Entre brindis y control: la prueba de diciembre

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Diciembre: cuando el alcohol acecha más. En Guatemala, la temporada navideña es sinónimo de convivios, ponche y brindis, pero para quienes enfrentan el alcoholismo puede convertirse en su momento más vulnerable. La presión social y la carga emocional de diciembre elevan el riesgo de recaída. Psicólogo advierte que la prudencia, la planificación y el apoyo cercano son claves para atravesar estas fechas sin perder el equilibrio.

La noche en que Guatemala quema al diablo. Cada 7 de diciembre, Guatemala revive una tradición que mezcla historia colonial, fe católica y cultura popular: la quema del diablo. Familias enteras encienden fogatas y queman objetos viejos como símbolo de limpieza espiritual y cierre del año. Entre hogueras, piñatas, cohetillos y marimba, la celebración sigue vigente y adapta su fuerza comunitaria a los tiempos actuales.

2026: el año que pondrá a prueba al Estado. Marimaite Rayo señala que 2026 puede redefinir la institucionalidad del país, porque varias autoridades clave serán electas en procesos interconectados que pueden derivar en un efecto dominó. Explica que las Comisiones de Postulación, diseñadas para aportar transparencia, han sido capturadas por intereses políticos debido a un esquema que ignora la lógica real de los actores: búsqueda de beneficios, rentas y control burocrático.

Regalo al lector. Mario Chicas Zea es el ganador del sorteo del libro Alma de Hierro, de Edgar Carrillo. Gracias a todos los lectores que participaron y forman parte de esta comunidad. Los invitamos a seguir leyendo el boletín y a mantenerse cerca de nuestras historias.

PSICÓLOGO CLÍNICO EXPERTO EN ADICCIONES

Ángelo Cipriani: “El alcohol no es la celebración” 

Por: Alice Utrera 

En Guatemala, las luces navideñas empiezan a encenderse desde finales de octubre. Las calles huelen a ponche y pólvora; las familias se organizan para las posadas, los convivios se multiplican y la ciudad entera parece girar en torno a la promesa de celebración. Para muchos, es un tiempo de calidez y reencuentro. Sin embargo, para quienes viven con alcoholismo o están en proceso de recuperación, es una temporada que puede sentirse como un campo minado.

La alegría colectiva contrasta con una realidad íntima que pocos ven: diciembre puede convertirse en la prueba más dura del año. En estas semanas, la presión social, la nostalgia, los recuerdos y un entorno donde prácticamente cada actividad está atravesada por el alcohol pueden convertirse en detonantes poderosos para una recaída.

Ángelo Cipriani, psicólogo clínico experto en adicciones, describe esta época como un cruce peligroso entre tradición, emociones intensificadas y una normalización cultural del consumo. “Mucho de nuestra manera de celebrar está unida al alcohol”, señala. En Guatemala —agrega— el patrón es tan profundo que bautizos, bodas, primeras comuniones o convivios de oficina comparten la misma liturgia: levantar un vaso y brindar.

No obstante, el problema no es el alcohol por sí mismo, sino la manera en que una persona con esta adicción enfrenta un calendario que parece diseñado para ponerla a prueba. En las fiestas, todos “se echan el trago”, todos beben “aunque sea un par”, y esa frase casual, casi inocente para otros, puede significar un riesgo grave para alguien que lucha por mantenerse sobrio. 

El disparador emocional de la melancolía 

El último mes del año también tiene un lado silencioso, cargado de recuerdos que a veces duelen. Las sillas vacías, los balances personales, la nostalgia por quienes ya no están o las expectativas incumplidas pueden convertirse en los desencadenantes. 

“Unir una cultura que celebra con alcohol y unas fechas que pueden ser melancólicas es una combinación peligrosa”, detalla Cipriani. Para muchas personas, beber se convierte en una herramienta para adormecer emociones difíciles. La tristeza, la ansiedad o el estrés pueden empujar a la búsqueda de ese escape rápido que representa el alcohol, aun cuando la persona sabe que ese camino suele terminar en espiral. 

A veces, la recaída empieza en silencio: un mal día, un comentario hiriente, una discusión familiar, un momento de soledad. Otras veces es la autojustificación la que abre la puerta: “solo serán dos cervezas”, “es Navidad, una vez al año está bien”, “todos toman, nadie se dará cuenta”.

Las señales que anticipan la recaída 

Antes de que ocurra un desliz, el cuerpo y la mente ya muestran señales que, si se presta atención, pueden funcionar como advertencia. El aislamiento es una de las primeras. La persona evita convivios, evita reuniones con su red de apoyo, se encierra. No es un aislamiento saludable, sino uno marcado por irritabilidad, estrés y deseos de evadir interacción. 

