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Más allá del jo, jo, jo

¡Buenos días!
El hombre detrás de Santa. Pablo Iriarte, actor, locutor y doctor en Comunicación, lleva 18 años encarnando a Santa Claus, un personaje que llegó a su vida casi por casualidad y terminó transformándolo. Desde el traje rojo no solo reparte alegría: escucha dolores, sostiene silencios y acompaña momentos difíciles. Para él, Santa no es un papel de temporada, sino una experiencia humana que deja huella mucho después de Navidad.
El oficio de ser Santa. Detrás del “jo, jo, jo” existe una escuela en Brasil donde Santa se estudia y se entrena. La formación abarca actuación, manejo emocional y compromiso humano frente a experiencias familiares irrepetibles. Juan Pablo García Murga descubrió que encarnar a Santa es un trabajo que se vive todo el año.
Patrias prestadas. En esta nueva entrega, Marcos Jacobo Suárez reflexiona sobre cómo era Chile bajo el gobierno de Ricardo Lagos: un país que proyectaba una institucionalidad madura, con estabilidad económica, autonomía de las instituciones y reformas sin estridencias. En un clima de moderado optimismo, avanzaba con claridad de rumbo, confianza social y una visión pragmática del desarrollo.
Cuando nadie sabe quién manda. En esta nueva entrega de Compás Institucional, es el turno de Libia Villatoro Arrecis, quien reflexiona sobre cómo la debilidad del Estado no siempre nace de la falta de leyes, sino de la confusión sobre quién debe aplicarlas. La duplicidad o ausencia de competencias diluye responsabilidades, paraliza decisiones y vuelve ineficiente la gestión pública. Sin reglas claras sobre quién decide y hasta dónde, la institucionalidad pierde rumbo y el ciudadano queda a la deriva.


ACTOR, LOCUTOR Y DOCTOR EN COMUNICACIÓN; EN NAVIDAD, SOLO SANTA CLAUS
Pablo Iriarte: “Santa no se queda en diciembre; se queda en uno”

Por: Ana González
Pablo Iriarte no solo es actor de teatro y locutor; también es doctor en Comunicación, egresado de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC). Lleva 25 años dedicado a la actuación y 18 encarnando a Santa Claus, un personaje que llegó a su vida casi por casualidad y que, con el paso del tiempo, se volvió una presencia inevitable cada diciembre.
Aunque nunca creció con la ilusión de escribirle a Santa para pedir un regalo —porque desde niño supo que los obsequios venían de sus padres—, hoy ese personaje lo atraviesa de una forma profunda y silenciosa. Desde el traje rojo, Pablo no solo reparte sonrisas: también sostiene miradas cargadas de tristeza, escucha deseos que no siempre pueden cumplirse y acompaña a niños en momentos difíciles. Santa, confiesa, no se queda en diciembre; lo sigue, lo transforma y le recuerda, año tras año, que la magia también puede doler.
¿Cómo combinaste el teatro con interpretar a Santa Claus?
—Tengo 25 años dedicándome a la actuación y también a la locución profesional. Y así, sin buscarlo, todo empezó.
¿Cómo surgió tu primera oportunidad para interpretar a Santa Claus?
—Ni yo sabía. No era un deseo mío. Con el teatro uno conoce a muchísima gente, hacés una obra y te conectás con el elenco de otros grupos… se va formando una telaraña de contactos. Conocí a unos amigos que trabajaban como estatuas vivientes y en shows temáticos, allá por 2006–2007. Estaban en Interfer y necesitaban un Santa; me dijeron: “Mirá, vení, hagámosle”. Y fui, sin tener idea de nada.
Me empezó a gustar. Sobre todo la reacción de la gente. Yo de niño veía a Santa como se ve a Mickey Mouse: “qué bonito”, y ya. Pero me sorprendió la reacción del niño… y con los años, la del adulto.
Me puse a investigar académicamente el personaje: por qué existe, cómo perfeccionarlo, qué significa representarlo. Desde 2007 me puse por primera vez un traje —no este, pero uno— y año con año fui aprendiendo. La gente cambia, las épocas cambian. Hay que saber cómo no asustar a un niño ni incomodar a un adulto. Así nació todo, sin planearlo.

