- República Semanal
- Posts
- Donar un órgano, encender una segunda vida
Donar un órgano, encender una segunda vida

¡Buenos días!
Un acto de amor que salvó una vida. Elder García, joven abogado de 29 años, donó un riñón a su hermano hace tres años, demostrando un acto de amor y solidaridad que transformó vidas. Su historia refleja la fuerza del compromiso familiar y la esperanza que nace de la donación de órganos.
Capital histórica de la alegría. Santa Lucía Cotzumalguapa, en Escuintla, reafirma su identidad como “Capital de la Alegría”, un título nacido en los años setenta gracias al locutor Manolo Cotero y Aragón. De cara al Día Internacional de la Felicidad, la ciudad recuerda que su espíritu festivo y solidario es parte esencial de su historia y cultura.
El nuevo TSE y la oportunidad de reformar el sistema electoral. En la más reciente entrega de Compás Institucional, el analista Jorge Gabriel Jiménez aborda las recientes reformas reglamentarias del Tribunal Supremo Electoral y el reto de garantizar elecciones legítimas. También plantea la oportunidad de impulsar cambios más profundos en la Ley Electoral y de Partidos Políticos para fortalecer la democracia en Guatemala.



Elder García, de 29 años, decidió hace tres años donar un riñón a su hermano, un gesto que refleja el amor, la solidaridad y la fuerza del compromiso familiar. Con esta acción, no solo le brindó esperanza y salud a un ser querido, sino que también demostró cómo un acto de generosidad puede transformar vidas. Su historia recuerda que detrás de cada trasplante hay valentía, generosidad y esperanza, especialmente en un país donde aún falta mayor información y conciencia sobre la importancia de la donación de órganos. Este testimonio cobra aún más relevancia en el marco del Día Mundial del Riñón, que se conmemora cada 12 de marzo.
Cuando su hermano recibió el diagnóstico de enfermedad renal, ¿cómo lo vivieron ustedes como familia?
—Mi hermano es médico y en una capacitación laboral realizaron prácticas de ultrasonido entre los compañeros. Durante uno de esos ejercicios detectaron que tenía riñón poliquístico.
La noticia no fue sorpresiva para la familia, porque mi papá también padeció la misma enfermedad. También recibió un trasplante renal. Aunque ya existía ese antecedente, siempre genera tristeza saber que otro miembro de la familia enfrenta la misma situación.
Después de la experiencia con su padre, ¿cómo enfrentaron el diagnóstico de su hermano?
—Cuando mi papá enfermó, la situación era totalmente nueva para nosotros. Con el tiempo logramos superar ese proceso y su trasplante tuvo un resultado exitoso. Esa experiencia ayudó a enfrentar el diagnóstico de mi hermano con más información.
Aun así, la noticia generó preocupación y nostalgia. Pero también existía la esperanza de que, al ser médico, él tendría más herramientas para cuidar su salud.
¿Cómo surgió la posibilidad de que usted fuera donador de riñón?
—Al inicio los médicos descartaron que los hermanos fuéramos donadores, porque el riñón poliquístico tiene un componente genético. Existía la posibilidad de que nosotros también desarrolláramos la enfermedad.
Posteriormente un nefrólogo explicó que en Guatemala existía un examen genético para determinar si tenía o no el gen que provoca esa condición.
Me sometí a la prueba y los resultados indicaron que genéticamente no tenía ese problema. A partir de ahí se inició el proceso para el trasplante.
¿Qué sintió cuando supo que podía convertirse en donador?
—Cuando mi hermano me planteó la posibilidad de realizar las pruebas, no fue una decisión improvisada. Durante meses ya había reflexionado sobre la situación.
Ver su estado de salud y conocer el proceso que se aproximaba me llevó a pensar en esa posibilidad desde mucho antes.
Cuando finalmente se confirmó que yo podía ser compatible, acepté someterme al proceso de manera natural. Fue una decisión muy consciente.
Hablando de familia, ¿cómo es la relación con su mamá y cuántos hermanos conforman su familia?
