Donde otros caen, ellas se levantan

¡Buenos días!

Mujeres que inspiran: de la pérdida al liderazgo empresarial. En el Día Internacional de la Mujer, la historia de Melissa Calvo recuerda la importancia de visibilizar a quienes, frente a la adversidad, reconstruyen su vida con fe y determinación. Tras duras pérdidas personales, logró impulsar su empresa ambiental, Biotrash, dedicada al manejo de desechos hospitalarios y a la protección del entorno.

Niñas violentadas, infancias robadas. Detrás de cada historia de violencia sexual contra niñas hay una infancia interrumpida y un futuro marcado por la impunidad. Daniela, como muchas otras, carga con una maternidad que nunca eligió, recordándonos que la niñez sigue siendo la más vulnerable frente a un sistema que no responde.

“Paz a través de la fuerza”: la apuesta riesgosa de la política exterior de Trump. El análisis de Rafael P. Palomo sostiene que la estrategia de Donald Trump busca prevenir guerras mediante demostraciones rápidas y contundentes de fuerza para disuadir a sus rivales. Sin embargo, intervenciones recientes —como en Irán y América Latina— plantean el riesgo de que esa lógica termine provocando escaladas y múltiples crisis simultáneas.

MUJER, MADRE Y DUEÑA DE LA EMPRESA BIOTRASH.

Melissa Calvo: "La vida me cambió en cuestión de un año y me lanzó al vacío"

Por: Luis Enrique González 

En su rostro no se refleja el dolor que ha vivido, sino una fe serena, un optimismo luminoso y una alegría por seguir viviendo al máximo. Melissa Calvo es como tantas mujeres que sostienen familias, empresas y comunidades: trabajadora, estudiosa, dedicada, emprendedora, madre y abuela cariñosa; una empresaria con profundo sentido de responsabilidad social y ambiental. En esta conversación, comparte la sustancia de una vida tocada por pérdidas durísimas y también por nuevas siembras. Su tono no es de lamento: es de propósito.

El apellido Calvo no es tan común. ¿De dónde viene su familia?
Mis antepasados eran originarios de España. Mi papá era el tercer heredero, después de que ellos vinieron en la época de la colonia. Entonces ya prácticamente nuestros vínculos eran básicamente de Guatemala. Un hermano se vino para Guatemala, otro se fue a Perú y otro se fue a un país de Sudamérica; se separaron. Nosotros fuimos cinco hijos; yo fui la única mujer. Mis hermanos, los tres mayores, uno ya falleció, dos son ingenieros y el más pequeño es abogado. Ahí va a seguir el apellido.

¿Y del lado de su esposo, Aldo Knoepffler?
Él vino de Nicaragua en el año 79, antes de la revolución sandinista, a estudiar veterinaria. En Nicaragua tenía una gran finca de crianza de ganado; su papá era ganadero y exportaban vacas a Venezuela. Era una familia muy próspera, pero le intervinieron las fincas; a mi suegro casi lo matan. Se vinieron a Guatemala y luego a Miami. Aldo se quedó aquí.

¿Cómo se conocieron?
Lo conocí por un vecino, pariente de ellos, que conocía a mi hermano Arturo. Aldo estudiaba veterinaria y mi hermano, Zootecnia; era la misma facultad. Era un hombre muy alegre, muy positivo; le gustaba cantar y bailar. Yo soy más seria y como intelectual; él me sacaba de mi zona de confort. Cada día con él era una aventura. Todo el mundo que lo conocía lo quería mucho.

Fueron novios tres años y se casaron en Capuchinas, con el país convulso. ¿Cómo recuerda esa boda?
Nos casamos en la iglesia de Capuchinas, zona 1. Tres días antes fue el golpe de Estado de Ríos Montt y había toque de queda. Aldo me dijo: ‘¿Qué hacemos?’. Le dije: ‘Nos casamos porque nos casamos’. La fiesta terminaba a las 11 por el toque de queda, pero estuvo alegrísima. Fue ‘full house’ y re feliz.

Usted se formó en Química Biológica. ¿Cuándo apareció la emprendedora?
La vida me cambió en cuestión de un año y me lanzó al vacío. Tenía 27 años cuando empecé la empresa; no sabía ni qué hacer. Aprendí a quitarme el miedo: ir al Seguro Social, a los hospitales, tocar puertas. Como eran buenas marcas, se facilitó. En 1991 me independicé, formé mi negocio y en cuestión de 10 años llegué a tener una distribuidora de productos médicos muy grande. Empecé con laboratorio y pasé a jeringas, guantes, tubos endotraqueales, gasas. Había gran demanda por la bioseguridad con el cólera y el VIH/SIDA.