¿Cómo eran tus Navidades de niño?
—Eran simples: quemar cohetes en la cuadra, el estreno… aunque yo no entendía bien su significado. Hoy ya sé, y ahora mejor ahorro (ríe).
¿Tus papás te inculcaron la idea de Santa?
—No. Yo disfrutaba ver caricaturas en canales nacionales, porque cable no tenía: duendes, Frosty, Santa… esa fantasía me encantaba. Pero no sentía ese deseo de “quiero conocerlo” o “quiero ser él”.
Mis papás tampoco me negaron su existencia. Recuerdo que mi papá una vez pasó por la ventana imitando a Santa, hizo el “jojojo”, y al regresar ya estaban los regalos en el árbol. Ya de adulto pienso: ¡qué bonito detalle!
Pero nunca tuve la ilusión de escribir una carta o esperarlo como tal. Sabía que los regalos venían de mis papás.
¿Alguna vez tuviste conflicto con amigos por creer o no creer en Santa?
—Nunca. En mi época —los ochenta— simplemente no se discutía. Se hablaba más de posadas que de Santa. Era algo normal, sin drama.
¿Qué edad tenías cuando lo interpretaste por primera vez?
—Tengo 46 y llevo 18 años de hacerlo. Así que tenía alrededor de 28 años.

¿Cómo fue esa primera experiencia?
—Linda. Éramos tres Santas. Ver la reacción de la gente era increíble. Mi estilo siempre ha sido el Santa inglés, por eso uso el traje abierto. Con los años fui puliendo detalles, pero desde ese primer año supe que había algo especial.
Después me volvieron a llamar, luego vinieron desfiles… y así fue creciendo.
¿Recuerdas alguna anécdota con niños que te haya marcado?
—Muchas. Por ejemplo, cuando se acercan y dicen: “Ojalá Santa me lleve un regalo”, y detrás de eso hay algo más profundo. He escuchado: “Santa, mis papás no te leen porque nunca llegas”, “Ojalá mi papá compre el arbolito”, “Ojalá mi hermanita se mejore” o “solo quiero que mis papás ya no peleen”.
En hospitales es aún más fuerte: niños con cables, tratamientos, y uno debe mantener la compostura. Te ven como Santa, no como Pablo. Y uno se quiebra por dentro, pero después, cuando ya me quito todo, sí lloro. Hay encuentros que te marcan para siempre.
¿Cómo logras mantenerte firme en situaciones tan emocionales?
—Respirar. Recordar que soy el personaje. Lo aprendí también en teatro, cuando trabajamos con niños con VIH. Tienes que sostenerte porque ellos ven a Santa, no a la persona detrás. Después ya viene el desahogo, la oración, pedir por ellos. Este personaje no solo da alegría: también acompaña en momentos muy duros.

¿De qué manera tu formación actoral influye en la forma en que construyes y sostienes al personaje de Santa Claus?
—Muchísimo. Me da herramientas para improvisar, para responder con sentido cuando alguien llega triste, cuando un niño te confía algo delicado. Santa no puede despedirse diciendo “qué mal”, sino contener, animar, acompañar. La actuación me ayuda a leer a la gente, a sostener la escena y a improvisar con cariño.
¿Qué tipo de reacciones has encontrado en los adultos y hay alguna experiencia en particular que se te haya quedado grabada?
—Varias. Una vez un señor grande, muy corpulento, llegó diciendo que todos se iban a reír de él por su peso. Le contesté: “¿Y qué tiene de malo tu cuerpo? ¿Cómo que está mal? Mírame a mí”.
Y se relajó. Se sentó. Jugamos. Y me encantó ver a ese adulto convertirse en niño. Eso pasa mucho: hombres y mujeres que nunca tuvieron a Santa en su infancia, y ahora lo viven por primera vez y se emocionan.

