Los Andes: 72 días contra la muerte

¡Buenos días!

Sobrevivir a Los Andes y aprender a vivir después. Durante su visita a Guatemala, Eduardo Strauch habló con República sobre los 72 días en la montaña, las conversaciones sobre la muerte, el tabú de comer carne humana para sobrevivir y las lecciones que aquella experiencia dejó sobre la vida, el miedo y el sentido de existir.

Tres hermanas unidas por la música. Entre violín, piano y batería, Margarita, Gris y Aracelly Coloma Sánchez combinan estudios, disciplina y pasión por el arte mientras construyen su formación en el Conservatorio Nacional de Música. Con el apoyo de sus padres, las tres niñas encuentran en la música una forma de expresión y un proyecto de vida que avanza nota por nota.

Guatemala: el país que diagnostica sus crisis, pero no logra resolverlas. En una nueva colaboración de Compás Institucional, Enrique Amurrio analiza cómo Guatemala acumula diagnósticos sobre desigualdad, corrupción, debilidad institucional y deterioro ambiental, pero enfrenta dificultades para convertirlos en acuerdos y acciones sostenidas. El autor advierte que la resistencia al cambio, la polarización y la captura institucional mantienen al país atrapado en crisis recurrentes que frenan el desarrollo.

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Ana González
Eduardo Strauch:"Tengo el cordón umbilical conectado a la montaña"
1659 palabras | 8 minutos de lectura

 

Durante su visita a Guatemala, Eduardo Strauch, uno de los 16 sobrevivientes del accidente aéreo en Los Andes ocurrido en 1972, conversó con República sobre cómo aquella experiencia extrema continúa inspirando a personas que enfrentan adicciones, depresión y momentos límite.

El uruguayo recordó las conversaciones sobre la muerte en la montaña, habló del tabú de comer carne humana para sobrevivir y reflexionó sobre el valor del tiempo, la vida y la capacidad humana para encontrar sentido incluso en las experiencias más duras.

¿Es la tercera vez que visita Guatemala, qué lo motiva en esta ocasión?

—Guatemala me invitó a conocer el Valle de los Ángeles —orfanato que alberga, alimenta y educa a cerca de 200 niños en el país—. Y, a esta altura de mi vida, siento un compromiso muy fuerte con este tipo de proyectos y con difundir nuestra historia. 

Tengo casos concretos de personas que lograron salir de adicciones o incluso evitar el suicidio gracias a lo que vivieron con nuestra historia. También he hecho grandes amigos a partir de eso.

Por eso siento la responsabilidad de compartirla lo más posible. A mí también me ha servido muchísimo. Me sigue ayudando hasta hoy y siento que mi vida ha mejorado sensiblemente gracias a todo lo que he vivido y procesado en estos 54 años.

¿Qué instantes recuerda con más claridad del día del accidente?

——Es impresionante. Siempre me impacta mucho cuando me concentro en recordar esos momentos. Creo que tiene que ver con la mente humana, porque tengo grabado con absoluta claridad todo lo que pasó antes, durante y después del accidente.

Fui muy consciente cuando el avión empezó a cruzar los Andes y a sacudirse. Yo iba viendo los picos por la ventanilla y quizá fui de los primeros en inquietarme entre las 45 personas que viajábamos ahí. Cuando comenzaron los tumbos y los pozos de aire me asusté muchísimo. Me acurruqué esperando el final, porque veía los picos muy cerca y escuchaba el fuselaje partirse, hasta que finalmente la cabina se quebró en dos.

Recuerdo como si fuera ayer el frío que entró de golpe y el olor a combustible, a kerosene. Eso quedó grabado a fuego en mi memoria. Después el avión chocó contra los picos y se deslizó sobre un colchón de nieve hasta el glaciar donde quedamos atrapados 72 días.

En mi cabeza ya estaba esperando el final de mi vida y no entendía lo que pasaba, porque después del impacto el avión seguía moviéndose. Sentía el frío, el ruido del fuselaje rompiéndose y pensaba: “Estoy soñando”. Ya me daba por muerto y la acción continuaba.

