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La IA elimina excusas, no trabajos

¡Buenos días!
IA que cambia vidas, no solo máquinas. El fundador y ex director general de Microsoft Research India, Padmanabhan Anandan destaca que la inteligencia artificial puede transformar países con recursos limitados al ampliar el acceso a salud, agricultura y educación sin grandes inversiones. No busca reemplazar a los profesionales, sino potenciar sus capacidades y llevar servicios donde antes no llegaban. Para él, el verdadero impacto social ocurre cuando gobiernos, tecnología y comunidades trabajan juntos.
Comer no debería ser un campo de batalla. La nutricionista Ximena Fernández desmonta los mitos que han convertido la alimentación en un sistema de normas, culpas y prohibiciones. Ni los carbohidratos, ni el azúcar, ni las grasas son el enemigo: el problema es la falta de contexto y estrategias sostenibles. Su propuesta es simple y contundente: ordenar hábitos, no cancelar alimentos.
Un golpe que sacude a la justicia española. Alejandro Palmieri analiza que la condena al fiscal general Álvaro García Ortiz por revelación de secretos constituye un hecho sin precedentes y pone en entredicho la independencia judicial bajo el gobierno de Pedro Sánchez. El fallo no se interpreta como un episodio aislado, sino como parte de una trama creciente de corrupción que alcanza al PSOE y al entorno del presidente. El caso profundiza la desconfianza institucional y deja al país ante un daño político y democrático difícil de revertir.

FUNDADOR Y EX MANAGING DIRECTOR DE MICROSOFT RESEARCH INDIA
Padmanabhan Anandan: “La IA abrió una nueva frontera para países con pocos recursos humanos”

Por: María José Aresti
El fundador y ex managing director de Microsoft Research India, Padmanabhan Anandan, conversó con República 30 minutos antes de su ponencia “Designing AI for impact in global health, principles and techniques” en el IA SUMMIT LATAM 2025, organizado por la Universidad Galileo y Microsoft.
Sus ojos se iluminan cuando habla del pasado y del futuro. Recordó cómo, hace 45 años, tareas hoy rutinarias —como identificar un rostro o interpretar una radiografía— eran desafíos casi filosóficos para la computación.
Con un tono reflexivo, explicó que la IA no solo resolvió esos problemas: también abrió una frontera completamente nueva para países con pocos recursos humanos. Y aunque reconoce que esta tecnología transformará empleos y rutinas, insiste en que expande las capacidades humanas.
¿Qué le motivó a trabajar en que las máquinas “entiendan” lo que ven?
—Diría que comencé trabajando en esto hace 45 años, cuando empecé mi doctorado, y muchos de los problemas que enfrentábamos en ese momento eran muy difíciles. Por ejemplo, el reconocimiento de rostros, de objetos y de señas. Parecía casi imposible. Ahora es sencillo —no sorprende—, pero en ese momento era uno de los desafíos más complejos.
La otra área en la que trabajo es el análisis de películas y videos. Hicimos grandes avances en los 80 y 90. Y lo que veo hoy es que muchas de las ideas siguen ahí, aunque implementadas de manera diferente.
Es bueno saber que algunas cosas no cambian, pero son mejores porque contamos con computadoras más potentes. Procesos que antes tomaban un día ahora se resuelven en segundos.
Creo que una de las áreas donde más he contribuido es en imágenes médicas. Muchos problemas —como analizar X-rays y MRIs, o detectar condiciones difíciles— pueden ser resueltos por máquinas de forma mucho más eficiente que por cualquier ser humano. Podemos enseñarles casos complejos, y eso marcará una gran diferencia en el futuro.