¿Siempre sabes qué vas a hacer en cada evento?
—Más o menos. Pregunto dónde será, si habrá música, si habrá niños, adultos, adolescentes… y con eso preparo el enfoque. Pero no me gusta que intervengan: “Déjenme llevar, yo me encargo”. Improviso según el público.
¿Quién es Pablo Iriarte cuando se quita el traje rojo de Santa Claus y a qué dedica su tiempo fuera de la temporada navideña?
—Estudio, investigo, asesoro tesis, doy clases de teatro, de expresión artística, de locución para niños. Trabajo mucho en Escenarte, en zona 14. Afortunadamente, los cursos terminan en la primera semana de diciembre y no chocan con la temporada fuerte.
Fotos: Diego Cabrera / República
Alice Utrera
Donde se estudia la magia: la escuela brasileña que forma a Santa Claus
971 palabras | 5 minutos de lectura

Río de Janeiro, Brasil, es una ciudad famosa por su carnaval, sus playas y su espíritu festivo. Sin embargo, hay un rincón poco conocido que cobra vida cada año desde hace más de tres décadas: la Escuela de Papá Noel de Brasil (Escola de Papai Noel do Brasil), una institución única dedicada a formar a quienes interpretan a uno de los personajes más queridos de la temporada navideña.
A esa escuela y a los encuentros vinculados con ella llegó el guatemalteco Juan Pablo García Murga, quien desde hace años interpreta a Santa Claus y recientemente participó en un encuentro internacional de Santas en Brasil. Su experiencia confirma que, detrás de la sonrisa y el “jo, jo, jo”, existe un trabajo que combina preparación actoral, sensibilidad humana y compromiso cultural.
Para García Murga, el primer aprendizaje fue comprender que Santa no se representa a medias. “Aprendemos a vivir el personaje, más allá de interpretarlo”, explica. En la escuela le enseñaron que, para los niños, no existe el concepto de actuación. “Cuando un chico nos saluda, para él y su familia verdaderamente somos Santa”.
Mucho más que un traje rojo
Uno de los pilares de la formación es entender el peso del momento en el que Santa Claus entra a una casa. No es una visita cualquiera ni un acto repetible sin consecuencias. Cada encuentro puede marcar a una familia para siempre, y eso exige un nivel de respeto absoluto hacia la experiencia.
“Aprendemos que ese momento en que estamos con una familia, en la intimidad de su casa, será un recuerdo para toda la vida y por eso exige toda nuestra dedicación”, afirma Juan Pablo. Esa idea atraviesa toda la enseñanza: desde cómo tocar la puerta y cómo mirar a los niños, hasta cómo escuchar lo que cada familia necesita en ese instante.
La escuela insiste en que Santa debe estar preparado para distintos escenarios, no solo los ideales. Por ello, además de lo simbólico, existe una formación técnica exigente que busca preparar al intérprete para responder con humanidad ante cualquier situación.
Disciplina, técnica y compromiso todo el año
Lo que más sorprendió a Juan Pablo fue descubrir que el compromiso no termina cuando acaba diciembre. En la escuela, muchos Santas cuidan su barba durante todo el año y mantienen una relación constante con el personaje, incluso fuera de la temporada navideña.
“La pasión y entrega al personaje que viven los Santa Claus de la escuela al mantener y cuidar su barba todo el año”, cuenta. Para ellos, Santa no es solo una imagen estacional. “El personaje deja de interpretarse en enero, pero no deja de vivirse día a día”, añade.