Probablemente el avión se deslizó solo unos segundos sobre la nieve, pero cuando finalmente se detuvo y abrí los ojos, entendí que no estaba soñando. Tengo todo eso demasiado claro. Estábamos a casi cuatro mil metros de altura, en plena cordillera de los Andes. Y aquí estoy.

¿Hubo alguna conversación entre ustedes en la montaña que jamás olvidó, no por dramática, sino por profundamente humana?

—Yo me acuerdo cuando empezamos a tener conversaciones sobre la muerte. Empezamos a familiarizarnos tanto con ella… y eso me impresiona ahora, cómo hablábamos de la muerte como una cosa que estaba ahí presente y que ya era parte nuestra. Tuvimos muchas conversaciones cortas, en voz baja, en medio de todos esos momentos.

Por supuesto, también las conversaciones que tuvimos cuando resolvimos vivir comiéndonos a nuestros amigos. Eso también es inolvidable. Cada vez que lo pensamos y lo hablamos nos emocionamos mucho, porque ellos nos dieron vida a los que seguimos vivos. En ese momento, cuando resolvimos hacer eso, todos estuvimos dispuestos a darle vida a los otros, según a quién le tocara. Finalmente no le tocó a otro, sino a mí. Y esas fueron, probablemente, de las conversaciones más emocionantes y más inolvidables.

Ustedes han dicho que, aunque decidir comer carne humana parecía la decisión más difícil, terminó siendo la única alternativa para sobrevivir. ¿Cómo recuerda ese momento y esas conversaciones en las que decidieron vencer ese tabú y hasta ofrecer el propio cuerpo para salvar a los demás? 

—Somos 16 personas distintas. Lo vivimos distinto, lo procesamos distinto y todavía hoy lo seguimos viviendo distinto. Yo siempre digo —y seguramente lo habrás leído o escuchado— que pareciera que esa tenía que haber sido la decisión más difícil, pero en realidad fue la más fácil, porque no había otra alternativa. Yo no pensaba dejarme morir, y creo que ninguno de nosotros tampoco.

Todo lo que pudiera hacer para seguir viviendo y cumplir mis proyectos lo iba a hacer. Así que para mí fue facilísimo: yo quería vivir, punto. Lo que tuviera que hacer, lo iba a hacer. Y dije: por supuesto que voy a comer la carne de mis amigos, que me van a dar vida.

Lo difícil vino después: vencer el tabú cultural. Ese sí fue un esfuerzo mental intenso. Pensaba: ‘¿No me estaré volviendo loco? ¿Cómo voy a estar pensando esto?’. Pero una vez que hice clic, dije: ‘Está perfecto, ¿qué tiene de malo?’. Los que murieron, en lugar de que se los comieran los buitres o los cóndores, nos iban a dar vida a nosotros. Desde ese primer día lo tuve clarísimo y nunca más tuve cargo de conciencia ni remordimiento.

¿En algún momento dejó de sentirse sobreviviente y volvió simplemente a ser Eduardo?

—Desde que salí de Los Andes dejé de ser solo Eduardo: pasé a ser “Eduardo más sobreviviente”. Al principio, mis padres nos protegieron del asedio de la prensa y nos alejaban al campo o la playa para escapar de los medios. Con el tiempo, la atención siguió: en fiestas o reuniones todos querían acercarse y conocernos. Éramos vistos como algo fuera de lo común.

Después la vida se normalizó. Estudié arquitectura, trabajé 55 años, me casé, tuve hijos y nietos. Pero con la película Viven y, más recientemente, con la de J. A. Bayona, volvió una ola de exposición enorme.

Hoy me reconocen en aeropuertos o en la calle, especialmente en Centroamérica, México y España. A veces todavía me sorprende que alguien me identifique [...] lo vivo con emoción y cariño, aunque confieso que todavía no termino de acostumbrarme a la fama.

¿Qué fue realmente más difícil: sobrevivir al accidente o reconstruir su vida después del rescate?