Hay otros signos igual de importantes tales como: buscar eventos donde el alcohol será protagonista o minimizar el riesgo de asistir a ellos. “lo que para la mayoría es común —un brindis, un trago, unas cervezas— no significa que sea normal”, enfatiza Cipriani.

Y cada caso es distinto.  “No existe una regla universal sobre si una persona en recuperación debe o no asistir a estas celebraciones”, explica el profesional. Algunos, después de muchos años sobrios, logran manejar ambientes donde hay alcohol sin sentir amenaza. Otros, incluso después de largo tiempo, prefieren mantenerse lejos porque saben que para ellos sigue siendo un peligro. 

En ambos extremos, dice, la clave es la prudencia: reconocer con honestidad si se puede o no se puede. No desde la vergüenza, sino desde la autoconsciencia. 

La prudencia como estrategia de supervivencia 

Una de las recomendaciones principales para quienes deciden asistir a un evento con alcohol es no ir solos. De acuerdo con Cipriani, lo ideal sería acudir acompañados por alguien de su red de apoyo, una persona que conoce la historia, entiende los riesgos y puede intervenir si hay una crisis emocional. No se trata de que esa persona esté vigilando cada movimiento, sino de brindar estabilidad. 

Cuando no es posible, la planificación se vuelve indispensable. Analizar previamente quiénes estarán, qué tipo de ambiente habrá, qué nivel de consumo suele darse en ese grupo y cuánta presión social puede surgir es una forma de anticiparse. “Prepararse mentalmente es tan importante como cualquier otra herramienta”.  

Además, planificar respuestas a situaciones incómodas —como cuando alguien insiste en ofrecer alcohol— puede reducir la ansiedad del momento. La presión social en Guatemala, advierte, no debe subestimarse. Por eso, tener un script interno que permita responder con claridad y sin confrontación puede marcar la diferencia. 

Hablar: la herramienta que más libera 

Uno de los grandes errores es intentar esconder la situación. Fingir que se está tomando, tirar la bebida discretamente o evadir comentarios solo incrementa la ansiedad. Cipriani afirma que hablar del tema, normalizarlo y expresarlo abiertamente ayuda a reducir el estrés. Quedarse callado, en cambio, envía el mensaje —incluso a uno mismo— de que hay algo vergonzoso. 

“Hay que hablar del elefante en la habitación”. Cuando una persona expresa que está en recuperación, no solo se libera del peso interno, sino que facilita que el entorno se adapte, apoye o, al menos, deje de presionar. 

Guatemala, señala, ha cambiado: cada vez se aceptan más estilos de vida más sanos, el consumo cero y las bebidas sin alcohol. Pero el miedo a decir “no tomo” sigue siendo mayor que la reacción real que la mayoría tendrá. Muchas veces, la angustia está más en la cabeza que en el entorno. 

Pequeñas herramientas para resistir el impulso 

Cuando, en plena fiesta, llega una oleada de ganas intensas de beber, Cipriani recomienda una acción que puede salvar la noche: irse del lugar. No pelear con el impulso, no retarse a sí mismo, sino retirarse antes de cruzar una línea peligrosa. 

Hablar con alguien de la red de apoyo también ayuda. Exteriorizar el deseo disminuye el estrés interno. Y la respiración consciente es otra herramienta poderosa. La ansiedad acelera la actividad cerebral y genera hiperventilación; respirar lento y profundo ayuda a estabilizar el sistema nervioso. 

Finalmente, recordar por qué se está en recuperación es fundamental. Tener una lista —en el teléfono, en la billetera— con los motivos personales puede traer claridad en medio de la presión del momento. 

Si ocurre una recaída: detener la culpa, observar y empezar de nuevo 

Una recaída no define a la persona. No es una sentencia ni una identidad. Es un error que debe analizarse sin destruir la autoestima. La culpa excesiva es como una bola de nieve que crece hasta arrastrar con ella la posibilidad de retomar el camino.  

El primer paso es detenerse y observar: ¿qué detonó el consumo?, ¿qué situación lo antecedió?, ¿qué pudo haberse manejado distinto? Comprender la raíz permite reconstruir estrategias más efectivas. Luego, buscar al profesional o al grupo de apoyo es esencial para retomar el proceso. 