La preparación incluye talleres de teatro, caracterización de la voz, postura corporal, forma de caminar, maquillaje y ejercicios emocionales. Todo está pensado para que el personaje resulte creíble, cercano y respetuoso con cada contexto familiar.
Un vínculo emocional que no es casual
Más allá de la técnica, Juan Pablo señala que la gran diferencia entre un Santa formado y uno ocasional está en la manera de relacionarse con las personas. La escuela pone énfasis en la conexión emocional, no en la imagen comercial.
“Más allá de una imagen de temporada o una imagen comercial, como intérpretes de Santa Claus formamos un vínculo emocional”. Ese vínculo se construye con presencia, escucha y coherencia entre lo que se dice y lo que se transmite con el cuerpo.
La escuela enseña que Santa no solo responde preguntas, sino que sostiene emociones. Por ello, el trabajo no se limita a memorizar frases, sino a comprender el impacto real del personaje en la infancia.
Representar a Guatemala en un lenguaje universal
La experiencia en Brasil tuvo para Juan Pablo un significado adicional: representar a Guatemala en un espacio donde conviven Santas de distintas regiones y culturas. La recepción, dice, fue cálida y fraterna.
“Fue muy lindo representar a Guatemala y ser bienvenido como Santa guatemalteco”, relata. En esos encuentros, más allá de los acentos y las costumbres, encontró valores compartidos. “Aunque existan diferentes culturas, los valores son los mismos”, asegura.
Cabe destacar que ese vínculo no se rompe al terminar el evento. Los participantes mantienen contacto durante el año mediante reuniones virtuales, lo que refuerza una comunidad que entiende a Papá Noel como un símbolo que trasciende fronteras.
La responsabilidad de ser un recuerdo
Uno de los temas más delicados que aborda la escuela es la responsabilidad emocional. Santa entra en espacios íntimos, en momentos cargados de expectativas y emociones. No es un rol ligero.
“Somos invitados a estar presentes en los momentos más íntimos de cada familia”, detalla. Y esa cercanía implica comprender que cada encuentro puede ser único e irrepetible.
“Algún niño nos verá por primera vez, y algún niño nos verá por última vez antes de crecer”, reflexiona. Esa conciencia convierte cada visita en un compromiso, en el que el intérprete debe estar emocionalmente preparado para acompañar ese tránsito.
Adaptar la magia a la cultura guatemalteca
Tras su experiencia en Brasil, García Murga considera que la figura de Santa Claus puede integrarse de forma natural a la cultura guatemalteca. Aunque reconoce diferencias, destaca que existen muchas más similitudes en la manera de vivir la Navidad.
Para él, se trata de trasladar la misma pasión y alegría al contexto local, incorporando elementos propios de Guatemala: la comida tradicional, la cohetería de medianoche, las posadas, los aromas del pinabete y la manzanilla, los nacimientos y la vida familiar alrededor de la Navidad.
La Escuela de Papá Noel de Brasil demuestra que la magia no es improvisada. Se aprende, se entrena y se cuida. Y en manos de intérpretes como Juan Pablo García Murga, esa magia se convierte en un puente entre culturas, memorias y generaciones, construido con respeto, sensibilidad y una profunda comprensión de lo que significa ser Santa, incluso cuando nadie está mirando.
Chile: la eficacia sin ruido

