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Fe que se carga en hombros

¡Buenos días!
Más que tradición: la fe y vocación que definen a Samuel Ochoa. Maestro, promotor cultural y cucurucho desde hace casi 30 años, Samuel ha construido una vida marcada por la enseñanza, la marimba y la fe. Para él, cada ámbito responde a un mismo propósito: vivir con sentido, compromiso y profunda identidad guatemalteca.
Entre fe y misterio: las leyendas que acompañan la Semana Santa. La Semana Mayor combina fe, tradición y relatos que han pasado de generación en generación. Historias sobre imágenes, procesiones y pactos sobrenaturales refuerzan la devoción y el imaginario colectivo en medio del fervor religioso.
Taiwán sin filtros: impresiones de una semana en la isla. El periodista de República, Marcos Suárez Sipmann, participó en una delegación de medios de Guatemala que viajó a Taiwán para conocer el “Proyecto de Prosperidad para Naciones Aliadas”. La visita permitió analizar de cerca el modelo de desarrollo taiwanés y su potencial en la cooperación bilateral.
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Samuel Ochoa es de esos personajes cuya vida no puede explicarse desde un solo oficio. Maestro por vocación, promotor incansable de la marimba, y cucurucho por convicción, su historia está profundamente ligada a la cultura guatemalteca. Desde niño descubrió en la marimba un lenguaje que lo acompañaría toda la vida, al mismo tiempo que la docencia se convirtió en su forma de servir y la Semana Santa en un espacio íntimo de reflexión y fe. En él, enseñar, promover la música y cargar un anda no son acciones aisladas, sino expresiones distintas de un mismo compromiso con su país y con su espiritualidad.
Su trayectoria se ha construido con perseverancia silenciosa: más de veinticinco años dedicados a la educación, más de dos décadas promoviendo la marimba desde escenarios, festivales y espacios culturales, y cerca de treinta años como cucurucho. Para Samuel, la tradición solo tiene sentido cuando se vive con conciencia. Cargar no es un pasatiempo ni un ritual vacío, sino una experiencia que conecta con lo profundo, que transforma y que invita a vivir la fe desde lo cotidiano, sin estridencias, pero con convicción.
¿Cómo inició su vínculo personal con la marimba, qué recuerdos de infancia lo marcaron y cómo se fue construyendo su carrera hasta llegar a donde está hoy?
—Yo suelo partir desde mi primera carrera, la docencia, porque como maestro estuve varios años vinculado al colegio San Sebastián, donde estudié y luego trabajé durante aproximadamente cinco años. Esa etapa me permitió vivir intensamente las celebraciones de Semana Santa desde el ámbito educativo, primero como estudiante y luego como maestro, además de estar en pleno Centro Histórico.
Mi acercamiento a la marimba surge desde la promoción y conducción de conciertos. Aunque ejecuto el instrumento de forma básica, llevo más de veinte años dedicado a promoverla y conducir conciertos y ensambles en vivo.
¿A qué edad vivió su primera procesión, cómo comenzó a cargar como cucurucho y qué significado personal tiene para usted esta práctica?
—En mi juventud incluso quise ser sacerdote y entrar al seminario mayor. El ser cucurucho llegó como una añadidura, ya que desde los ocho años fui acólito y estudié en un colegio franciscano. Aunque vengo de un hogar católico, no existía una tradición familiar fuerte de cargar. Mi madre y mi abuelo eran devotos, pero no cargadores activos.
Comencé cargando en mi parroquia de barrio y en 1995, al estudiar en San Sebastián, me involucré de lleno con los cortejos del Centro Histórico.