—Sobrevivir al accidente, sin duda. Pero volver a la vida normal fue mucho más difícil y largo de lo que imaginaba. Nos habíamos desconectado tanto de la realidad que, al regresar, empezamos a ver todo distinto. Personas que antes nos interesaban dejaron de hacerlo, igual que muchas cosas de nuestra vida anterior. Fue un proceso de ir dejando atrás personas, caminos y formas de vivir, para construir una vida nueva a partir de todo lo que habíamos vivido en esos días.

¿Qué parte de usted cree que se quedó en la montaña para siempre?

—Estoy seguro de que una parte de mí se quedó allá. Siempre digo —no sé si lo has leído o escuchado— que siento que tengo el cordón umbilical conectado a la montaña y no pienso cortarlo nunca. He vuelto 23 veces porque ahí permanece una parte de mí que no puedo traer acá; es incompatible con esta sociedad ruidosa y desorientada. 

Prefiero dejarla allá. Sigo conectado mentalmente, pero cuando regreso físicamente me reconecto, me depuro y recuerdo muchas cosas que con el tiempo voy olvidando. Allí queda una parte importante de mi yo espiritual 

¿Cómo cambió su manera de relacionarse con el miedo después de regresar al mundo?

—Cambió mucho. Aprendí a dominar mi mente y prácticamente no tengo miedo. Lo único que me preocupa es quedarme corto de tiempo, porque tengo mil proyectos y quiero seguir difundiendo esta historia.

¿Cree que el silencio fue también una forma de supervivencia cuando regresaron? ¿Hubo cosas que tardaron años en poder decir?

—No, jamás tuve ningún problema. Siempre me encantó hablar y contar. Pero nunca imaginé la importancia que tiene para tanta gente esta historia, hasta que empecé a compartirla en charlas y vi la emoción de los jóvenes.

¿Si pudiera hablar con el Eduardo de 24 años que subió a ese avión, ¿qué le diría hoy?

—Le diría dos cosas: primero, no te subas por favor. Pero si se sube, le diría: aprovecha todo lo que vas a vivir y aprender, no desperdicies un minuto.

¿Cuál de las películas considera más cercana a lo realmente vivido en Los Andes?

—Las primeras películas sobre la tragedia fueron muy distintas entre sí. La mexicana me pareció grotesca, mientras que Alive, Viven, producida por Disney, tuvo gran impacto y acercó nuestra historia a varias generaciones, aunque nunca terminó de convencerme. Siempre esperé que la historia quedara en manos de un director latino, algo que finalmente ocurrió con J. A. Bayona. Destaco el trabajo meticuloso que hizo durante años en contacto con nosotros para lograr una película real y precisa.

Gracias a esta película, nuevas generaciones se han conectado profundamente con la historia [...] No imaginé que a mis casi 80 años estaría disfrutando, difundiendo esta historia que me ha hecho tanto bien. Conociéndose lugares y países. Es fascinante. 

Después de tantas décadas hablando del accidente, ¿hay algo que todavía sienta que la gente no ha entendido realmente sobre lo que vivieron?

—Creo que es imposible que alguien que no estuvo ahí pueda saber 100% lo que vivimos y sentimos. Son cosas tan inusuales, las emociones y la lucha.

Hoy muchas personas sienten que han perdido el sentido de la vida. ¿Qué le diría a quienes se preguntan “para qué estamos acá” o sienten que ya no encuentran propósito? 

—Después de convivir con la muerte durante 72 días, valoro muchísimo más la vida.

He tenido problemas después y sigo teniendo problemas, pero estoy vivo y estoy sano. Cada día me despierto y digo: “Estoy vivo”. Agradezco y trato de no perder el tiempo. No sé si voy a estar vivo dentro de una hora, cinco minutos o un año.

Tengo totalmente metido a fuego que el tiempo es limitado. Les diría a esas personas que se den cuenta de lo que significa estar vivos y que agradezcan estar vivos.

Siempre hay una mitad del vaso llena. En las circunstancias más duras uno termina descubriendo capacidades que no sabía que tenía. Siempre salís fortalecido y con algo positivo de las experiencias difíciles.