—Somos tres hermanos y la relación es cercana. Desde pequeños el núcleo familiar estaba formado por mis padres y nosotros tres. Crecimos muy unidos.
Con el paso del tiempo se dio cierta desintegración del hogar, pero por motivos de estudio. Cuando mis hermanos empezaron la universidad tuvieron que salir de la comunidad. Yo soy el menor de los tres, así que viví el proceso de ver cómo el mayor se iba primero y luego el segundo.
Cuando llegó mi turno de salir a estudiar ya era algo que la familia había asumido. Sin embargo, siempre representaba un golpe emocional, porque nuestra familia se caracterizaba por la unión y por compartir muchas actividades juntos.
¿Cómo fue su infancia en Chiquimulilla mientras sus hermanos estudiaban fuera?
—La vida en un pueblo es muy distinta a la de la ciudad. Todo es más tranquilo y el ritmo de vida es diferente. Tenía amigos en la comunidad y participaba en actividades de la iglesia. Ese entorno ayudó a que la ausencia de mi hermano no se sintiera tan fuerte.
Además, mi hermano estudiaba en Centro Universitario de Oriente, conocido como CUNORI en Chiquimula. Para visitarlo había que tomar varios buses, así que muchas veces éramos nosotros quienes hacíamos el viaje. Aun así, mi infancia fue bastante tranquila.
¿Qué ocurrió con su segundo hermano cuando llegó el momento universitario?
—Mi segundo hermano también fue a estudiar a CUNORI. Él inició la universidad ahí, finalmente no terminó su carrera. Regresó a Chiquimulilla.
Para ese momento ya habían pasado cuatro años desde que había salido a estudiar. Nosotros somos tres hermanos hombres. Cada uno siguió caminos distintos, pero siempre mantuvimos cercanía familiar.
¿Cómo fue su propio proceso cuando terminó el diversificado y salió del pueblo?
—Yo me vine a la ciudad de Guatemala para estudiar en la USAC. Viajaba con frecuencia a mi pueblo. Por razones económicas y por la facilidad del transporte, me resultaba más viable viajar cada semana a Chiquimulilla.
Durante varios años viví en la capital de lunes a viernes. Los viernes regresaba a Santa Rosa y los lunes volvía a la ciudad por la mañana, porque estudiaba en jornada vespertina.
¿Qué carrera estudió y cómo fue la experiencia universitaria en derecho?
—Soy abogado. Durante la universidad también hice pasantías en un juzgado, lo cual implicaba horarios más exigentes.
En esa etapa sí tuve que viajar muy temprano desde Santa Rosa hacia la capital. Fue una etapa exigente, pero muy formativa. Ahí empecé a comprender el funcionamiento del sistema judicial y el valor del trabajo en el ámbito jurídico.
¿Por qué decidió estudiar derecho después de haberse graduado como maestro?
—Mi diversificado fue magisterio y soy maestro de educación primaria. Elegí esa carrera porque en mi familia existe mucha tradición docente. Mi papá fue maestro. Mi hermano mayor es maestro y varias tías ejercen esa profesión.
Con el tiempo, al acercarme al final del diversificado, empecé a pensar en qué quería hacer con mi vida. Presenté las pruebas de admisión de la universidad y obtuve un resultado satisfactorio en derecho. A partir de eso decidí iniciar esa carrera.
¿Cómo describiría hoy su relación con sus hermanos?
—Siempre hemos sido unidos. Con mi hermano del medio he tenido una relación muy cercana desde pequeño. Con el mayor la diferencia de edad hacía que en la infancia nuestros intereses fueran distintos. Cuando yo tenía 7 años él tenía 18. Era difícil coincidir en muchos temas.
Con el tiempo la relación se fortaleció con mi hermano mayor. Cuando vine a estudiar a la capital viví con él durante un tiempo, mientras él realizaba su especialidad médica en el Hospital Roosevelt.
¿Cómo reaccionó su mamá ante la posibilidad de que usted donara?
—Mi mamá mantuvo una postura neutral. Después de todo lo vivido con mi papá sabía lo que implicaba la cirugía.