¿Cuál es un ejemplo de cómo la IA simplifica la vida diaria en países como Guatemala?
—Principalmente en salud y medicina. Una enorme parte de la población mundial —quizá la mitad— no tiene buen acceso a servicios médicos porque no hay suficientes doctores. Ese es un problema universal.
Y creo que la IA puede ayudar a personas que no necesariamente son médicos muy calificados, pero que entienden lo básico para ofrecer atención. Puede ampliar el acceso a servicios que antes eran imposibles. Permite que los médicos apoyen a comunidades a las que nunca llegarían solos.
Pero cualquier profesión necesitará IA para facilitar su trabajo. Especialmente en sectores donde no hay suficientes expertos, como la agricultura. Y países como Guatemala dependen profundamente de esta industria.
¿Qué les diría a quienes creen que la IA tomará sus trabajos?
—Sí, va a reemplazar algunos trabajos. Pero no estoy seguro de cómo se acomodará todo, porque es más complejo que experiencias anteriores. La tecnología suele absorber tareas porque las hace más fáciles, y eso reduce la necesidad de personal. Pero las personas siempre encuentran nuevos trabajos. La tecnología crea oportunidades y se necesitan personas para aprovecharlas.
Además, la tecnología permite hacer mejor lo importante. Los humanos pueden concentrarse en las partes críticas de su trabajo y dejar de lado lo mundano. Siempre encontramos la manera de trabajar con ella porque, al final, es para nuestro beneficio.

¿Qué experiencia le convenció de que la IA puede ayudar a las personas de escasos recursos?
—Daré dos ejemplos. El primero es en salud. Cuando un bebé nace, es crucial medir su peso con exactitud. Si pesa menos de 2.5 kg, debe ir al hospital; si está por debajo de 1.8 kg, a emergencias. Pero pesar a un recién nacido no es sencillo: se necesita una balanza.
Ahora la IA permite estimar el peso con solo una foto del bebé. Eso puede transformar la atención.
El segundo ejemplo es la agricultura. Es vital detectar plagas antes de que dañen las plantaciones. El tiempo es crítico si hay infestación. Con IA podemos predecir si se trata de una amenaza real.
¿Cuál es una manera realista en que la IA puede ayudar a Guatemala sin la necesidad de gran inversión pública?
—En muchas clínicas hay largas filas de personas esperando. Y en la primera línea trabajan personas que no son médicos; a menudo visitan pueblos y hogares. Muchos ni siquiera tienen título de bachillerato.
En lugar de cambiar el sistema, la IA puede ayudarles a hacer mejor su labor. Puede permitir diagnósticos en casa, sin necesidad de ir a la clínica. Muchos análisis que hoy realizan médicos podrían ser ejecutados con pruebas apoyadas en IA. La persona no necesita entender los detalles del test: las máquinas pueden leer los resultados, aunque se requiere un humano para aplicarlo.

¿Qué le han enseñado médicos y comunidades sobre diseñar tecnología en la que las personas puedan confiar su salud?
—Es interesante: las personas más pobres y los trabajadores de primera línea confían más en la tecnología de lo que uno imagina. Y es porque no tienen otra opción.
Les interesa que el sistema aborde sus problemas reales: condiciones nutricionales, medicamentos disponibles o tratamientos posibles según su cultura. Hemos aprendido que necesitan y piden soluciones diseñadas desde su realidad.
¿Qué lecciones de India podrían inspirar a Guatemala en educación y tecnología?
—India es un país con características de nación desarrollada y en desarrollo al mismo tiempo. Tiene infraestructura tecnológica y capacidad para producir talento altamente calificado, pero también enormes niveles de pobreza.
Diría que la mayor inversión de India en los últimos años ha sido en educación profesional, especialmente en ingenierías y ciencias. Esa apuesta se hizo hace 70 años, cuando la población era joven. Hoy estamos viendo los beneficios. Esa inversión debe venir del gobierno por medio del sistema educativo.
¿Cómo deberían decidir los líderes si la adopción de IA es adecuada para su país?
—Igual que con cualquier tecnología. Los líderes ven una innovación, evalúan si debe adoptarse y consideran su impacto económico. La nueva tecnología crea oportunidades. Y así como se ha hecho con otras herramientas, así debe hacerse con la IA.