¿Qué frases o filosofías de vida lo acompañan actualmente en su vida?

—Mi vida empieza cuando salgo de mi zona de confort. Ahí se ponen de manifiesto muchas capacidades y propiedades que uno ni siquiera conoce. Si te quedás en la comodidad, nunca descubrís el poder que tenés, no solo para hacer cosas, sino también para crear y disfrutar.

Con el tiempo he aprendido a disfrutar cada vez más de las cosas simples: una música que me gusta, una puesta de sol, el silencio. Todo lo vivo con una intensidad mucho mayor. Hace cuatro años, cuando tenía 75, subí el Kilimanjaro. Todos me decían que estaba loco: mis hijos, mis amigos. Y sí, cuesta. Son horas de viaje y siete días subiendo hasta casi seis mil metros. Pero cuando lo lográs y descubrís que eras capaz de hacerlo, entendés el valor de salir de esa zona cómoda.

Hace unos años encontré una frase de los navajos, en Nuevo México, que resume gran parte de mi filosofía de vida: ‘Encuentra el equilibrio y rodéate de belleza’. Y no hablo solo de belleza estética, sino de la belleza del amor, de la música, de la naturaleza, de la vida y del silencio. Si uno encuentra equilibrio y se rodea de belleza, puede vivir con plenitud. Claro, no es tan fácil.

Fotos: Diego Cabrera / República

 
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Glenda Sánchez
Talentos jóvenes: tres hermanas que encontraron en la música su lenguaje de vida
754 palabras | 4 minutos de lectura

En una casa del sur de la ciudad de Guatemala, el sonido de un violín convive con las teclas de un piano y el ritmo de una batería. Cada tarde, las habitaciones se transforman en pequeños salones de práctica para tres hermanas fascinadas con la músicaMargarita de 15 años, Gris de 10 y Aracelly de 8. Todas de apellidos Coloma Sánchez. Construyen su propio camino con disciplina, constancia y sueños ambiciosos.   

Las tres artistas son hijas de Ranferi Coloma y Mira Sánchez, profesionales egresados de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC).  Sus padres impulsaron la curiosidad de las niñas y buscaron opciones para acercarlas al solfeo, las corcheas y el do, re, mi, fa, sol. Ellos cuentan que cada una, poco a poco, encontró el instrumento con el que más se identificaba.   

Las tres estudian en el Conservatorio Nacional de Música Germán Alcántara, en plan fin de semana. Ellas organizan sus días entre tareas escolares, ensayos y clases musicales.  Además, en su agenda deben incluir la práctica de marimba. Instrumento que practica en el Paraninfo Universitario de la USAC.    

Cada sábado la familia se organiza para salir al conservatorio. Por lo corrido de la jornada, el desayuno lo toman al terminar la primera clase. Cada niña tiene horarios y clases diferentes. Ranferi, el padre, las ayuda a localizar el salón que les corresponde. Él trata de ayudar a todas; sin embargo, en ocasiones se concentra en la que más lo requiera.   

Una niñez entre cuerdas y notas   

La mayor pasión de Gris es el violín. Su historia empezó frente a una pantalla. Un día vio a una violinista interpretar una melodía y quedó fascinada. “Yo quiero tocar violín”, recuerda que pensó en ese momento.  

Desde entonces, la idea no salió de su cabeza. Primero aprendió solfeo y lectura musical. A los cinco años inició clases virtuales con un maestro mexicano; fue durante la pandemia. Él le enseñó cómo sostener el arco, cómo colocar el violín y cómo producir un sonido limpio. “Tocar violín es complicado, pero me gustó”, dice Gris, con una sonrisa tímida.  

Cuando cumplió siete años, ingresó al conservatorio. Ahora ensaya todos los días por la tarde, entre las cinco y las seis. Después de salir del colegio y terminar sus tareas. Ella busca un espacio tranquilo para concentrarse en las melodías que estudia.   