Aunque nunca nos pidió que no lo hiciéramos, sí sentía miedo. Al final se trataba de dos de sus hijos involucrados en una operación grande.
Su mayor preocupación fue que ambos tuviéramos complicaciones, y que nuestra salud no se viera comprometida.
¿Cómo fue la preparación médica antes del trasplante?
—El proceso previo implica muchos exámenes. Pruebas de laboratorio para confirmar la compatibilidad y verificar que el donador esté saludable.
Los médicos del IGSS realizaron pruebas confirmatorias. No bastó un solo examen, se debía tener absoluta certeza antes de la cirugía. El protocolo es bastante estricto. Para ser donador se debe estar sano de pies a cabeza.
¿Cómo recuerda el momento previo a entrar al quirófano y los días posteriores?
—Fue el momento más difícil para mí. Estar hospitalizado, incomunicado y esperar la cirugía generó mucha ansiedad. Mi presión arterial subió. Los médicos temían que eso impidiera la operación.
Finalmente, la anestesióloga me habló con mucha claridad. Me explicó que no debía sentir culpa si el procedimiento no podía realizarse. Ese apoyo me tranquilizó.
Lo primero que pregunté fue cómo estaba mi hermano. Temía que el trasplante no se hubiera realizado. Cuando me confirmaron que la cirugía había salido bien sentí alivio. El temor que había sentido en el quirófano quedó atrás.
La operación fue un martes, salí del hospital el viernes. Al día siguiente de la cirugía los médicos me pidieron que me levantara. Con ayuda de las enfermeras pude ponerme de pie y empezar a moverme. Fue incómodo al inicio, pero también un paso importante para la recuperación.
La comunicación con mi hermano se mantenía porque nuestras habitaciones estaban frente a frente. Podíamos vernos y hablar un poco.
Después de esta experiencia, ¿qué cambios ha tenido su vida y qué mensaje daría a quienes consideran donar un órgano?
—La vida continúa con normalidad. Los médicos recomiendan cuidar la alimentación, hacer ejercicio y mantener hábitos saludables.
Evito las gaseosas y procuro tener una dieta más equilibrada. Trato de mantener actividad física. No significa que la vida se vuelva limitada. Simplemente uno se vuelve más consciente del cuidado de la salud.
Lo principal es que la decisión debe surgir de la voluntad de cada persona. Nadie debe sentirse obligado.
Es normal sentir miedo o incertidumbre, porque se trata de una cirugía importante. Es muy reconfortante saber que uno puede mejorar la calidad de vida de un ser querido.
Mi recomendación es informarse bien con los médicos, conocer los riesgos y beneficios, y luego tomar la decisión con plena conciencia. Muchas veces un gesto así puede cambiar la vida de otra persona.
Fotos: Gary Alvarado / República
UN MENSAJE DEL IGSS
Semana Santa: evite el golpe de calor

El clima cálido y la exposición prolongada al sol elevan el riesgo de deshidratación y quemaduras durante Semana Santa. El Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) comparte recomendaciones para proteger su salud.
Por qué importa. Las altas temperaturas pueden provocar cansancio, dolor de cabeza, mareos y quemaduras solares.
El riesgo aumenta durante actividades al aire libre.
Niños y adultos mayores enfrentan mayor vulnerabilidad.
La prevención reduce emergencias médicas y protege a las familias.
Lo indispensable. El IGSS aconseja beber agua con frecuencia, incluso sin sed.
Sugiere usar bloqueador solar y reaplicarlo al permanecer bajo el sol.
Busque sombra y haga pausas de 10:00 a 15:00 horas.
Use ropa fresca, sombrero y lentes.
Ahora qué. No deje personas ni mascotas dentro de vehículos cerrados.
Estas medidas ayudan a prevenir insolación y golpes de calor.
El IGSS invita a vivir una Semana Santa segura.