También fueron pioneros en la gestión de desechos hospitalarios.
En 1999 dijimos: no todos debemos estar colgados del mismo palo. Vimos en México una empresa de manejo de desecho hospitalario y escribimos el proyecto. Fuimos los primeros en Guatemala. Lo llamamos recolección, transporte, tratamiento y disposición final de desecho sólido de hospitales. No había Ministerio de Ambiente; estaba CONAMA, y en 2000 nos dieron dictamen favorable. Nació la planta que hoy todos conocen como Biotrash. Al principio la gente no entendía por qué separar agujas en botes rojos, pero abrimos camino.

¿Cómo afectaron las fusiones farmacéuticas y los cambios de compras públicas?
Desde 2008 se fusionaron marcas y nos empezaron a quitar líneas. Decían que ‘abrirían el mercado’, pero lo partieron. Mi socio en Miami se enfermó en 2012. También cambiaron las reglas con Guatecompras. Hicimos una gremial en Cámara de Industria con cerca de 50 distribuidores médicos: 49 hombres y yo mujer. Trabajamos para que los contratos abiertos fueran incluyentes y con especificaciones justas, sin dedicatorias.

Vino entonces la tragedia del accidente de Aldo
Un picop perdió el control bajando por Villa Nueva. Estiman que venía a 90 km/h. Aldo iba en un Mercedes viejo. Lo que encontró fue la puerta izquierda donde iba mi esposo. Yo llegué pocos minutos después con una de mis hijas. Le limpié la cara; me dijo: ‘Me duele el pecho, me duele el pecho’. En el hospital, antes de entrar a operaciones, la última que le habló fue mi hija: ‘Papá, te amamos’. Él respondió: ‘Mi hija, yo te amo; me duele mucho el pecho’. Nunca más despertó. Pasó seis años en coma.

Y, a los tres meses del accidente, la enfermedad de su hija
El 27 de septiembre me informan que mi hija tenía leucemia. Empezamos con quimioterapias, médula ósea, aislamientos, transfusiones. En enero entró en remisión, pero el doctor decidió una última quimioterapia más fuerte. Le dio una infección y en 24 horas se fue. El 2 de febrero de 2017 yo tenía a mi esposo en coma y a mi hija muerta. Y, sin embargo, aquí estoy.

¿Cómo atravesó esos años? ¿Hubo algo que quisiera decirle a Aldo y a su hija?
A Aldo le hablábamos y yo le decía que estábamos bien, que él podía descansar, que liberara su alma y se fuera en paz. Lo llevamos al entierro; yo espero que nos haya escuchado. Intenté que volviera a tragar; nunca pudo comer. Respiró por su cuenta; hicimos terapias de todo tipo. Su pronóstico eran dos años y aguantó seis. Falleció el 22 de septiembre de 2022. Uno decide estar feliz o estar triste. Yo prefiero recordar con cariño. No me amargo por el muchacho que lo chocó; ojalá él entienda y enmiende. Pero yo no me puedo amargar por él.

Usted habla mucho de “soltar”. ¿De ahí viene su fortaleza?
No sé si es fuerza o habilidad para flexibilizarme ante las crisis. Me paralizo, observo, pienso mis posibilidades; no me ataco. Tuve asesoría psicológica por muchos años. Ha sido resiliencia: enfocarme en lo que tengo y no en lo que perdí. Saber soltar tal vez es una clave. Si hoy me quitan un negocio, lo dejo ir. Siempre lo suelto. Tengo una fe muy grande y siempre pienso positivo: todo se va a resolver.

En el marco del Día Internacional de la Mujer, ¿qué le diría a tantas mujeres que “dan la batalla” cada día?
No me doy por vencida. He tenido que superar la pérdida de mi esposo, de mi hija y de una empresa próspera. Volver a empezar. Tengo chispa y habilidad de negocios; soy ingeniosa para poner alternativas sobre la mesa. Y siempre me ven sonriente. La fortaleza tiene que ver con aprender a soltar y entender qué está en sus manos y qué no. Una decide: vivir amargada o vivir con propósito.