Chile nos recibió en el 2000 a mi compañera Kim y a mí con algo poco frecuente en Latinoamérica: normalidad. Un presidente que explicaba en vez de prometer, ministros que hablaban sin gritar, un país que no necesitaba convencer a nadie. Una cualidad escasa: sabía hacia dónde quería ir. Simplemente funcionaba.
Gobernaba Ricardo Lagos. Su gabinete reformaba sin dinamitar. Había orgullo por el rumbo macroeconómico, acompañado de cautela. Un ministro me manifestó que el país no aspiraba a ser el mejor alumno, sino el más constante.
Lagos encarnaba una transición ya adulta. Este intelectual consolidó el modelo económico con correcciones sociales, la autonomía de las instituciones, la inserción internacional.
Conversé con Jorge Rodríguez Grossi, triministro de Economía, Energía y Minería. Austero y metódico. Su formación liberal lo acercaba al ideario de los Chicago Boys. Al llegar le dije, en referencia a las tres carteras que controlaba: “Ministro, usted y yo compartimos la afición por el ajedrez, su trabajo debe ser como jugar una exhibición de simultáneas”. Se rió: “Algo de eso hay, sí”.

Con mi compañera Kim en el Palacio de la Moneda.
La estatal Codelco, la joya de la corona: principal productora global de cobre y fuente decisiva de ingresos fiscales. A su alrededor orbitaban compañías privadas mineras, energéticas y de servicios.
Traté de política monetaria con Carlos Massad, presidente del Banco Central. La autonomía de la institución, ampliamente respetada, era uno de los pilares del modelo. Recalcó que “las utopías jamás deben ser descartadas”.
Entrevisté a empresarios tecnológicos que discutían de innovación sin anglicismos innecesarios; a economistas que defendían la prudencia fiscal como virtud ética; a académicos que, con calma, advertían sobre las persistentes desigualdades. Se evitaban los gestos grandilocuentes, se opinaba sobre procesos. Incluso las críticas al Ejecutivo se formulaban con cortesía. Desacuerdo como forma de respeto.
La economía mostraba señales de recuperación tras los efectos de la crisis asiática. En la sociedad, un clima de moderado optimismo. La conciencia de las patentes disparidades coexistía con una evidente percepción de progreso. La clase media se expandía y exigía más: educación y servicios, mayor transparencia. Movilizaciones puntuales, no estructurales. No había euforia, aunque predominaba una confianza básica en las instituciones, algo poco común en la región en aquellos años.

Con el triministro de Economía, Energía y Moneda.
En transporte y logística, los puertos eran pieza clave. En el litoral conversamos con los presidentes de la Empresa Portuaria de Valparaíso y de San Antonio. Su modernización, con concesiones privadas y mejoras en infraestructura, avanzaba sin mayores conflictos. La apertura de Chile pasaba, literalmente, por sus muelles.
La política de privatizaciones entraba en una fase más reflexiva. Lagos defendía una relación pragmática entre lo público y lo privado. Economistas y empresarios nos aclaraban que el debate no era “Estado sí o no”, sino “Estado cómo”. No se refundaba. Se ajustaba, corregía, renovaba.
El director del Servicio Nacional de Turismo, encuadrado dentro del Ministerio de Economía, expuso con elocuencia la creciente importancia de este rubro.
Residimos en el Hotel Carrera, mirador privilegiado del pulso político, urbano y humano. Situado a pocos pasos del Palacio de La Moneda, sede del presidente de la República, condensaba una parte sustancial del siglo XX chileno. Sus salones tenían la elegancia de los lugares que han acogido reuniones y conversaciones de alto nivel. En el lobby coincidían diplomáticos, periodistas extranjeros, funcionarios y empresarios que anteponían el anonimato.

Con el presidente del Banco Central de Chile.
El casco histórico tenía una densidad humana que invitaba a recorrerlo a pie. En materia gastronómica, ofrecía marcados contrastes. A veces cenábamos en Azul Profundo, un restaurante que entendía el mar como argumento cultural. Cuando íbamos al Mercado Central solíamos comer en Donde Augusto, cuyo dueño no se detenía en tendencias o fusiones: exponía su producto, frescura y oficio. Allí saboreamos algunos de los mariscos más memorables del viaje.
El Mapocho acompañaba nuestros itinerarios. Sin ser un río pintoresco, era profundamente urbano. Caminar junto a él al atardecer ofrecía una perspectiva más doméstica de la ciudad.
La Torre Telefónica, diseñada para parecerse a un teléfono celular de los años noventa y ubicada cerca de la Plaza Baquedano y el Parque Bustamante, era un punto clave en la ciudad.
Santiago se nos revelaba, asimismo, a través de sus barrios. Providencia sugería una clase media segura de sí, con sus librerías y cafés tranquilos. Bellavista, el contrapunto: nocturno, creativo y algo desordenado. Lastarria, más pequeño y limitado, parecía diseñado para la charla sosegada y el paseo.

Con el empresario Carlos Cardoen.
Yo había trabajado en España en la promoción de vinos, por lo que aproveché nuestra estadía para visitar el valle central. Por supuesto, también Viña Concha y Toro, la principal exportadora. Un enólogo me explicó que el éxito no estaba en imitar a España o Francia, sino en entender el suelo chileno como un idioma propio.
Guardo un particular recuerdo de nuestros encuentros con Carlos Cardoen. Ingeniero y empresario destacado. Figura polémica porque durante la dictadura de Augusto Pinochet incursionó en la industria armamentística. En 1993, el Departamento de Justicia de EE. UU. lo acusó de haber vendido bombas de racimo al régimen iraquí. Cuando yo lo entrevisté, Cardoen ya había pivotado hacia el sector agroindustrial, vitivinícola, turístico y de servicios.
Nos recogió en la capital pilotando su propio helicóptero. Durante el vuelo a su bodega…. para seguir leyendo, haz clic aquí.