¿Cuántos años tenía cuando cargó por primera vez una procesión y cómo se fue consolidando esa práctica a lo largo del tiempo?
—Tenía trece años cuando cargué por primera vez una procesión, en 1994, en la parroquia de San José Obrero, en la zona siete, siendo todavía muy joven.
Desde entonces no he dejado de cargar. Hay procesiones que se quedaron en mi corazón y que hoy suman casi treinta años de participación constante. Entre ellas están San José Obrero, la Santísima Trinidad en El Gallito, y grandes cortejos como La Merced, Santa Teresa y Santo Domingo.
Además de la ciudad capital, ¿ha tenido la experiencia de cargar procesiones en Antigua Guatemala o participar en actividades similares?
—Sí, cargué durante aproximadamente cuatro años en San Bartolo, en Antigua Guatemala, gracias a mi trabajo en el Colegio Europeo, cuyo propietario pertenecía a esa asociación. Ese turno se realizaba frente al Palacio de los Capitanes y fue una experiencia muy especial que guardo con mucho cariño.
Además, he participado durante unos doce años en el Viacrucis del Hermano Pedro, que se realiza el Viernes de Dolores en la madrugada.
Con una trayectoria tan diversa, ¿cómo se define usted hoy: como maestro, marimbista o cucurucho?
—En el orden natural, maestro por vocación. El año pasado cumplí mis bodas de plata magisteriales, lo que confirma mi compromiso con la educación durante veinticinco años. Marimbista por pasión, porque soy un enamorado del instrumento y considero que como sociedad tenemos una deuda con la marimba y sus intérpretes.
Y cucurucho por convicción, no solo por tradición o devoción, sino por el reto de vivir la Cuaresma y Semana Santa con verdadero sentido cristiano.

Muchas personas consideran cargar como un pasatiempo, ¿cómo logra mantenerlo como parte esencial de su vida y de su fe personal?
—Para mí es, ante todo, un acto de fe. Reconozco que a veces el sistema puede volverlo algo efímero, pero en esencia es un espacio profundo de conexión espiritual.
Cargar es encontrarse con la representación de la pasión de Cristo, una imagen que encierra un valor espiritual inmenso y muy personal. No me limito a una sola imagen; crecí al amparo de muchas y al final todo se resume en Jesús y en la vivencia íntima de la fe.
¿Hay algún recuerdo especial o significativo que conserve después de tantos años cargando, algo que haya marcado profundamente su historia personal como cucurucho?
—Sí, te lo voy a contar rapidísimo porque fue un milagrito simpático. En 1997 tuve un accidente con mi mamá, justo para el Domingo de Pascua, y estuve catorce horas inconsciente. Al año siguiente, en 1998, me regalaron el turno dos de la Merced para Viernes Santo de madrugada.
Fui con túnica prestada y, en el camino, perdí el capirote. De forma inexplicable, lo volví a encontrar en medio de la multitud. Nunca supe cómo ocurrió, pero para mí fue un milagro de Viernes Santo que guardo hasta hoy.
¿De qué manera ha logrado transmitir esta tradición y esta vivencia espiritual a su hija, y cómo ha sido ese proceso generacional?
—Ella todavía no carga las grandes, pero ya empezó desde muy pequeña. Lo he hecho de forma dosificada, porque tampoco se trata de imponerle nada. Inició como aspirante en la procesión de la Merced, luego pasó a las procesiones infantiles de Santa Teresa y las Beatas de Belén.
Veo que le gusta y lo cuenta con orgullo. Espero que se convierta en una práctica de vida y, con el tiempo, en un legado.

¿Siente que esta vivencia constante de la Semana Santa le ha ayudado a fortalecer su fe y a sentirse más cercano a Dios?
—Sin duda sí. La procesión tiene mensajes que a uno lo marcan profundamente, como me pasó recientemente con San Bartolo y el mensaje de Lázaro.
Siempre he dicho que el cucurucho sin fe no es lo mismo, porque cargar puede acrecentar la espiritualidad personal. Las imágenes no son Dios, pero representan algo poderoso que nos llena y nos permite vivir momentos de plenitud espiritual.
¿Cuántos años lleva cargando procesiones y cómo ha ido evolucionando paralelamente su formación y carrera como docente?
—Llevo treinta años cargando procesiones. Me gradué como maestro de primaria urbana en el 2000, promoción del milenio. He trabajado en el colegio San Sebastián, el Colegio Europeo y el Instituto Normal Centroamérica, además de dieciséis años en el Ministerio de Educación.
Tengo profesorado, licenciatura en pedagogía y una maestría en formación docente. Nunca he estado desligado de la docencia.