Ver el camino de la recuperación como un rompecabezas ayuda: algunas piezas se encuentran en terapia, otras en la experiencia, otras en la propia introspección. El objetivo no es que el proceso sea lineal, sino que, la caída sume herramientas nuevas. 

El papel de la familia y la delgada línea entre apoyar y controlar 

La familia no es responsable de la sobriedad del paciente, recalca Cipriani. Puede apoyar, acompañar, escuchar, ser un punto seguro. Pero no puede —ni debe— cargar con la responsabilidad de evitar que alguien beba. Convertirse en “policía del alcohol” solo alimenta relaciones codependientes que terminan dañando a ambas partes. 

Lo que sí puede hacer es evitar comentarios que ridiculicen o minimicen el proceso, abrir canales de comunicación y ofrecer acompañamiento físico o a la distancia cuando sea necesario. Pequeñas acciones ayudan a que la persona no se sienta sola. 

Pero, así como la persona en recuperación debe trabajar en sí misma, la familia también debe hacerlo. Debe reconocer qué está bajo su control y qué no, entender si sus propias conductas alimentan dinámicas dañinas y buscar apoyo profesional cuando haga falta. Porque las adicciones no afectan solo al individuo; atraviesan a los vínculos y desgastan la salud emocional de todo el entorno. 

Los riesgos, incluso para quienes no son alcohólicos 

Las intoxicaciones etílicas, la deshidratación, los ataques de ansiedad y los accidentes de tránsito son consecuencias inmediatas del consumo excesivo que afectan tanto a quienes padecen adicción como a quienes no. La violencia, la pérdida del juicio y la impulsividad crecen con cada copa. 

A largo plazo, los daños son conocidos, pero igualmente ignorados: problemas hepáticos, cardiovasculares, digestivos, trastornos del sueño y dependencia. 

Por eso, incluso para quienes no viven con esta adicción, diciembre es un tiempo donde conviene recordar que el riesgo no desaparece solo porque “todos están tomando”. 

Volver al centro: celebrar no es beber 

En última instancia, Cipriani insiste en recuperar el sentido original de estas fechas: convivir, compartir, reencontrarse. “El alcohol no es el centro de la celebración”, afirma. Porque cuando se convierte en protagonista, la conexión humana desaparece. 

Recomienda normalizar actividades donde no se beba, promover bebidas sin alcohol y, sobre todo, actuar con prudencia. La sobriedad es un proceso largo, a veces solitario, a veces doloroso, pero profundamente valioso. Y diciembre, con toda su carga emocional, puede convertirse en una amenaza o en una oportunidad para reforzar convicciones. 

Asimismo, planificar cuánto tiempo estar, con quién relacionarse, qué límites personales establecer y cómo regresar a casa tiene un impacto enorme. No solo protege la salud emocional y física, sino también su vida profesional y sus relaciones. Reduce impulsos, disminuye riesgos y evita que una noche se convierta en un problema mayor. 

La clave, según Cipriani, está en recordar que no siempre la decisión correcta será la más alegre. A veces, lo más valiente es elegir lo que se necesita por encima de lo que se desea. Especialmente en un país donde brindar parece una obligación y donde decir “no” exige tanta fuerza como resistir el primer trago. 

 

Fotos: República

 
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Gérman Gómez
Cuando el fuego limpia el año: la quema del diablo
624 palabras | 3 minutos de lectura

Una vez al año, cada 7 de diciembre, “Guatemala quema al diablo” a las 18 horas.  La actividad es una mezcla de historia colonial, devoción católica y cultura popular. La costumbre marca el inicio de la temporada navideña y acompaña la víspera de la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. 

Ese día, familias enteras salen a las calles para encender fogatas, quemar objetos viejos y, en muchos casos, piñatas con forma de diablo. Lo hacen con la intención simbólica de limpiar el hogar y expulsar lo negativo antes de cerrar el año. La tradición se mantiene muy viva. Ha logrado adaptarse a los cambios de época. 

Orígenes coloniales y sentido religioso 

La quema del diablo tiene raíces en el periodo colonial. Entre los siglos XVI y XVIII, los habitantes de la Antigua Guatemala encendían luminarias y fogatas. Iluminaban las calles durante festividades religiosas. En especial, durante las procesiones de la Virgen María. Sin alumbrado eléctrico, las hogueras se convertían en guía para los fieles.

Al pasar el tiempo, la práctica se vinculó con la idea de la purificación espiritual. El 7 de diciembre reforzó la asociación. Esta fecha antecede la celebración de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. La creencia popular afirmaba que el diablo se escondía entre lo viejo, lo sucio o lo acumulado. Al quemar basura o pertenencias desgastadas, las familias simbolizaban la expulsión de males y tentaciones. 