Lea toda la nota aquí
Luis Enrique González
Santa Lucía: la heredera más antigua de la felicidad
649 palabras | 3 minutos de lectura

Bajo el sol ardiente de la Costa Sur, donde el aroma de la melaza se mezcla con el salitre que viaja desde el Pacífico, existe un rincón de Guatemala que no se mide solo en kilómetros, sino en sonrisas. Santa Lucía Cotzumalguapa no es solo un punto en el mapa de Escuintla; es un estado de ánimo que fue bautizado, casi por decreto del destino, como la “Capital de la Alegría”. Hoy, este título cobra un sentido renovado al acercarse el 20 de marzo, fecha en que el mundo conmemora el Día Internacional de la Felicidad. No hay mejor momento para recordar por qué esta ciudad hizo de la alegría su bandera oficial décadas antes de que existiera un calendario global para celebrarla.
Para entender este título, debemos viajar en el tiempo, a una época donde la radio era el puente entre el alma del pueblo y la realidad. En los años setenta, la modernidad empezaba a tocar las puertas de los municipios agrícolas. El 31 de julio de 1972, Santa Lucía dejó de ser un pueblo para ascender al rango de ciudad. Fue un momento de orgullo colectivo, de pechos erguidos y banderas al viento. En medio de ese fervor, apareció la figura de Don Manolo Cotero y Aragón.
Don Manolo era un hombre de ciudad, un capitalino de cepa con una voz de terciopelo forjada en la época de oro de la radiodifusión guatemalteca. Pero al llegar a Santa Lucía, algo en él cambió. No vio solo una potencia económica impulsada por el azúcar; vio una forma de vida. Observó la hospitalidad genuina de los lucianos, esa calidez que no se compra con dinero. Vio las ferias donde la marimba no dejaba de sonar y las calles donde el extraño siempre era recibido como un hermano.
Fue Don Manolo quien, con la autoridad que le daba el micrófono, sentenció: "Esta es la Capital de la Alegría". No lo dijo como un eslogan comercial, sino como una justificación histórica. La alegría en Santa Lucía es un acto de resistencia. Es la capacidad de celebrar la vida después de largas jornadas bajo el sol de los cañaverales. Es el entusiasmo que se desborda en el Comercial Cotero, ese negocio familiar que se volvió el epicentro social de la ciudad, donde las anécdotas fluían tan rápido como las ventas. Aquella tienda no solo vendía productos; despachaba la misma alegría que Don Manolo pregonaba en sus programas.
La historia respalda este sentimiento. Santa Lucía se asienta sobre las raíces de una civilización antigua. Los relieves de Bilbao y las estelas de El Baúl nos hablan de un pasado glorioso. Pero la "alegría" que Don Manolo bautizó es el puente entre ese pasado místico y el presente vibrante. Es la mezcla de la herencia maya con el empuje del comercio moderno. Ser la Capital de la Alegría significa que, a pesar del calor agobiante, el ánimo no decae. Significa que en cada esquina hay una historia que contar y una mano dispuesta a ayudar.
Hoy, la nostalgia nos invade al recordar las transmisiones radiales de Don Manolo y las tardes de compras en el Comercial Cotero. Aquel hombre que no nació en esta tierra, pero que la amó más que a ninguna, nos dejó el regalo más valioso: una identidad. Por eso, este 20 de marzo, mientras el mundo reflexiona sobre el bienestar, los lucianos pueden decir con propiedad que ellos habitan su propio ecosistema de felicidad.
Santa Lucía Cotzumalguapa es alegría porque es fusión. Es la ciudad que celebra su crecimiento sin olvidar su sencillez. Es el lugar donde la historia se escribe con música y el futuro se construye con optimismo. El título sigue vigente en cada cartel de bienvenida y en cada corazón que, bajo el sol de Escuintla, sabe que la felicidad no es una meta, sino el camino que se recorre en la Capital de la Alegría.

El nuevo TSE y la oportunidad de reformar el sistema electoral

Guatemala se encuentra en una coyuntura institucional poco frecuente. El veintiséis de febrero, a menos de un mes de dejar el cargo, los magistrados del Tribunal Supremo Electoral aprobaron cuatro acuerdos para reformar distintos reglamentos en materia electoral. Estos cambios pueden parecer técnicos, pero en realidad abren una discusión más profunda sobre el futuro del sistema político.