Gris habla del violín con emoción. Cada corrección del maestro representa un nuevo reto. Las ligaduras, el ritmo y la técnica forman parte de una rutina que asume con seriedad pese a su corta edad. Sueña con interpretar melodías más complejas y presentarse en un concierto en la Gran Sala.  

Ritmo de emociones   

En otro cuarto de la casa, Margarita encuentra en el piano una forma de expresar emociones. Habla con claridad y madurez sobre la música. Para ella, el arte funciona como un lenguaje capaz de transmitir sentimientos que a veces no salen con palabras. “El piano me permite expresar emociones mixtas”, explica.  

También combina el estudio académico con las clases de piano. Comprende perfectamente que el talento por sí solo no basta. “La disciplina y práctica constante vencen al talento”, afirma Margarita mientras acomoda su cabello.   

Esa idea guía su disciplina diaria. Estudia partituras, practica solfeo y trabaja la coordinación de ambas manos mientras mantiene el ritmo. Reconoce que algunas partes del aprendizaje resultan difíciles, especialmente cuando debe llevar el tiempo exacto en los ejercicios, pero insiste hasta dominar cada pieza.  

Menciona que entre las melodías que más disfruta tocar está Corazón de Niño. Además, sueña con interpretar sonatas de Johann Sebastian Bach dentro del conservatorio. Imagina su futuro ligado a la enseñanza musical. “Me gustaría ser maestra”.   

Su relación con sus hermanas también gira alrededor de la música. La ayuda con ejercicios de solfeo y comparte consejos cuando alguna tiene dificultades. En la casa, cada una entiende el esfuerzo de la otra. No existe competencia. Existe apoyo.  

Explosión musical   

La más pequeña, Aracelly, eligió un instrumento completamente distinto: la batería.  Los tambores y los redobles son sus preferidos. Habla con entusiasmo cada vez que menciona el instrumento. Después de hacer las tareas del colegio, practica. “Me siento feliz porque me gusta la batería”, dice.  

Debido al volumen del instrumento, Aracelly practica de último para no afectar a sus hermanas. Mientras el violín y el piano pueden sonar en habitaciones cercanas, la batería invade la sala de la casa. Cada integrante de la familia busca horarios distintos. Una práctica en la sala, otra en un cuarto y otra en un espacio diferente.   

Aracelly también estudia marimba y disfruta asistir a sus clases en el conservatorio. Aunque todavía es pequeña, ya imagina un futuro relacionado con la música. “Fue una buena decisión porque mi mamita está feliz”, comenta sobre el camino artístico que comparte con sus hermanas.  

La familia Coloma Sánchez apuesta por el arte como una herramienta de desarrollo y expresión. Acompañan a sus hijas a cada ensayo, cada clase y cada presentación. Saben que estudiar música requiere tiempo, paciencia y recursos. Entienden que el arte fortalece la sensibilidad, la disciplina y la confianza de sus hijas.  

Mientras muchas personas consideran la música como un simple pasatiempo, estas tres hermanas la viven como una pasión que ocupa espacio en cada rincón de su casa. Entre partituras, cuadernos escolares y sonidos distintos, construyen un sueño que nació en la infancia y que hoy avanza nota por nota.  

En un país donde el acceso al arte todavía representa un privilegio para muchas familias, Gris, Margarita y Aracelly demuestran que la perseverancia también puede abrir escenarios. 

 Fotos: Diego Cabrera / República

 
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ANÁLISIS

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Mucho diagnóstico, poco cambio

En Guatemala, la crisis es una amenaza constante.  La problemática es económica, institucional, social y ambiental; es recurrente y, peor aún, predecible.  Con el tiempo, la hemos normalizado.  Ya no nos sorprende ni nos moviliza con la urgencia que debería.  Como sociedad, nos hemos acostumbrado a convivir con fallas estructurales profundas y necias, y esa resignación —silenciosa pero persistente— termina siendo parte del problema. 