El fuego adquirió un papel central. Tomó el rol de transformar, depurar y destruir lo impuro. Es decir, representa el triunfo del bien sobre el mal. Así surgió la imagen del diablo en llamas. Un símbolo que conecta la fe católica con la cultura popular guatemalteca, recolectada a través de la tradición oral. 

La celebración actual 

La celebración adoptó distintas formas. Todo depende de la comunidad y la región. Sin embargo, mantiene tres elementos característicos: fuego, convivencia y ruido festivo. Las hogueras en calles y patios son las más comunes. Las familias sacan objetos viejos o dañados, como papeles, cartón, madera, muebles deteriorados o ramas secas.

Colocan ese material frente a sus casas y encienden una fogata al caer la tarde. En muchos hogares, los niños participan mientras los adultos supervisan el fuego. El acto simboliza una limpieza del hogar y un cierre emocional del año. Las piñatas del diablo han aumentado en demanda durante las últimas décadas.

Los artesanos las elaboran. Están hechas con alambre, cartón y papel de colores. Algunas familias compran piñatas pequeñas para quemarlas en privado. Otros barrios organizan quemas colectivas que reúnen a decenas de vecinos. Estas figuras suelen incluir decoraciones llamativas, lenguas de papel rojo y cuernos exagerados. 

En la ciudad de Guatemala, la zona 5 concentra la tradición y la mantiene viva. Se preparan para los festejos del 7 de diciembre con semanas de antelación. La colonia Arrivillaga es la pionera del área. Tienen más de 25 años de celebrar la quema del diablo.

La Antigua Guatemala es otro de los lugares que destaca en el interior del país. La figura del diablo que queman supera los cinco metros de altura. Es un espectáculo esperado por los vecinos y los turistas, tanto nacionales como extranjeros. 

Pólvora y cohetillos 

La fiesta incluye juegos pirotécnicos. Aunque esa práctica no forma parte de los orígenes coloniales, sí acompaña la experiencia actual. El estruendo, las luces y el ambiente festivo refuerzan la sensación de inicio de las celebraciones navideñas. En algunas zonas urbanas, la tradición evolucionó hacia eventos comunitarios.  

Asociaciones de vecinos o municipalidades organizan quemas oficiales con medidas de seguridad y espectáculos de luces. En otras regiones rurales, la costumbre conserva un tono más íntimo y familiar. La marimba también figura para ambientar la actividad. Mientras se quema el diablo, las melodías acompañan a las personas. 

 
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Marimaite Rayo
Comisiones de postulación: el pecado original de la débil institucionalidad guatemalteca

Como ya se ha planteado en muchos análisis previos, el 2026 será un año determinante para la institucionalidad del país, dado que los liderazgos de muchas instituciones clave se someterán a elección. Entre ellos destacan los magistrados del Tribunal Supremo Electoral (TSE), el fiscal general del Ministerio Público (MP) y los magistrados de la Corte de Constitucionalidad (CC), por mencionar algunos.

Ahora bien,  debido a la estructura legal de los procesos de elección, la mayoría de estas instituciones, pese a que son “independientes” en su funcionamiento, sí están entrelazadas en su elección. Por ende, la perturbación de una elección podría generar un efecto dominó, resultando en la captura de las instituciones por intereses individuales, la difuminación de la separación de poderes y, consecuentemente, el desgaste de los pilares democráticos y republicanos que sostienen el sistema político guatemalteco.

Aunque cada proceso es diferente en su naturaleza, todos comparten una figura que, durante los últimos años, no solo ha sido motivo de disputa, sino que también se ha pervertido: las Comisiones de Postulación. Para entender este proceso de captura y politización, vale la pena recurrir a la teoría de la elección pública. Este marco de análisis es idóneo, ya que, como lo señala su definición más coloquial, esta tiene como objetivo explicar la política sin romanticismo. Así pues, empleando conceptos y herramientas de la economía, describe el funcionamiento de las estructuras políticas.

Las Comisiones de Postulación, aunque recientemente han ganado mayor protagonismo, no son un invento moderno. En realidad, este andamiaje institucional nació al mismo tiempo que la democracia guatemalteca, de la mano del proceso constituyente de 1985. En su forma original, las comisiones se diseñaron como un mecanismo para mejorar la selección de candidatos en la elección de funcionarios, garantizando mayor transparencia, menos discrecionalidad y un carácter más técnico. Sin embargo, como lo reflejan los eventos recientes, aunque la iniciativa parecía funcional en la teoría, la realidad y los intereses personales se han impuesto. Esto se debe a que diversos operadores políticos han impulsado la captura de las estructuras, su politización y la opacidad en los resultados.