¿Qué creencias personales guían los trabajos que decide realizar ahora?
—Mi vida tiene dos etapas. En la primera, estaba muy interesado en la ciencia. Quería entender cómo funcionaba la IA y qué significaba. También el proceso del pensamiento y la inteligencia. Pero llegó un punto, en mis 50, donde comprendí que seguiría haciendo más de lo mismo. Quería hacer algo con impacto social, especialmente viniendo de India, donde los grandes cambios suelen pasar por la educación y la salud pública.
¿Recuerda el momento en que decidió estudiar la inteligencia artificial?
—Sí, en 1980. Trabajaba como ingeniero. Era divertido, pero no me satisfacía. Quería responder una pregunta científica profunda. Y sentí que la más importante —y desconocida— era “¿cómo pensamos?”. Eso despertó mi curiosidad. Por eso hice un doctorado. Entendíamos física, biología y ADN, pero sobre la mente sabíamos muy poco. Curiosamente, hoy veo mucha más conexión entre cómo pensamos en la física y cómo pensamos en la mente.
¿Cómo explicaría a un adolescente guatemalteco qué es y qué no es la IA?
—Diría que es muchas cosas. Una de las capacidades humanas más valiosas es responder a situaciones: entender por qué pasa algo, qué significa y qué ocurrirá si actuamos. Ese proceso es complejo. Lo que hacemos con las máquinas es enseñarles a hacer lo mismo: pensar y hablar como nosotros. Tendremos otro grupo de “amigos” que nos ayudará a resolver problemas.

¿Cómo la IA puede ayudar a las personas que viven en países que no destacan por alta adopción tecnológica?
—De nuevo: la salud es clave. Ahí la IA puede marcar diferencias porque los problemas son más difíciles. Simplifica diagnósticos, acceso, tratamiento y democratiza la atención médica.
También puede generar oportunidades para empresas y pymes. Les permite gestionar su negocio sin intermediarios, y eso los empodera.
Claro que existe riesgo porque la tecnología es compleja y requiere potencia informática. Pero en la práctica puede empoderar a mucha gente.
¿Qué mensaje quieres que la gente recuerde luego de ver tu ponencia?
—Que para lograr un impacto social real con la IA se necesita colaboración entre políticos, proveedores de tecnología y donantes. Sin esa cooperación, nada es posible.
Esta entrevista es una versión traducida. Puede leer la original en inglés en este enlace.
Fotos: Braulio Palacios / República
Alice Utrera
No te engorda la comida: te traicionan los hábitos
807 palabras | 4 minutos de lectura

