un incentivo perverso, donde el Congreso obtiene poder sin asumir plenamente el costo político de gobernar. Y el Ejecutivo conserva la responsabilidad pública de los resultados sin tener las herramientas suficientes para producirlos.
La experiencia peruana debería ser una advertencia seria para Guatemala. Perú también mantuvo durante años un presidencialismo formal combinado con una fragmentación parlamentaria extrema y partidos débiles. El resultado fue una dinámica donde el Congreso terminó utilizando su capacidad de presión para condicionar permanentemente al Ejecutivo, erosionando la estabilidad política y generando una sucesión constante de crisis presidenciales. Presidentes debilitados, vacancias, confrontación institucional permanente y una ciudadanía cada vez más frustrada con la incapacidad del sistema democrático para producir orden y resultados.
Ese es precisamente el riesgo guatemalteco y tiene un precedente histórico: el Serranazo. Para Guatemala, el riesgo no es nada nuevo, aunque parezca cosa ya del pasado. Cuando un sistema político prioriza únicamente la representación, pero abandona completamente la gobernabilidad, termina entrando en una paradoja peligrosa. La fragmentación excesiva genera parálisis; la parálisis genera frustración democrática, y la frustración genera incentivos sociales para buscar soluciones autoritarias. En otras palabras, el exceso de representación puede terminar produciendo una demanda política por menos representación.
No es casualidad que figuras como Nayib Bukele generen tanta simpatía en sociedades latinoamericanas cansadas de sistemas fragmentados e incapaces de resolver problemas básicos de seguridad, infraestructura o crecimiento económico. Cuando la democracia parece incapaz de tomar decisiones, el orden empieza a verse más atractivo que los contrapesos institucionales. Y ahí es donde comienzan los verdaderos riesgos para una república democrática.
Guatemala todavía no está en ese punto, pero las señales existen. El deterioro de los partidos políticos, la volatilidad electoral, la incapacidad de construir mayorías estables y el creciente poder informal de bloques legislativos sin cohesión ideológica están produciendo un sistema donde cada gobierno depende más de negociaciones transaccionales de corto plazo que de mandatos políticos claros.
El problema no es la representación en sí misma. Una democracia necesita pluralidad política. El problema aparece cuando la representación destruye completamente la capacidad del Estado de gobernar.
Por eso, tarde o temprano, Guatemala tendrá que discutir reformas políticas serias. No superficiales ni cosméticas. Reformas quirúrgicas orientadas a equilibrar la representación y la gobernabilidad. Entre ellas, deberían considerarse umbrales electorales más altos, incentivos para la consolidación partidaria, mecanismos que fortalezcan la disciplina legislativa y reduzcan la hiperfragmentación del Congreso, entre muchas más. Si el sistema sigue evolucionando hacia un parlamentarismo informal sin reglas parlamentarias reales, el país corre el riesgo de entrar en un ciclo de crisis políticas cada vez más profundas. Y la historia latinoamericana demuestra que, cuando las democracias dejan de producir resultados, siempre aparece alguien dispuesto a prometer orden a cambio de poder; un poder que rara vez sueltan, defendiéndolo a capa y espada, pero sobre todo con la espada.
![]() Por: Ana González | ![]() Por: Braulio Palacios |