En este sentido, de acuerdo con la teoría de elección pública, la corrupción de las comisiones es resultado del pecado original. Es decir, estas estructuras no funcionan adecuadamente, ya que parten de una premisa que es errónea y lesiva para la democracia e institucionalidad del país. La teoría indica que es incorrecto pensar que aquellos individuos que participan en la política “mágicamente” pierden todas las características del hombre económico, como la búsqueda por maximizar sus beneficios, el interés individual y la racionalidad de las decisiones al calcular los costos y beneficios de sus acciones.

En realidad, todos los actores que participan en la arena política, aunque cambian de contexto, continúan siendo agentes económicos y, por ende, no intercambian el interés individual por el común, la maximización de beneficios personales por el altruismo o el cálculo de costes y beneficios por la beneficencia. Así pues, derivado de esta lógica no es incorrecto afirmar que, pese a que las Comisiones de Postulación surgieron como un mecanismo benevolente, esa ingenuidad ha favorecido a la captura política y la búsqueda de beneficios personales.

La ingenuidad institucional que abrió la puerta a la captura

Otro de los elementos teóricos que emplea la elección pública es el concepto de la búsqueda de rentas, la cual se define como la asignación de recursos, que podrían ser más productivos en otro lugar, para la captura de rentas para beneficio propio. Adicionalmente, esta dinámica también propicia la protección de rentas, dado que esos mismos actores emplearán recursos para proteger sus beneficios y prevenir que sean capturados por otros.

En el contexto de las Comisiones de Postulación, esta dinámica se puede observar en los diversos casos de corrupción que se han destapado, donde operadores políticos han empleado recursos para presionar a los comisionados y así favorecer la elección de candidatos afines. Por ende, este proceso únicamente desvirtúa el concepto original de las comisiones, reduce la independencia de los comisionados y, por ende, politiza todos los procesos de elección. 

Adicionalmente, aunque esta estructura se plantee como una ajena a la burocracia estatal, en realidad, dada su organización, opera como cualquier otra estructura burocrática, lo cual genera una serie de problemas. En palabras de Gordon Tullock, uno de los grandes autores de la teoría de la elección pública, debido a que las burocracias son jerárquicas, los actores que se encuentran en las capas más bajas únicamente buscan complacer a sus superiores, a fin de asegurar su posición.

En el caso de las comisiones, esto provoca que los comisionados, presionados por los operadores, actúen de acuerdo a sus intereses creando lazos de dependencia. Asimismo, los miembros de las comisiones, al percibir las potenciales ganancias que podrían obtener de los procesos, también estarán más enfocados en esta agenda paralela que en hacer el trabajo para el que fueron designados. Otra gran debilidad de las burocracias es la rigidez de la que sufren, lo cual inhibe un proceso estable y continuo. Ahora bien, más que un obstáculo, los operadores han convertido esta rigidez en una oportunidad, ya que se han servido de la complejidad de los tiempos políticos, las decisiones legislativas y los procesos de elección internos para potenciar sus beneficios. Ejemplo de esto son los retrasos provocados por los desacuerdos en cuanto a las sedes, las tablas de gradación, entre otros.  

Partiendo de las deficiencias planteadas en la teoría y favorecidas en la realidad, no cabe duda de que su influencia no sería tal si se contara con un Estado de derecho robusto y certeza jurídica. Esto se debe a que, debido a que en la sociedad y los círculos de poder existe una percepción de que la ley es maleable, esta siempre estará a disposición de aquellos que ganen el pulso político. Así pues, las normas y reglamentos que regulan los procesos de elección, en vez de ser generales y abstractas, pasan a ser dirigidos y personales afectando no solo los procesos de elección, sino que también la legitimidad de todas las instancias involucradas. 

De esta manera, se evidencia cómo una figura pensada para fortalecer la democracia e institucionalidad, en realidad, se ha convertido en el instrumento idóneo para la regresión democrática. Por esta razón, asumiendo la relevancia de los procesos del 2026 y las debilidades de la estructura, es necesario que la sociedad civil, como un eje alejado de los círculos de poder, asuma el papel que le asigna la República, una participación activa. Es decir, así como es receptora de los derechos políticos, también debe hacerlos valer mediante su ejercicio, fomentando la transparencia y la estabilidad institucional.  

 
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Por: Gérman Gómez

Por: Miguel Rodríguez