Quienes han estado cerca de la formulación de políticas públicas en las últimas décadas lo saben bien: Guatemala no carece de diagnósticos.  Los hay en abundancia y de buena calidad, por supuesto, no todos.  Se ha estudiado la productividad, la desigualdad, la debilidad institucional, el tráfico vehicular, la seguridad, la certeza jurídica, el deterioro ambiental y casi cualquier dimensión relevante del desarrollo.  El problema nunca ha sido la falta de ideas.  Ha sido, más bien, la incapacidad de convertirlas en acuerdos operativos priorizados y en decisiones sostenidas en el tiempo. 

Este desfase entre lo que sabemos y lo que hacemos explica buena parte del estancamiento.  Durante años hemos acumulado análisis sin lograr traducirlos en acción efectiva.  Y ese vacío no es casual: responde a dinámicas políticas, económicas y cognitivas que bloquean el cambio. Esto, en el entendido que en nuestros países es difícil y a veces muy difícil hacer que cambien las cosas importantes.  

Uno de esos bloqueos tiene que ver con la resistencia a transformar lo existente (´El Poder de la Destrucción Creativa´, Philippe Aghion).  El crecimiento económico y social implica, inevitablemente sustituir prácticas que ya no son eficientes.  Sin embargo, los grupos que podrían verse afectados por estos cambios suelen tener suficiente poder para frenarlos.  Se protege lo que ya existe, aun cuando sea ineficiente, y se posterga lo nuevo, aun cuando sea necesario.  El resultado es un crecimiento modesto, con baja innovación, limitada movilidad social y un gran etcétera.  Por otro lado, hay prácticas y sectores que han sido y son el motor del desarrollo, que requieren reglas claras y que se potencien mayores espacios para seguir apoyando el crecimiento. 

Esto tiene consecuencias que van más allá de los indicadores económicos que son relativamente buenos.   La desigualdad —aunque inherente a cualquier sociedad— se vuelve problemática cuando se percibe que la brecha se amplía excesivamente.  En esos contextos, incluso quienes están en mejores condiciones terminan pagando costos adicionales para suplir los servicios que el Estado es incapaz de proveer con cierta calidad: seguridad privada, educación y salud fuera del sistema público, infraestructura alternativa y otros.  El subdesarrollo, en ese sentido, no es un problema aislado; es un fenómeno que termina alcanzando a todos y en algunos casos, con consecuencias dramáticas. 

A esta resistencia estructural se suma un componente menos viable, pero igualmente determinante: la forma en que pensamos y tomamos decisiones (´Pensar rápido, pensar despacio´ Daniel Kahneman).  En la vida pública, suele predominar un pensamiento rápido, intuitivo y emocional, que simplifica los problemas y los reduce a narrativas polarizadas.  Este tipo de pensamiento es eficaz para reaccionar, pero no para diseñar políticas complejas ni sostener acuerdos en el tiempo.  Hace que se tomen malas decisiones y que las cosas no caminen. 

El pensamiento más analítico, pausado y deliberativo —el que permitiría evaluar evidencia, priorizar y corregir— queda relegado, especialmente en contextos de desconfianza.  Cada grupo defiende su visión, confirma sus propias creencias y percibe cualquier reforma como una amenaza.  Los sesgos ideológicos — la aversión a la pérdida y la necesidad de validar identidades colectivas, entre otros—, dificultan aún más la posibilidad de construir consensos. 

A esto se suma un fenómeno frecuente: la ‘sobreconfianza’ en la propia opinión (efecto Danning-Kruger), incluso en temas donde el conocimiento es limitado.  En una sociedad donde todos opinamos sobre todo —política, economía, ciencia, futbol—, se vuelve más difícil distinguir entre evidencia y percepción (´Pensamiento Crítico para el Tercer Milenio´ varios autores).  El debate público se llena de certezas frágiles, lo que complica aún más la toma de decisiones informadas. Las redes sociales diariamente hacen su parte. 

Paradójicamente, Guatemala también sufre de ´sobreanálisis’.  Existen múltiples diagnósticos, pero muchas veces están fragmentados, responden a intereses particulares o se desarrollan en compartimentos estancos y aislados.  Cada actor produce su propia narrativa del problema y desconfía de las demás.  Falta una capacidad real de integrar perspectivas, priorizar acciones y, sobre todo, ejecutar. 