¿Cómo está hoy Biotrash y su labor comunitaria?
Hacemos una labor ambiental muy importante. Vamos a 260 municipios; hacemos más de 150 mil recolecciones al año; recolectamos unas 10 mil toneladas de desechos peligrosos que ya no van a los basureros. Generamos cadenas de valor con vidrieras, cartoneras y plásticos. Y hacemos donaciones desde el reciclaje para áreas rurales. Este servicio es tan necesario que yo sueño con cinco plantas como la que tenemos ahora en Escuintla. Hay mucho por hacer.

¿Y a usted qué la ilusiona ahora?
Viajar y la naturaleza. Fui a Argentina: a las cataratas de Iguazú y el glaciar Perito Moreno. Los sábados cocino con mi nieto; él elige: hemos hecho ‘dumplings’. Me sorprenden las cosas simples. Eso me sostiene.

Fotos: Diego Cabrera / República

 
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Ana González
Niñez interrumpida, el drama de niñas violadas en Guatemala
1014 palabras | 6 minutos de lectura

Daniela tiene 21 años. Su hija, Mía, está por cumplir cinco años. La maternidad llegó sin aviso, sin deseo, sin preparación. Llegó como consecuencia de un hecho que ella nunca pidió y que aún hoy carga como una cruz imposible de soltar. Aunque han pasado seis años, cada vez que relata su historia la voz se le quiebra y la mirada se pierde. La herida no ha cicatrizado.

Todo comenzó cuando tenía apenas 16 años. El hermano de su madre, su propio tío, viajó a la capital en busca de trabajo y pidió quedarse unos días en la casa familiar. La rutina parecía normal: Daniela se quedaba sola para hacer los quehaceres del hogar. Fue en esos momentos cuando él aprovechó la confianza y la cercanía para violentarla. La primera vez quedó paralizada. Después, el miedo y la vergüenza se convirtieron en un silencio que la acompañó durante meses.

Con el tiempo, los cambios en su cuerpo fueron imposibles de ocultar. Daniela decidió contar lo ocurrido a sus padres. La denuncia se presentó, pero la justicia nunca apareció. El hombre se esfumó, como si la tierra lo hubiera tragado. Ella quedó con la carga de un embarazo que no buscó y con la certeza de que el sistema judicial le dio la espalda.

Hoy, Mía es una niña alegre, llena de energía. Daniela la cuida con devoción, pero en su interior persiste el temor de que algún día tenga que explicarle cómo vino al mundo. Ese secreto la atormenta. “No quiero que ella cargue con lo mismo que yo”, dice con voz baja, consciente de que la verdad es un peso demasiado grande para una niña.

Una historia entre miles

El caso de Daniela no es aislado. Según datos del Observatorio de Salud Reproductiva (OSAR), en 2021 se registraron 58 678 mujeres violadas que dieron a luz. La cifra es brutal y revela una realidad que se repite en silencio en miles de hogares. Las estadísticas muestran que la violencia sexual contra niñas y adolescentes sigue siendo una herida abierta en Guatemala.

El panorama no ha cambiado. Solo en el primer mes de este año se contabilizaron 5 431 nacimientos de bebés en niñas de 15 a 19 años y 178 nacimientos en niñas de 10 a 14 años. Son números que deberían estremecer a cualquier sociedad, porque detrás de cada cifra hay una historia como la de Daniela: una infancia interrumpida, un proyecto de vida truncado, una maternidad impuesta.

Los departamentos con mayor incidencia son Huehuetenango, Alta Verapaz y Quiché. En esas regiones, la combinación de pobreza, falta de acceso a educación y sistemas de justicia debilitados crea un terreno fértil para que la violencia se perpetúe. Las niñas quedan atrapadas en un círculo de silencio y desprotección.

El peso del silencio

Daniela recuerda la vergüenza que sintió al contar lo ocurrido. “Me daba miedo que no me creyeran”, confiesa. Ese temor es común entre las víctimas. La violencia sexual no solo deja marcas físicas, también impone un silencio que se convierte en cárcel. Muchas niñas callan por miedo a represalias, por desconfianza en las instituciones o por la presión de un entorno que las responsabiliza de lo sucedido.

El silencio, sin embargo, no borra la realidad. Las cifras del OSAR muestran que cada año miles de niñas se convierten en madres sin haber terminado la escuela, sin haber tenido oportunidad de decidir sobre su propio cuerpo. La maternidad forzada se convierte en una cadena que limita sus posibilidades de desarrollo y perpetúa la pobreza.