Además de la docencia y la devoción, ¿cómo ha desarrollado su faceta como marimbista y conductor de eventos culturales?
—La marimba llegó a mí desde casa, sobre todo por mi mamá, que amaba bailar con marimba. Ese gusto se fortaleció cuando llegué al centro histórico. En el MUSAC empecé asistiendo a conciertos didácticos y en mil novecientos noventa y ocho tomé un micrófono por primera vez para explicar tradiciones.
Desde entonces he conducido conciertos, festivales, el desfile del 15 de septiembre, programas de radio y televisión, siempre como transmisor cultural.
Ha mencionado en varias ocasiones a su madre, ¿fue ella su principal inspiración y motor en la vida?
—Definitivamente. Crecer solo con ella nos convirtió en madre e hijo, amigos, confidentes y compañeros de todo. Su mayor alegría fue ser abuela, y los años que convivió con mi hija la marcaron profundamente antes de su fallecimiento en 2021. Con sus luces y sombras fue una mujer muy especial. Mi sociabilidad, sin duda, viene de ella.
Fotos: Cortesía / República
Gérman Gómez
Sombras y fe: leyendas de Semana Santa
956 palabras | 5 minutos de lectura

Guatemala vive la Semana Santa con intensidad. La fe llena las calles y el incienso cubre el aire mientras cada procesión hace su recorrido solemne acompañada de marchas fúnebres. Las alfombras marcan el paso entre cucuruchos y turistas, tanto nacionales como internacionales. En ese ambiente nacen mitos y leyendas que acompañan la devoción. Estas historias mezclan religión, miedo y tradición.
No siempre tienen respaldo documental, pero forman parte de los pueblos y barrios de antaño. Los relatos pasan de abuelos a nietos; cada generación añade matices. Así se construye un imaginario que refuerza identidad, pertenencia y sincretismo religioso.
Historiadores como Celso Lara y Héctor Gaitán recopilaron varias de estas narraciones. Investigadores y sacerdotes coinciden en su valor simbólico para transmitir enseñanzas. También ofrecen respuestas ante lo desconocido. La Semana Santa crea el escenario perfecto para estas manifestaciones. El silencio, la penumbra y el luto en la vida de Cristo abren espacio a lo sobrenatural.
Las sombras de las procesiones
Uno de los relatos más conocidos gira en torno al rostro de Jesús de La Merced. Muchos fieles creen que su imagen refleja el verdadero rostro de Cristo. Según la tradición, Dios reveló ese rostro a una monja. Algunos estudios vinculan sus rasgos con el Santo Sudario de Turín. Esta coincidencia refuerza la creencia.
Los devotos también afirman que la imagen suda cada Viernes Santo al pasar frente a la Catedral Metropolitana. Otros atribuyen un fenómeno similar a Jesús del Rescate en 1996. Estos hechos alimentan la fe popular. El Nazareno de Candelaria también protagoniza relatos inquietantes. Cargadores aseguran que escuchan lamentos durante las noches de la Semana Santa.
Estos sonidos anuncian tragedias venideras para el próximo año. Algunos los vinculan con terremotos y desastres naturales. La tradición dice que el Cristo llora por su pueblo y por los males futuros. La leyenda se fortalece con cada evento trágico que vive el país.
Otra historia surge en La Antigua Guatemala. El Señor Sepultado de Santa Catalina presenta los tobillos dañados. La tradición explica que el santo Hermano Pedro cargó la imagen por las calles. El recorrido llegó hasta el convento de Santa Catalina. La imagen habría pedido ese traslado y el esfuerzo dejó huella en la escultura.
Entre Dios y el diablo
Relacionada con esta imagen aparece la Procesión Fantasmal. Algunos cucuruchos aseguran que escuchan marchas fúnebres en la noche. Perciben incienso y ven luces de velas. Sin embargo, no encuentran el cortejo. La leyenda afirma que se trata de una procesión que dejó de salir en el siglo XIX. La imagen se manifestaría como protesta.
Aunque la leyenda está arraigada en la ciudad colonial, también existen versiones del Centro Histórico de la ciudad. Entre los puntos que más destacan por su presencia están la Basílica de la Virgen de Guadalupe y el templo de San Francisco, en la zona 1. En la misma área destaca, como una de las historias más oscuras, la del árbol del Amate.
La leyenda se desarrolla, según la tradición, donde actualmente está la Plaza El Amate. Antes, era un parque que tenía en su centro un árbol de este tipo. Los relatos hablan de pactos con el diablo que se realizan dos veces al año en el lugar: el Sábado Santo (versiones también incluyen el Viernes Santo) y el Día de San Juan (24 de junio). La historia más común es la que protagoniza Diego Castillo.
Era un joven pobre y ambicioso que buscaba riqueza sin esfuerzo. Y en ese camino, encontró a un anciano que le habló del Amate. Le dijo que en Sábado Santo podía invocar al diablo en lo que hoy es la Plaza El Amate. Diego decidió intentarlo.
Esa noche caminó hacia el árbol. Pronunció palabras para llamar al maligno. Una figura apareció entre la sombra de aquel árbol. Le ofreció fortuna, poder y éxito. A cambio pidió su alma. También exigió una visita mensual. Diego aceptó el trato sin pensarlo mucho tiempo. Su vida cambió de inmediato. Ganó dinero y prestigio. Sin embargo, el precio por el que vendió su alma lo perseguía.
Cada primer viernes del mes debía regresar al Amate. Un olor a azufre marcaba la presencia del diablo. Con el tiempo, Diego dejó de temer. Consideró el pacto como rutina. Todo cambió un día. Pasó frente a una imagen de Cristo. Sintió un impacto profundo. Cayó de rodillas y decidió romper el pacto.
El diablo no aceptó la traición. Persiguió a Diego con visiones y sombras. El joven buscó ayuda en la Iglesia católica. Un fraile le realizó un exorcismo. La entidad desapareció. Sin embargo, Diego perdió su fortuna. Terminó sus días como sacristán. Vivió en arrepentimiento. La leyenda ubica el pacto en Sábado Santo. Ese día tiene un significado especial en la tradición, que indica que Cristo yace en la tumba. El mundo vive horas sin redención. El diablo actúa con libertad.
Otra leyenda popular describe a los penitentes de La Recolección. Vecinos escuchaban cadenas que recorren las calles en la noche. Creían que eran almas en pena. Un joven decidió investigar, según cuentan varias leyendas. Vio una procesión de figuras encapuchadas. Uno de ellos le entregó una vela. Al amanecer, la vela se convirtió en hueso. El joven intentó devolverlo, pero los penitentes se lo llevaron. Nunca regresó.
La Visitante de los Sagrarios también forma parte de la tradición. Un taxista encontró a una mujer vestida de negro en la zona 1, pasada las 20 horas. Ella pidió ayuda para visitar iglesias. Él aceptó. Al final del recorrido, ella prometió pagarle al día siguiente. Le dio una cadena como prueba. Llegado el momento, el hombre buscó a la mujer. Descubrió, por la mamá de la visitante, que esta había muerto un año antes. Desde entonces, la figura aparece cada Jueves Santo.
ENVIADO ESPECIAL
Marcos Jacobo Suárez Sipmann
Taiwán: siete días, mil impresiones

