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El niño prodigio del ajedrez

¡Buenos días!
El niño ajedrecista que sueña con conquistar el mundo. Ricardo Ordóñez ya es el número uno del ranking latinoamericano y el segundo de América en su categoría. Detrás de esos logros, el joven ajedrecista guatemalteco mantiene intacto un sueño: convertirse algún día en campeón del mundo.
90 años de la Torre del Reformador. Fabricada en Estados Unidos e inaugurada en 1935, la torre se convirtió en un referente de la ingeniería y la arquitectura urbana, además de uno de los símbolos más representativos de Guatemala.
La reforma portuaria que Guatemala no debería dejar pasar. En su análisis para Compás Institucional, César Sigüenza la discusión sobre la Ley General del Sistema Portuario trasciende la administración de los puertos: plantea una reforma institucional que busca fortalecer la competitividad, atraer inversión y dar mayor certeza al comercio exterior.


Ana González
Jaque mate a la edad: Ricardo Ordóñez, la nueva joya del ajedrez
1133 palabras | 6 minutos de lectura

Con apenas 12 años, Ricardo Ordóñez ha logrado lo que para muchos ajedrecistas representa el trabajo de toda una vida. Hoy ocupa el primer lugar del ranking latinoamericano y el segundo del continente americano, un reconocimiento que confirma su enorme talento frente al tablero. Sin embargo, basta conversar unos minutos con él para descubrir que, detrás de las medallas, los trofeos y los rankings, sigue existiendo un niño que disfruta jugar fútbol con sus amigos, leer sobre astronomía, pasar tiempo con su familia y reír con la misma espontaneidad de cualquier estudiante de primaria.
Lo curioso es que el ajedrez nunca fue el plan.
Durante su infancia imaginó un camino muy distinto. El deporte que realmente lo apasionaba era el karate y estaba convencido de que crecería practicándolo. El ajedrez apareció casi por casualidad cuando tenía nueve años. La primera vez que movió una pieza no sintió ninguna emoción extraordinaria. "Solo sentí que se movía", recuerda entre risas. En ese momento no imaginó que aquel tablero terminaría convirtiéndose en el escenario donde construiría sus mayores sueños.

Ricardo cursa quinto primaria en el Instituto Austriaco Guatemalteco.
El verdadero cambio llegó tiempo después. Conforme avanzaban los entrenamientos y empezaron a aparecer las primeras competencias, descubrió que ese juego exigía mucho más que memoria o inteligencia. Cada partida era un desafío para pensar mejor, controlar las emociones y aprender de los errores. Después de un campeonato centroamericano comprendió que tenía condiciones para competir a un nivel mucho más alto. Ese torneo marcó un antes y un después.
El día que cambió de tablero
A diferencia de quienes atribuyen el éxito al talento natural, Ricardo tiene otra explicación. Está convencido de que la disciplina pesa mucho más que cualquier don. Él mismo reconoce que nació con facilidad para los deportes. Le gusta correr, nadar, jugar fútbol y todavía conserva ese espíritu competitivo que desarrolló cuando practicaba karate. Pero asegura que lo que realmente lo llevó hasta la cima del ajedrez fue la constancia.
Su rutina refleja esa convicción. Se levanta temprano para asistir al colegio, comparte con sus compañeros, cumple con sus tareas y, al regresar a casa, dedica alrededor de tres horas y media al entrenamiento. Durante las vacaciones ese tiempo puede duplicarse, aunque insiste en que nunca ha permitido que el ajedrez ocupe toda su vida.
"No podría vivir solo para el ajedrez", dice con una madurez que sorprende para su edad.
Sigue jugando videojuegos, disfruta los partidos de fútbol con sus amigos y procura mantener el equilibrio entre el deporte, la escuela y la familia. Cree que esa es una de las razones por las que nunca ha perdido la ilusión de seguir aprendiendo. Para él, convertirse únicamente en ajedrecista sería renunciar a una parte importante de quién es.
Quienes lo conocen destacan su facilidad para hacer amigos. Él mismo se define como un niño tranquilo, carismático y alegre. En su grupo hay atletas de distintas disciplinas y los logros de uno siempre se convierten en motivo de celebración para todos. Cuando un compañero ganó un campeonato mundial de karate, lo festejaron como si fuera propio. Ahora son ellos quienes celebran cada nuevo triunfo de Ricardo.