Entre las modificaciones más relevantes se encuentra la distinción entre proselitismo y campaña electoral. La reforma aclara que los candidatos pueden, como ocurre en cualquier democracia, participar en podcasts y medios de comunicación para discutir propuestas de políticas públicas sin que ello se considere campaña anticipada. También se introducen medidas para facilitar el voto en el extranjero y una serie de ajustes técnicos orientados a mejorar la operatividad del sistema electoral.
En términos generales, estas reformas tienen un carácter administrativo: buscan mejorar el funcionamiento del sistema, más que modificar sus reglas fundamentales. Pero al mismo tiempo dejan en evidencia algo más importante: el sistema electoral guatemalteco todavía requiere ajustes más profundos.
En este contexto, la llegada de nuevos magistrados al Tribunal Supremo Electoral abre una oportunidad que no siempre existe en la vida institucional de un país. El primer reto del nuevo TSE es evidente: garantizar la legitimidad del próximo proceso electoral. En un sistema político marcado por la desconfianza y la polarización, celebrar elecciones técnicamente sólidas y creíbles será la prioridad absoluta. Sin confianza en el árbitro electoral, cualquier reforma institucional pierde sentido.
Pero ese no puede ser el único objetivo. Si las elecciones se desarrollan con legitimidad, el nuevo Tribunal podría convertirse en un actor clave para impulsar una segunda etapa de reformas: la actualización de la propia Ley Electoral y de Partidos Políticos.
Durante los últimos años se han identificado varias áreas en las que el marco legal requiere ajustes.
La primera tiene que ver con la independencia del Tribunal Supremo Electoral. Para que la autoridad electoral pueda aplicar la ley con certeza, es necesario fortalecer su autonomía frente al sistema político y revisar aspectos como la forma de elección de los magistrados, la duración de sus mandatos y la organización interna del Tribunal.
La segunda área consiste en corregir algunos problemas generados por la reforma electoral de 2016. Existen ambigüedades importantes en temas como la regulación de campaña anticipada, propaganda ilegal o cancelación de partidos políticos. También persisten problemas en la regulación del financiamiento político y en la distribución de espacios de publicidad electoral.
Un tercer eje de reforma tiene que ver con la representatividad del sistema electoral. Hoy en día muchos ciudadanos no saben quiénes son los diputados que los representan. Explorar mecanismos que acerquen a los electores con sus representantes, por ejemplo, mediante sistemas de votación por personas dentro de los partidos o circunscripciones más pequeñas, podría fortalecer la rendición de cuentas política.
Finalmente, existe un cuarto desafío: facilitar la participación ciudadana en la política. El actual sistema de partidos mantiene barreras de entrada que dificultan el surgimiento de nuevos liderazgos. Reducir algunos requisitos de organización partidaria o simplificar ciertos procedimientos administrativos podría contribuir a revitalizar el sistema político.
En otras palabras, los reglamentos pueden mejorar el funcionamiento cotidiano del sistema electoral, pero no corrigen por sí solos los incentivos estructurales del sistema político. Por eso, el momento actual debería entenderse como un proceso en dos etapas.
La primera es administrativa e institucional: celebrar elecciones legítimas, con reglas claras, tecnología actualizada y mecanismos de fiscalización más robustos. La segunda es política y legislativa: abrir la discusión sobre las reformas estructurales que necesita la Ley Electoral.
Las reformas reglamentarias aprobadas recientemente muestran que es posible modernizar aspectos importantes del sistema. Pero también revelan los límites de lo que puede hacerse sin modificar la ley.
El nuevo Tribunal Supremo Electoral tiene ante sí una tarea compleja, pero también una oportunidad histórica: no solo administrar el próximo proceso electoral, sino contribuir a impulsar la discusión sobre la reforma del sistema político que Guatemala necesita.
Si logra hacer ambas cosas, elecciones legítimas hoy y reformas institucionales mañana, el impacto del nuevo TSE podría trascender con creces un período electoral. Y eso sería una buena noticia para la institucionalidad democrática del país.
![]() Por: Glenda Sánchez | ![]() Por: Braulio Palacios |