Hoy en día, la alimentación se ha vuelto un territorio lleno de reglas implícitas, miedos heredados y afirmaciones que se repiten como verdades absolutas. “El azúcar engorda”, “los carbohidratos son malos”, “las grasas deben evitarse”, “las frutas en la noche no se pueden comer”, “hay que desintoxicar el cuerpo”. Cada generación parece sumar un nuevo mandamiento alimentario y, sin embargo, seguimos igual de confundidos. La licenciada Ximena Fernández, nutricionista clínica, sostiene que el problema no está en los alimentos, sino en cómo los interpretamos. Como lo resume en una frase que se ha vuelto central en su trabajo: “No existen alimentos buenos o malos; existen hábitos que necesitan orden”.
Uno de los mitos más persistentes gira alrededor de los carbohidratos. Pocas palabras generan tanta culpa, aunque son la principal fuente de energía para el cuerpo. Fernández explica que la confusión nace de la falta de contexto. “Todos los carbohidratos son necesarios; lo importante es saber cuándo consumirlos”, afirma. La diferencia entre simples y complejos no establece una regla moral, sino una función: los primeros elevan la glucosa rápidamente; los segundos lo hacen de forma sostenida. La evidencia científica respalda que la eliminación radical de este grupo no solo es innecesaria, sino contraproducente. Una investigación publicada en The Lancet Public Health (Seidelmann et al., 2018) demostró que las dietas equilibradas en carbohidratos se asocian con mayor longevidad que los modelos extremadamente bajos o altos, reforzando la idea de que el balance supera a la restricción.
Otro mito poderoso es el que convierte al azúcar en el enemigo absoluto. Si bien su consumo en exceso se asocia con riesgos metabólicos, culparla de toda la obesidad moderna es una simplificación que ignora factores como sedentarismo, estrés, sueño deficiente y entornos alimentarios pobres. El New England Journal of Medicine (Malik et al., 2010) encontró una relación clara entre bebidas azucaradas y aumento de peso, pero también subrayó que el impacto depende de patrones generales de alimentación. “Si para bajar de peso lo primero que pensamos es ‘ponerme a dieta’, entonces ya empezamos mal”, explica Fernández por qué la lógica del sacrificio inmediato suele acompañarse de ansiedad, episodios de exceso y abandonos rápidos.
Proteínas: más estrategia que origen
Las proteínas también han sido envueltas en confusiones. Las de origen animal suelen verse como superiores porque contienen todos los aminoácidos esenciales. Sin embargo, los vegetales pueden ser igual de completos si se combinan adecuadamente. Frijol con arroz, soya con cereales, legumbres mezcladas: la clave está en complementar. Investigaciones revisadas en Nutrients (Gorissen & Witard, 2018) confirman que las dietas basadas en plantas pueden cubrir perfectamente los requerimientos musculares y metabólicos. Para Fernández, el verdadero problema no es la fuente, sino la falta de estrategia. Como ella señala: “Si voy a elegir proteína vegetal, necesito mezclar; no es un tema de calidad, sino de combinación”.
El caso de las grasas es aún más revelador. Durante años se defendió la idea de que las grasas saturadas debían eliminarse y que las insaturadas eran siempre superiores. Aunque las insaturadas —como las que contienen omega 3— sí aportan beneficios cardiovasculares, la verdad es más matizada. Fernández lo explica de manera práctica: una grasa saturada suele estar sólida a temperatura ambiente; una insaturada, líquida. Pero incluso la mejor grasa puede degradarse si se somete a calor excesivo. Recalentar aceites varias veces o llevarlos al punto de humo genera compuestos dañinos. Organizaciones como la American Heart Association han advertido que los aceites oxidados incrementan la inflamación y el riesgo cardiovascular, recordando que la técnica de cocción importa tanto como el ingrediente.
La popularidad del vinagre de manzana merece un capítulo aparte. Su capacidad para moderar picos de glucosa antes de una comida ha sido tema de debate, pero hay respaldo científico. Un metaanálisis en Journal of Evidence-Based Integrative Medicine (Shishehbor et al., 2017) documentó que consumir entre 15 y 30 ml antes de ingerir carbohidratos puede mejorar la respuesta glicémica. Eso sí, el beneficio no convierte al vinagre en una solución milagrosa. “Puede ayudar, sí, pero no sustituye hábitos; el cuerpo necesita estructura, no atajos”, detalla Fernández.
Quizá el mito más dañino sea el que glorifica la restricción como único camino hacia la salud. La prohibición suele presentarse como disciplina, cuando en realidad altera la relación emocional con la comida. Estudios sobre regulación del apetito —como los de Schur et al. (2007),— muestran que las dietas rígidas alteran hormonas como la grelina y la leptina, generando hambre intensa, ansiedad y sensación de fracaso. “Mientras más restricciones, más deseos; la prohibición no funciona ni fisiológica ni emocionalmente”, resume Fernández.
Desmontar mitos alimentarios no es una moda, sino un acto de salud pública. Comer no debe ser un campo de batalla. La nutrición sostenible se construye desde la variedad, la moderación y la flexibilidad. Y, sobre todo, desde la comprensión de que ningún alimento, por sí solo, define la salud de una persona.
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Alejandro Palmieri
La comprobada corrupción del socialismo español