La justicia ausente

El caso de Daniela ilustra otro problema: la ausencia de justicia. Aunque sus padres denunciaron, el proceso nunca avanzó. El agresor desapareció y el expediente quedó en el olvido. Esa impunidad es la norma en la mayoría de casos de violencia sexual. Los agresores saben que las probabilidades de enfrentar una condena son mínimas. Las víctimas, en cambio, cargan con las consecuencias de por vida.

La falta de respuesta institucional envía un mensaje devastador: la vida de las niñas no importa lo suficiente. La impunidad se convierte en un segundo golpe, tan doloroso como la agresión misma. Daniela lo resume con una frase breve: “Me dejaron sola”.

La maternidad como resistencia

A pesar de todo, Daniela ha encontrado en su hija una razón para seguir adelante. Mía representa para ella una mezcla de dolor y esperanza. Aunque la niña nació de un acto de violencia, Daniela se esfuerza por darle un entorno distinto, lleno de cariño y cuidado. “Ella no tiene la culpa”, repite con firmeza.

Ese esfuerzo es también una forma de resistencia. En un país donde las cifras parecen invisibles, cada madre joven que lucha por sacar adelante a sus hijos se convierte en testimonio de una realidad que debería avergonzar a la sociedad. Daniela no romantiza su maternidad. Reconoce que ha sido dura, que ha implicado renuncias y que aún carga con el recuerdo de lo ocurrido. Pero también sabe que su hija merece un futuro distinto.

El 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer y el 13 de marzo el Día de la No Violencia contra la Mujer. Son fechas que no deben quedarse en discursos vacíos ni en actos protocolarios. Historias como la de Daniela deben salir a la luz para recordarnos que la niñez necesita protección real, que las niñas merecen crecer libres de violencia y que la sociedad no puede seguir tolerando la impunidad.

La historia de Daniela revela una verdad incómoda: en Guatemala, ser niña sigue siendo un riesgo. La violencia sexual se repite con cifras alarmantes y la respuesta institucional es insuficiente. Cada número en las estadísticas representa una vida marcada por la agresión, una infancia interrumpida, un proyecto de vida mutilado.

Daniela carga con una herida que no cicatriza, pero su voz nos recuerda que el silencio no puede ser la respuesta.

La reflexión es clara: mientras las cifras sigan creciendo y las historias como la de Daniela se repitan, el país estará fallando en lo más básico, proteger a sus niñas. Y esa es una deuda que no admite excusas.

 
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UNA INVITACIÓN DE GRUPO PRENSA LIBRE
Correr para educar: 5K con causa

La carrera familiar En Movimiento por la Educación 5K 2026 convierte el deporte en una herramienta directa de apoyo educativo. Prensa Libre y Guatevisión convocan a las familias a un evento con impacto social y enfoque formativo. 

Por qué importa. La iniciativa une actividad física y educación para impulsar movilidad social. También hábitos saludables en una etapa clave de formación académica. 

  • Se realizará el domingo 15 de marzo de 2026 en el circuito de los museos, zona 13. 

  • Mantiene un recorrido de 5 kilómetros diseñado para participación familiar. 

  • La primera edición reunió familias y mascotas con enfoque solidario. 

Lo indispensable. La inscripción de GTQ150 se convierte en una suscripción educativa anual para estudiantes de diversificado y nivel técnico. 

  • Incluye contenidos impresos y digitales en matemáticas, redacción y tecnología. 

  • Cada aporte financia herramientas que fortalecen criterio y habilidades prácticas. 

  • La carrera busca consolidarse como tradición anual. 

Lea la nota completa aquí.

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Rafael P. Palomo
Donald Trump y la paz que trae la guerra

Donald Trump llegó a la presidencia prometiendo convertirse en un presidente de paz. Su mensaje de campaña se construyó alrededor de dos ideas relacionadas: evitar nuevos conflictos y resolver aquellos que ya habían arrastrado a EE. UU. a compromisos costosos y prolongados. La expresión “paz a través de la fuerza” se convirtió en el principio organizador de esa promesa. Si EE. UU. demostraba desde el inicio una disposición clara a actuar con rapidez y contundencia, los posibles adversarios concluirían que escalar un conflicto no valdría la pena.