En este contexto, la metáfora del barco resulta ilustrativa: todos estamos en el mismo, pero no en la misma cubierta.  Las diferencias en poder, recursos y exposición al riesgo generan incentivos distintos.   Quienes están en mejores condiciones buscan estabilidad; quienes enfrentan mayores carencias demandan cambios urgentes.  Sin mecanismos que alineen esos intereses —reglas claras, instituciones confiables, compensaciones creíbles—, cualquier intento de reforma tiende a estancarse. 

El panorama se agrava con la presencia de la corrupción y el crimen organizado.  Ambos operan como sistemas paralelos que llenan los vacíos que deja la falta de acuerdos.  Distorsionan los mercados, capturan decisiones públicas y erosionan la legitimidad institucional.  En países como el nuestro, poseen una importante cuota de poder ante instituciones débiles.  La impunidad, en este contexto, actúa como un impuesto regresivo: castiga más a quienes menos tienen y desmoraliza al conjunto de la sociedad, debilitando la inversión, la confianza y las posibilidades de crecimiento. 

El deterioro ambiental completa este cuadro.  Se prioriza, como en muchos otros temas, el beneficio inmediato sobre el bienestar propio y colectivo de largo plazo.  Es el clásico fracaso de coordinación en todo nivel y en todas partes: lo urgente desplaza a lo importante, y el costo se acumula silenciosamente hasta volverse irreversible. 

Frente a este escenario, la solución no pasa por producir más diagnósticos.  Pasa por cambiar la forma en que el país construye acuerdos y ejecuta decisiones.  Es, en cierto sentido, un problema de “tecnología institucional”: de reglas, incentivos y, sobre todo, capacidades para actuar incluso en medio del desacuerdo. Algunas líneas de acción son claras: 

Primero, fortalecer una institucionalidad que facilite —y no bloquee— la ejecución.  Esto implica reglas estables, instituciones técnicas con autonomía y mecanismos de evaluación independientes.  La institucionalidad no es un concepto abstracto: es el marco que define cómo interactúan el Estado y la sociedad, y qué tan posible es implementar políticas públicas de manera consistente y priorizada, sentando las bases que permitan paso a paso el siguiente nivel, y así hasta alcanzar el desarrollo y el consecuente anhelado bien común. 

Segundo, aceptar que el cambio implica costos de corto plazo.  Las reformas que promueven competencia e innovación deben ir acompañadas de mecanismos de transición —capacitación, protección temporal— para quienes se ven afectados.  Sin estos ´amortiguadores´ la resistencia será inevitable. 

Tercero, promover un pensamiento crítico orientado a la acción.  Menos trincheras ideológicas y más experimentación pragmática.  Acciones piloto, métricas claras, evaluación constante y capacidad de corregir.  No se trata de tener la solución perfecta desde el inicio, sino de aprender haciendo. 

Cuarto, alinear incentivos entre los distintos sectores.  Un país que crece y se desarrolla beneficia a todos, pero ese beneficio debe ser tangible.  Los acuerdos deben ser creíbles y generar resultados visibles. 

Y quinto, cerrar espacios a la captura institucional.  Sin un sistema de justicia efectivo y mecanismos de control robustos, la corrupción y el crimen seguirán siendo actores determinantes. 

La experiencia internacional ofrece lecciones: los países que lograron avanzar no esperaron consensos perfectos.  Construyeron acuerdos suficientes, protegieron decisiones importantes del vaivén político y la presión ciudadana, aceptando costos iniciales para habilitar beneficios de largo plazo.  En lugar de eliminar la polarización; la administraron.  A cambio de erradicar los sesgos; los contuvieron mediante reglas. 

Guatemala enfrenta hoy una decisión clara.  Puede seguir produciendo diagnósticos —probablemente acertados— o puede dar el salto hacia la acción, aunque sea imperfecta.  El progreso no exige perfección, sino la capacidad de avanzar con reglas comunes pese a las diferencias. 

 
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Por: Luis Enrique González

Por: Ximena Fernández