Había leído durante años sobre Taiwán en el acostumbrado tono dramático: tensiones estratégicas, microchips imprescindibles, equilibrios delicados en el Pacífico. Una semana allí –invitado por su embajada y acompañado por un grupo de periodistas guatemaltecos – bastó para descubrir lo inesperado.
Uno apenas puede aspirar a comprender un país en siete días, pero sí a acumular experiencias. Templos que huelen a incienso, trenes que llegan con puntualidad, empresas que diseñan el futuro, animados mercados nocturnos y locales donde el entusiasmo culinario desafía cualquier dieta prudente. Entre tradición y tecnología, cortesía y eficacia, la isla ofrece una lección silenciosa: no intenta impresionar; simplemente funciona.
Una ciudad que se revela poco a poco
El primer paseo por el histórico distrito de Dadaocheng recuerda que antes de los rascacielos existieron comerciantes, cargamentos y calles con vocación de mercado. Entre tiendas antiguas, puestos de especias y templos discretos que conviven con el bullicio cotidiano, se percibe el pulso de una ciudad que conserva memoria.
Después ascendimos al Taipei 101: ese edificio que durante años fue el más alto del mundo. Desde arriba debía aparecer la panorámica de la urbe, pero las nubes decidieron otra cosa. La capital permanecía allí abajo, solo intuida. Taiwán parecía disfrutar revelándose poco a poco.