Empero, los acontecimientos recientes han complicado ese planteamiento. Durante el último año, Washington ha intervenido directa o indirectamente en varios escenarios: la caída de Nicolás Maduro en Venezuela, la presión militar contra estructuras del narcotráfico en México, operaciones de seguridad conjuntas con Ecuador y, sobre todo, la guerra con Irán. Estos episodios parecen contradecir la imagen de una política exterior contenida. La pregunta surge de

manera natural: ¿este enfoque previene conflictos o, por el contrario, aumenta el riesgo de involucrar a EE. UU. en guerras prolongadas?

Durante la Guerra Fría, la disuasión se basaba principalmente en la amenaza de represalias. Los Estados evitaban confrontaciones directas porque anticipaban que una escalada tendría costos extremadamente altos. El enfoque actual parece operar bajo un supuesto diferente. En lugar de esperar a que los rivales pongan a prueba los límites estadounidenses, Washington busca demostrar de antemano que está dispuesto a usar la fuerza con rapidez y a una escala significativa.

Este razonamiento ayuda a explicar el énfasis en operaciones breves pero de alto impacto. En los últimos meses, la política de seguridad estadounidense ha recurrido con frecuencia a ataques rápidos diseñados para producir un efecto inmediato sin requerir despliegues prolongados de fuerzas terrestres. La caída de Maduro y la ofensiva en Irán representan estas acciones contundentes destinadas a alterar el equilibrio estratégico antes de que los adversarios puedan consolidar su posición.

Desde esta perspectiva, el objetivo no es mantener conflictos abiertos, sino comprimirlos. Si las amenazas se enfrentan desde una etapa temprana, es posible evitar que evolucionen hacia guerras largas como las que definieron las intervenciones en Irak o Afganistán. En teoría, esta demostración temprana de fuerza también podría desalentar a rivales como Rusia o China de desafiar directamente a un EE. UU. que ha demostrad que está dispuesto a remover regímenes hostiles o desmantelar amenazas de seguridad rápidamente.

No obstante, el enfoque también implica riesgos evidentes. Una estrategia de disuasión basada en el uso visible de la fuerza puede transformarse fácilmente en un intento de imponer resultados políticos. En ese punto, la línea entre prevenir conflictos y provocarlos se vuelve menos clara. La guerra con Irán ilustra esta dificultad. Lo que comenzó como una campaña destinada a degradar capacidades nucleares y militares iraníes se ha convertido en una confrontación más amplia con implicaciones regionales. Incluso cuando los objetivos iniciales son limitados, la dinámica de escalada puede empujar el conflicto hacia escenarios más amplios.

Otra incertidumbre reside en cómo interpretan estas acciones las otras grandes potencias. China y Rusia han criticado las recientes operaciones estadounidenses, pero hasta ahora han evitado una intervención directa. Esa cautela podría interpretarse como una señal de que la estrategia estadounidense está reforzando la disuasión. Al mismo tiempo, también puede incentivar a estos actores a acelerar sus propias preparaciones militares si concluyen que la confrontación con EE. UU. es inevitable.

Existe además un riesgo estructural asociado a la acumulación de crisis. Cada intervención puede parecer manejable de manera individual, sobre todo si se limita a ataques puntuales o a operaciones conjuntas con aliados. El desafío aparece cuando varios escenarios se desarrollan al mismo tiempo. Gestionar conflictos en Medio Oriente, América Latina y potencialmente en Europa o el Indo-Pacífico pondría a prueba incluso las capacidades de la mayor potencia militar del mundo.

Por ahora, la administración parece confiar en que las demostraciones de fuerza desalentarán nuevos desafíos. Si los rivales interpretan los acontecimientos recientes como una señal clara de que confrontar a EE. UU. resulta demasiado costoso, la estrategia podría contribuir a estabilizar el sistema internacional. Pero el margen de error es estrecho. La disuasión solo funciona mientras que los adversarios crean que escalar un conflicto tendría consecuencias mayores que contenerlo.

En ese sentido, el resultado de esta apuesta dependerá menos de las operaciones militares en sí que de la manera en que otros actores ajusten su comportamiento en respuesta. La estrategia de la “paz a través de la fuerza” es, en última instancia, una apuesta tanto psicológica como militar. Su éxito solo podrá evaluarse cuando otros actores decidan hasta qué punto están dispuestos a ponerla a prueba y funcionará si y solo si los próximos presidentes de EE. UU. se comprometen con esta estrategia.

 
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Por: Gérman Gómez

Por: Ximena Fernández