En un golpe demoledor para la credibilidad del sistema judicial español, el Tribunal Supremo condenó al fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, a dos años de inhabilitación, una multa de EUR 7200 y una indemnización de EUR 10 000 por revelación de secretos. Esta sentencia —inédita para un alto cargo de su rango— marca un punto de inflexión en la percepción de la independencia judicial bajo el gobierno de Pedro Sánchez.
García Ortiz, nombrado por el Ejecutivo socialista en 2022, fue hallado culpable de filtrar datos confidenciales relacionados con Alberto González Amador, pareja de la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso, en un intento por contrarrestar acusaciones contra la Fiscalía. El caso se remonta a 2023, cuando la Fiscalía investigaba a González Amador por fraude fiscal. García Ortiz ordenó la difusión de un correo electrónico que exponía detalles personales del investigado, violando el secreto de sumario. La gravedad de la acusación radica no solo en la revelación intencionada, que socava la confidencialidad judicial, sino en los intentos posteriores por ocultar evidencias.
Durante el juicio, se comprobó que García Ortiz borró datos de sus dispositivos móviles para encubrir su implicación, un acto que agrava el delito al sugerir obstrucción a la justicia. Esta maniobra, calificada por expertos como un atentado directo contra la integridad institucional, pone en evidencia cómo un funcionario de máximo nivel priorizó intereses partidistas sobre el deber ético. Nada raro en un socialista.
El Supremo, con cinco votos a favor y dos en contra, enfatizó que tales acciones erosionan la confianza pública en la Fiscalía, convirtiéndola en un instrumento político.
Sin embargo, este escándalo no es un episodio aislado. Forma parte de una trama mucho más amplia de corrupción que envuelve a altos dirigentes del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el partido en el poder desde 2018 bajo el cacicazgo de Pedro Sánchez. En los últimos años, el PSOE ha enfrentado múltiples investigaciones que pintan un panorama de abuso sistemático. Por ejemplo, la trama Koldo-Ábalos, que involucra al exministro José Luis Ábalos y al exasesor Koldo García, reveló un esquema de comisiones ilegales en contratos de mascarillas durante la pandemia, con sobornos que superan los millones de euros. Santos Cerdán, secretario de Organización del PSOE y mano derecha de Sánchez, ha sido señalado por la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil como receptor de pagos por intermediar en adjudicaciones amañadas, con una “tarifa” del 2 % por obra.
La corrupción no termina en García Ortiz
Esta red de corrupción se extiende al círculo familiar de Sánchez. Su hermano, David Sánchez, enfrenta procesamiento por prevaricación administrativa y tráfico de influencias en la Diputación de Badajoz. La jueza instructora acusa a David de beneficiarse de un puesto público creado ad hoc, con un salario de EUR 55 000 euros anuales, sin oposición ni méritos, en un claro caso de nepotismo. Además, se investigan irregularidades fiscales y el uso indebido de fondos públicos para actividades culturales. Este caso, que podría llevarlo al banquillo por primera vez en democracia para un familiar directo de un presidente, subraya cómo el poder se utiliza para favores personales.
No menos grave es la situación de Begoña Gómez, esposa de Sánchez, investigada por tráfico de influencias, corrupción en los negocios y malversación de caudales públicos. El juez Juan Carlos Peinado ha prorrogado la causa hasta 2026, citando indicios de que Gómez utilizó su posición en La Moncloa para favorecer contratos millonarios a empresas amigas, como en proyectos universitarios y de innovación. Acusaciones de intrusismo profesional, por firmar informes sin titulación adecuada, agravan el expediente. La Fiscalía ha pedido archivar partes de la causa, pero el juez persiste, solicitando informes técnicos que podrían llevar a un juicio por jurado.
Ante esta avalancha de escándalos, Pedro Sánchez ni se despeina. Pese a promesas de reformas internas y auditorías en el PSOE, no ha dimitido ni convocado elecciones, optando por disculpas vagas y ataques a la oposición. En junio de 2025, admitió errores de confianza en figuras como Cerdán, pero rechazó responsabilidades directas, limitándose a perimetrar los casos como “aislados”. Sus aliados parlamentarios —separatistas catalanes, vascos y otros minoritarios— mantienen el apoyo incondicional, priorizando concesiones como amnistías y transferencias autonómicas sobre la ética pública.
Esta coalición Frankenstein, como se la denomina, sostiene el gobierno a costa de todo, ignorando el daño a las instituciones. El resultado es un gobierno socialista plagado de corrupción, donde el poder se antepone a la transparencia. Sánchez y sus socios sacrifican credibilidad por estabilidad, erosionando pilares democráticos como la justicia y la administración pública. En un país con historia de luchas contra la corrupción, este patrón evoca los peores tiempos del bipartidismo, pero con un agravante: la aparente impunidad. Si no hay un giro radical, el daño institucional podría ser irreversible, dejando a España con un legado de desconfianza que tardará décadas en reparar.
La condena a un fiscal general en España, como la desfachatez de Sánchez no tiene parangón.
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