Con el Ministro de Relaciones Exteriores, Dr. Lin Chia-lung
Historia contada en perfecto español
El lunes comenzó con una inmersión intelectual. Una profesora de la Tamkang University, de español impecable –circunstancia que provoca cierta mezcla de admiración y leve humillación en el visitante– nos ofreció una conferencia sobre la historia y cultura de su patria.
Durante una mañana recorrimos siglos de migraciones, imperios, ocupaciones y transformaciones. Todo explicado con la claridad pedagógica de quien domina su tema y con la simpatía de quien percibe que su audiencia lucha simultáneamente contra el desfase horario y la densidad histórica. La biografía de la isla resultó compleja, pero sorprendentemente comprensible.
Almuerzo, pasadizos y política internacional
Ese mismo día el protocolo adoptó su forma más agradable: un almuerzo en el legendario Grand Hotel Taipei. Tras platos exquisitos y conversación distendida con nuestra anfitriona del Ministerio de Exteriores recorrimos el corredor cultural del hotel y su famoso pasadizo secreto.
Construido en tiempos de Chiang Kai-shek, aquel túnel recuerda que incluso los hoteles más elegantes nacen en contextos históricos más agitados. La historia, como se aprende en Taiwán, siempre guarda alguna salida de emergencia.

Visita al edificio Taipéi 101
Geopolítica explicada sin dramatismo
Las siguientes jornadas nos llevaron al terreno más revelador del viaje. En el Instituto de Investigación de Defensa Nacional y Seguridad, donde nos envolvió un lenguaje más sobrio, escuchamos a analistas y expertos hablar del delicado equilibrio en el Estrecho de Taiwán, de las llamadas “operaciones de zona gris” (acciones ambiguas entre la paz y la guerra) y de cómo se mueve hoy el tablero del Indo-Pacífico.
Observada de cerca, la geopolítica se parece menos a un titular alarmista y más a una larga partida de ajedrez.
El Consejo para los Asuntos del Continente nos recibió al día siguiente con una clara y directa presentación de la política de Taiwán hacia China. Entre prudencia estratégica y defensa obstinada de su sistema democrático, el mensaje era evidente: la estabilidad exige tanto paciencia como determinación.
Notamos que flotaba en el aire la referencia a Hong Kong, cuyo reciente devenir institucional funciona como advertencia política. Y es que las fórmulas teóricas pueden alterarse al entrar en contacto con la realidad.
La democracia también se defiende con algoritmos
Cruzamos al frente digital en la Administración de Ciberseguridad, que funciona como un pequeño laboratorio de defensa democrática frente a amenazas cibernéticas. La seguridad nacional del siglo XXI se escribe también en lenguaje informático.
Infraestructuras críticas, sistemas de alerta, resiliencia digital. Las amenazas ya no llegan siempre en forma de misiles o flotas navales. A veces aparecen como rumores virales, sofisticadas campañas de desinformación o líneas de código cuidadosamente diseñadas.
La conversación continuó en Trend Micro, uno de los actores globales de ciberseguridad basada en IA para empresas. La defensa democrática pasa también por servidores y algoritmos.
La batalla contemporánea por la verdad
El miércoles lo dedicamos a un tema aún más intangible: la verdad. En DoubleThink Lab y en Radio Taiwan International debatimos sobre desinformación, operaciones cognitivas y el desafío de mantener la credibilidad del debate público en tiempos de redes sociales.
Antes de la charla, visitamos el pequeño museo de la emisora. Entre piezas antiguas y fotografías históricas, uno puede encontrarse con momentos inesperados: allí posé, con cierta solemnidad improvisada, ante el micrófono desde el que Chiang Kai-shek anunció la victoria china sobre Japón al final de la Segunda Guerra Mundial.
No todos los días un periodista se fotografía con un fragmento de historia.

Ante el micrófono donde Chiang Kai-shek proclamó la victoria sobre Japón en 1945.
Diplomacia, palillos y conversación
El almuerzo ofrecido por el viceministro de relaciones exteriores adoptó la forma siempre reveladora de una mesa redonda. Diplomáticos, empresarios, periodistas, traductores y acompañantes locales.
Mientras la conversación navegaba entre geopolítica y cooperación internacional, yo trataba de dominar con dignidad el arte de los palillos, ejercicio que exige más concentración que algunos debates estratégicos.
Entre plato y plato surgieron bromas discretas, presentaciones formales y ese clima de cortesía asiática que convierte incluso la política internacional en conversación civilizada.
Por la tarde, el ministro de Exteriores nos recibió para una conferencia de prensa. Expuso su visión diplomática con serenidad y respondió a todas nuestras preguntas con paciencia. La política, al menos ese día, parecía un oficio ejercido con calma y cortesía.
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![]() Por: Luis Enrique González | ![]() Por: María José Aresti y Braulio Palacios |