El ajedrez apareció casi por casualidad cuando tenía nueve años.
Competir contra adultos tampoco parece intimidarlo. Mientras muchos pensarían que enfrentarse a jugadores con décadas de experiencia representa una enorme presión, él lo ve de otra manera. Cree que, en muchas ocasiones, son ellos quienes tienen más que perder. Antes de cada partida cierra los ojos, repasa mentalmente las variantes que ha estudiado y hace una oración.
En ese momento también lleva consigo un símbolo muy especial: una medalla de San Benito que siempre lo acompaña. La fe, junto con su devoción por la Virgen María, forma parte de su rutina desde pequeño y le brinda serenidad antes de comenzar cada torneo. Más que un amuleto, esa medalla representa un recordatorio de los valores que ha aprendido en casa y de la confianza con la que enfrenta cada desafío.
Las victorias también se construyen en familia
Fuera del tablero, hay otra presencia que nunca falta: su mamá, Karen Bonilla. Ella lo acompaña en cada viaje, organiza buena parte de la logística y está pendiente de cada detalle antes, durante y después de las competencias. Habla de los logros de Ricardo con emoción y orgullo, pero asegura que lo que más la satisface no son los trofeos, sino verlo crecer como un niño humilde, disciplinado y feliz. Ese respaldo incondicional ha sido una constante desde que comenzó a competir y forma parte del equipo que lo impulsa a seguir adelante.
Como cualquier deportista, también ha conocido la frustración. Uno de los momentos más difíciles ocurrió recientemente durante un torneo en Costa Rica. Llegó después de varias competencias consecutivas y sintió el desgaste físico y mental. Los resultados no fueron los que esperaba y durante algunos días la tristeza lo acompañó. Sin embargo, esa decepción no tardó en transformarse en motivación. Ahora espera regresar para buscar la revancha y conseguir una nueva norma que le permita seguir acercándose a sus metas.

Su pieza predilecta es el caballo, por la creatividad y las posibilidades que ofrece en cada partida.
Los sueños apenas comienzan
Porque, aunque ya figura entre los mejores del continente, Ricardo siente que apenas está comenzando.
Su mayor sueño es convertirse en campeón del mundo, una meta ambiciosa que pronuncia con absoluta naturalidad. También piensa en el futuro fuera del tablero. Cuando habla de la vida adulta menciona una profesión que le despierta la misma curiosidad que hoy le produce cada partida: la medicina.
Antes de pensar en ese futuro, el calendario ya le presenta nuevos desafíos. En las próximas semanas competirá en Medellín, Colombia, y posteriormente viajará a Uzbekistán para medirse con algunos de los mejores ajedrecistas del mundo. Cada torneo representa una nueva oportunidad para aprender, ganar experiencia y continuar escalando posiciones en el ajedrez internacional.
Mientras ese día llega, continúa resolviendo otro reto que pocos imaginan. Los constantes viajes a torneos lo obligan a ausentarse del colegio con frecuencia. Eso significa estudiar por adelantado, recuperar exámenes y organizar mejor su tiempo para mantener un buen rendimiento académico. No siempre resulta sencillo, pero ha aprendido que el éxito también exige responsabilidad fuera del deporte.

Ricardo tiene previsto competir en Colombia y Uzbekistán en las próximas semanas.
Quizá por eso el mensaje que le gustaría transmitir a otros niños no habla de trofeos ni de rankings. Habla de creer en uno mismo, de atreverse a cambiar de camino cuando aparece una nueva pasión y de entender que el talento solo abre la primera puerta, mientras que la disciplina, la perseverancia y el tiempo son los que permiten recorrer el resto del camino.
A sus 12 años, Ricardo Ordóñez todavía conserva la sencillez de quien se sorprende al ver su nombre entre los mejores del continente. Tal vez esa sea la cualidad que más lo distingue. Mientras otros cuentan victorias, él sigue disfrutando cada movimiento como aquel niño que un día descubrió un tablero sin imaginar que, pieza por pieza, estaba empezando a construir su propio destino.
Fotos: Diego Cabrera / República
Gérman Gómez
La Torre del Reformador: 90 años como ícono de la Ciudad de Guatemala
758 palabras | 4 minutos de lectura