Sin una competencia clara, la institucionalidad queda a la deriva

En Guatemala, muchos de los problemas de gestión pública no se originan en la falta de regulación, sino en algo más elemental: la confusión o duplicidad en las competencias institucionales. Cuando no está claro hasta dónde puede actuar una autoridad, cuándo debe hacerlo y bajo qué límites, el Estado y los órganos extrapoder pierden coherencia funcional y, sobre todo, dejan de cumplir las responsabilidades que la Constitución y las leyes les asignan.
El artículo 154 de la Constitución desarrolla este principio bajo la denominación de sujeción a la ley. La Corte de Constitucionalidad ha sido enfática al señalar que: “(...) la función pública, por consiguiente, debe realizarse de acuerdo con un marco normativo, puesto que todo acto o comportamiento de la administración debe estar sustentado en una potestad que confiera el ordenamiento jurídico vigente.” (Expediente 2914-2008, sentencia del 01/12/2009).
La debilidad institucional no solo suele provenir de mala voluntad o falta de recursos; muchas veces nace simplemente de no saber quién debe hacer qué. Cuando la competencia se aplica mal, surgen fallas críticas que deterioran el funcionamiento del Estado y sus instituciones. Entre las más evidentes, destaco las siguientes:
La ausencia de responsabilidad. En escenarios difusos, varias instituciones creen tener competencia o ninguna cree tenerla. En ese cruce de percepciones, la responsabilidad se diluye, ya que si todos creen que pueden decidir, nadie responde y si todos temen excederse, nadie actúa. El resultado es una parálisis total.
La inhibición institucional por temor a extralimitarse. Cuando hay un vacío respecto de su competencia, las autoridades prefieren no actuar. El expediente “se traslada”, “se consulta”, “se revisa”, pero no se resuelve. Pero debemos recordar que no decidir cuando la ley obliga también es una forma de incumplimiento.
Ineficiencia estructural. La confusión en torno a la competencia genera duplicidades, cadenas interminables de trámites, contradicciones normativas y decisiones que se neutralizan entre sí. El administrado queda atrapado entre instituciones que no saben si deben intervenir o esperar a otra que les resuelva.
En los últimos años, la importancia del principio de competencia se ha vuelto más visible, así como el uso de mecanismos legales para clarificar estos conflictos. Un ejemplo reciente es la cuestión de competencia resuelta en el expediente 219-2024, donde la Corte de Constitucionalidad debió determinar si el Congreso tenía facultades para aprobar las concesiones de servicios públicos otorgadas por la Municipalidad de Guatemala. Más que resolver un caso puntual, la Corte de Constitucionalidad recordó que este mecanismo existe para preservar el orden constitucional, delimitando con precisión qué órgano posee la atribución para actuar.
En esta resolución, la Corte estableció que la autonomía municipal reconocida por la Constitución y desarrollada por el Código Municipal, otorga a los concejos municipales la competencia exclusiva para aprobar concesiones de servicios públicos locales, sin intervención del Congreso.
A ello se suma la necesidad de que este principio se observe en todo momento, especialmente en los procesos de formación de ley y en el diseño de políticas públicas. Recordemos que las políticas públicas no fracasan por falta de intenciones, sino por falta de institucionalidad funcional.
En conclusión, la competencia institucional es una condición esencial para que el Estado funcione y para que el ciudadano tenga certeza sobre quién decide, cómo decide y con qué límites. En estos tiempos respetar la competencia no significa actuar menos: significa actuar mejor, con fundamento, coherencia y responsabilidad.
![]() Por: Ana González | ![]() Por: Reynaldo Rodríguez |