La Torre del Reformador se alza en la zona 9 de la Ciudad de Guatemala, en el cruce de la 7.ª avenida y la 2.ª calle. La estructura mide 71.85 metros y está construida con acero galvanizado. Su silueta metálica domina el paisaje urbano desde hace casi un siglo. Muchos guatemaltecos la reconocen como un símbolo de identidad nacional.
El origen de la torre se remonta a EE. UU. La empresa United States Steel Products Company estuvo a cargo de su fabricación. El presidente Jorge Ubico observó la estructura durante una feria en California y la adquirió durante la clausura de la Golden State International Exposition, en 1933. Posteriormente, el Gobierno de Guatemala gestionó su traslado hacia el país.
Una vez en territorio guatemalteco, comenzó el proceso de ensamblaje. El ingeniero Arturo Bickford, quien fungía como alcalde de la ciudad en ese momento, dirigió el ensamblaje de la torre. El costo total ascendió a GTQ 49 775.60. El proceso de montaje respetó el diseño original de la pieza comprada en EE. UU. No se modificó su estructura básica durante ese proceso.
La historia de los dos presidentes
La Torre del Reformador fue inaugurada el 19 de julio de 1935, durante el gobierno de Jorge Ubico. Se construyó para conmemorar el centenario del nacimiento de Justo Rufino Barrios, militar y político que gobernó Guatemala entre 1873 y 1885 e impulsó profundas reformas económicas, religiosas y sociales. Por ello, la historia lo recuerda como “El Reformador”.
Sin embargo, ese no fue su nombre original. En 1935 se le llamó “Torre Conmemorativa del 19 de julio”. Con el paso de los años, la población comenzó a llamarla Torre del Reformador”, en honor a Justo Rufino Barrios, nombre que terminó de imponerse y que conserva hasta la actualidad.
La ubicación tampoco ha cambiado desde su inauguración. Permanece en el antiguo boulevard 15 de Septiembre y la calle general Miguel García Granados, hoy identificadas como la 7.ª. Avenida y la 2.ª Calle de la zona 9. Su permanencia la convierte en un punto fijo de referencia para quienes transitan entre distintos sectores de la capital.
Inspirada en un ícono francés
El diseño de la estructura suele generar comparaciones con la Torre Eiffel, en Francia. Su estructura metálica recuerda la silueta del famoso monumento parisino, aunque difiere considerablemente en dimensiones, materiales y propósito.
La parte superior cambió con el paso del tiempo. Originalmente contaba con una campana donada por el Gobierno de Bélgica. En 1986, fue sustituida por un faro. El nuevo dispositivo sirvió como apoyo para la navegación del transporte aéreo del Aeropuerto Internacional La Aurora. La torre pasó a integrar una función de seguridad aeronáutica. Un agregado a su valor histórico y simbólico.
Décadas después, una aerolínea extranjera renovó ese elemento. En noviembre de 1994, American Airlines donó un nuevo faro para la estructura. Un helicóptero de la Fuerza Aérea Guatemalteca lo colocó en la parte superior de la torre. La operación requirió coordinación técnica y militar. El resultado mantuvo vigente la función de guía aérea del monumento.
La iluminación de la torre también evolucionó con el tiempo. Actualmente, la Torre del Reformador cuenta con más de 60 luces tipo LED que dan color a toda la estructura. Esas luces permiten distintos esquemas cromáticos según la ocasión. La ciudad suele iluminar la torre en fechas patrias o conmemoraciones especiales.
Otra Torre del Reformador en el Oriente
La capital no es el único lugar donde existe un monumento con ese nombre. En Chiquimula se encuentra otra Torre del Reformador, ubicada a pocas cuadras del Parque Central, sobre la 1.ª avenida y 3.ª calle de la zona 1, en el barrio La Democracia. Aunque de menor tamaño, también rinde homenaje a Justo Rufino Barrios.
El entorno urbano alrededor de la torre capitalina también tiene valor histórico. La estructura se encuentra cerca de la Avenida La Reforma. La Iglesia Yurrita, otro punto emblemático de la ciudad se ubica a pocos pasos de distancia. Ese sector concentra varios símbolos arquitectónicos de la capital guatemalteca.
La torre no permite el acceso interno al público. No cuenta con ascensores ni con miradores habilitados para visitantes. El tráfico vehicular circula por debajo de la estructura, integrada al movimiento diario de la ciudad. A los 90 años de su inauguración, la Torre del Reformador conserva su lugar especial entre los guatemaltecos.
Más que un homenaje a Justo Rufino Barrios, la Torre del Reformador representa una de las primeras grandes estructuras metálicas importadas e instaladas en Guatemala y constituye un referente de la ingeniería y la arquitectura urbana del siglo XX.
ANÁLISIS
Guatemala frente a su oportunidad portuaria

Las reformas verdaderamente importantes no suelen llamar la atención por su nombre, sino por las consecuencias que producen muchos años después. Si el Congreso de la República logra aprobar durante el segundo semestre del año la Ley General del Sistema Portuario (dictamen unificado de las iniciativas 6527 y 6541) dictaminada por la Comisión de Economía y Comercio Exterior, Guatemala habrá dado un paso importante para resolver uno de los mayores vacíos institucionales que aún persisten en materia de infraestructura y competitividad.
El debate no debería centrarse únicamente en la creación de una nueva autoridad o en la regulación de los puertos existentes. Lo que realmente está en discusión es la capacidad del país para construir un sistema portuario con reglas previsibles, instituciones técnicas y una visión de desarrollo que trascienda los períodos de gobierno. Los puertos constituyen la principal puerta de entrada y salida del comercio exterior, por lo que su funcionamiento determina costos logísticos, tiempos de operación, competitividad de las exportaciones y, en buena medida, la confianza de quienes deciden invertir en Guatemala.
Durante décadas el país ha operado bajo un marco jurídico fragmentado. Las competencias se encuentran dispersas entre distintas entidades, la planificación nacional es insuficiente, los mecanismos para desarrollar nueva infraestructura han generado incertidumbre y la coordinación entre las autoridades que intervienen en la actividad portuaria depende más de esfuerzos aislados que de un diseño institucional coherente. La consecuencia no ha sido únicamente un menor ritmo de inversión. También ha significado mayores costos económicos, rezagos en infraestructura y dificultades para responder al crecimiento del comercio internacional.
La nueva ley intenta corregir precisamente estas deficiencias. Propone una rectoría nacional con capacidades de planificación, coordinación y fiscalización, sin eliminar la lógica competitiva; incorpora la obligación de desarrollar una política portuaria y un plan nacional con visión de largo plazo; fortalece la coordinación entre las distintas instituciones que participan en el sistema y busca que las decisiones estratégicas respondan a criterios técnicos más que a coyunturas políticas. En otras palabras, procura sustituir un conjunto de decisiones aisladas por un verdadero sistema de gobernanza.
Un aspecto especialmente relevante es la incorporación de estándares internacionales como parámetro permanente de funcionamiento. La competitividad portuaria ya no depende únicamente de la capacidad de mover carga con rapidez. Hoy exige niveles crecientes de seguridad física y tecnológica, cumplimiento de los estándares internacionales de protección portuaria, interoperabilidad logística, digitalización de procesos y mecanismos modernos de supervisión. Un puerto inseguro o técnicamente rezagado deja de ser únicamente un problema operativo, ya que se convierte en un factor que afecta la competitividad del país entero.
Igualmente importante resulta la modernización del régimen de inversión. Guatemala necesita mecanismos contractuales capaces de atraer capital, tecnología y conocimiento especializado bajo procedimientos transparentes y competitivos. El objetivo no consiste en disminuir el papel del Estado, sino en redefinirlo. En los sistemas portuarios más exitosos, el Estado concentra sus esfuerzos en planificar, regular y fiscalizar, mientras genera condiciones para que la inversión pública y privada desarrolle infraestructura y servicios bajo reglas estables, igualdad de condiciones y adecuada rendición de cuentas.
Naturalmente, la aprobación de la ley no resolverá por sí sola los problemas del sistema portuario. Una reforma de esta magnitud exige en paralelo una implementación responsable y ordenada, respeto pleno a los contratos vigentes y los derechos adquiridos, diseño reglamentario técnicamente sólido, así como la ejecución de una transición gradual que preserve la continuidad de las funciones esenciales, particularmente aquellas vinculadas con la seguridad portuaria. En otras palabras, el éxito del nuevo modelo dependerá tanto del texto aprobado como de la forma en que sea implementado.
Las grandes reformas institucionales no producen resultados porque cambien una norma. Los producen porque crean incentivos distintos para tomar mejores decisiones durante muchos años. Guatemala tiene hoy la oportunidad de construir un sistema portuario con mayor certeza jurídica, mejor gobernanza, estándares internacionales y reglas modernas para la inversión. Sería un error pensar que la aprobación de la ley representa el final del proceso. En realidad, apenas marcará el comienzo de una tarea mucho más exigente, que es convertir un buen diseño normativo en el marco de una realidad capaz de sostenerse durante las próximas décadas.
![]() Por: Luis Enrique González | ![]() Por: Luis González |


