Devolver la vista, transformar una vida

¡Buenos días!

Cuando la medicina devuelve mucho más que la vista. El oftalmólogo, Edgar Ogáldez, comparte cómo los avances en la cirugía de cataratas han transformado la vida de miles de pacientes y explica los desafíos del Banco de Córneas, así como la importancia de la donación de órganos para devolver la visión.

El salvavidas que hizo del mar una misión de vida. Nadador, triatleta y rescatista, Federico Catalán transformó su pasión por el mar en una carrera de servicio que, durante más de tres décadas, le ha permitido salvar vidas y formar nuevas generaciones de salvavidas.

Muerte académica en la USAC. En un análisis, Alejandro Palmieri sostiene que la desaparición de expedientes de al menos 30 estudiantes, en su mayoría dirigentes críticos de la administración de Walter Mazariegos, refleja un patrón de persecución política e impunidad que amenaza el derecho a la educación en dicha casa de estudios.

Patrias prestadas. En una nueva crónica personal, Marcos Suárez Sipmann, descubrió que el verdadero rostro de Suiza no estaba en sus postales, sino en las conversaciones con periodistas, empresarios, académicos y otros protagonistas que le permitieron comprender sus contradicciones y la cultura de la excelencia que define a la Confederación Helvética.

Ana González
El oftalmólogo que ayudó a un paciente a volver a ver el rostro de su esposa fallecida
1446 palabras | 8 minutos de lectura

El oftalmólogo Edgar Ogáldez asegura que recuperar la vista de un paciente sigue siendo una sorpresa, incluso después de años de ejercer la profesión. En entrevista con República habló sobre los avances en la cirugía de cataratas, los desafíos del Banco de Córneas y la importancia de la donación de órganos para devolver la visión a cientos de guatemaltecos.

Hay historias que el oftalmólogo recuerda con claridad.

Una de ellas ocurrió durante una jornada de cirugías de cataratas. El paciente llevaba aproximadamente quince años sin ver a causa de la enfermedad y ya había perdido un ojo. Tras la operación, regresó al día siguiente para que le retiraran el parche. Llegó acompañado por varios familiares y llevaba un cuadro que no soltaba.

Cuando le quitaron el parche, lo primero que hizo fue observar aquel cuadro.

Era una fotografía de su esposa, fallecida veinte años antes.

“Yo lo que quería ver era cómo era ella, porque ya no me acordaba”, recuerda Ogáldez que le dijo el paciente. Después conoció a tres bisnietos a quienes únicamente había escuchado y reconocido por el tacto, además de varios nietos que nunca había visto.

Para el especialista, ese tipo de experiencias explica por qué continúa ejerciendo una profesión que, asegura, sigue sorprendiéndolo.

“El hecho de que la gente pueda volver a ver sigue siendo una sorpresa, porque cada paciente es distinto. Hay un factor predictivo dependiendo de lo que uno observa antes de la cirugía, pero al final la emoción del día siguiente, cuando ya miran, esa es la alegría realmente”, afirma.

Después de años dedicados a la oftalmología, Ogáldez considera que el mayor cambio en la especialidad ha sido el desarrollo tecnológico. Explica que décadas atrás la mayoría de pacientes operados de cataratas presentaban algún tipo de complicación y la recuperación visual era limitada.

Hoy, dice, la situación es completamente distinta.

Según el especialista, actualmente entre el 97 % y el 100 % de los pacientes logran una recuperación visual aceptable o buena. Además, la cirugía permite que la persona se levante inmediatamente después del procedimiento y regrese a su casa el mismo día, algo que hace algunos años era impensable.

“Antes la gente pasaba hasta tres meses en cama, muchas veces hospitalizada para recuperarse de la cirugía. La tecnología sí ha hecho mucha diferencia en los resultados”, señala.

No obstante, advierte que ningún procedimiento quirúrgico está libre de riesgos.

A su juicio, una de las diferencias entre un profesional y alguien que únicamente domina una técnica es la capacidad para manejar esos riesgos.

“El riesgo existe desde el momento en que uno interviene a un paciente. Lo que hacemos es disminuir todos los riesgos posibles y entender que, a veces, las cosas no pueden salir como uno las planifica”, explica.

También considera que muchas veces los resultados no dependen únicamente de la cirugía.

Recuerda que atiende pacientes con veinte años de diabetes que nunca controlaron su enfermedad y esperan que una intervención de pocos minutos resuelva el daño acumulado durante todo ese tiempo.

“Uno quisiera tener una varita mágica y resolver todos los problemas de una sola vez, pero no todos los casos son iguales y no siempre se pueden obtener resultados al cien por ciento”, afirma.

El reto de llegar a tiempo

Ogáldez asegura que uno de los problemas más frecuentes en Guatemala es que muchas personas esperan demasiado para buscar tratamiento.

Ha visto pacientes que permanecieron hasta veinte años con cataratas antes de decidir operarse. Cuando finalmente llegan al quirófano, la cirugía suele ser más compleja porque la enfermedad avanzó y, en muchos casos, ya existen otros padecimientos como glaucoma o complicaciones derivadas de la diabetes.

“Entre más tiempo se deje la catarata, es más difícil operar”, resume.

A esa situación se suman factores culturales y económicos.

El especialista considera que muchas personas todavía tienen miedo de la cirugía porque desconocen cómo se realiza o porque escucharon experiencias negativas.

También observa que el acceso a la información ha cambiado gracias a las redes sociales, aunque advierte que algunas personas llegan convencidas de saber más sobre el procedimiento que quien lleva décadas realizándolo.

“Uno tiene veinte años de estar haciendo esto. No es algo que aprendimos a operar por YouTube o en redes sociales”, comenta.

Un banco que funciona gracias a donaciones

Además de su labor como cirujano, Ogáldez integra la dirección del Banco de Córneas de Guatemala, una institución que comenzó a funcionar formalmente en 2019, después de varios años de gestiones.

El especialista destaca que contar con un banco nacional representa un avance importante, ya que anteriormente era necesario importar muchas córneas desde otros países.

Sin embargo, reconoce que mantenerlo en funcionamiento continúa siendo un desafío.

Actualmente no existe un presupuesto asignado por el Estado y la institución opera mediante donaciones y el cobro de los costos relacionados con la obtención, preservación y análisis de las córneas.

“Realmente debería haber un presupuesto que permita la funcionalidad del banco. Creo que, si hubiera voluntad, incluso se podrían crear bancos regionales”, afirma.

Explica que únicamente el equipo utilizado para evaluar si una córnea reúne las condiciones necesarias para ser trasplantada cuesta alrededor de GTQ 250 000, sin contar el mantenimiento, los insumos y el personal especializado que requiere el funcionamiento del banco.

Hasta ahora, alrededor de 1500 personas han sido beneficiadas mediante trasplantes de córnea realizados gracias a esta institución.

Más que recursos, falta cultura de donación

Aunque reconoce la importancia del financiamiento, Ogáldez considera que el principal obstáculo sigue siendo la falta de una cultura de donación.

Explica que, aunque una persona manifieste en vida su deseo de donar sus córneas, la decisión final continúa dependiendo de la familia.

A ello se suma que el tiempo para obtener el tejido es limitado, pues la extracción debe realizarse pocas horas después del fallecimiento.

El personal del Banco de Córneas mantiene disponibilidad permanente para conversar con las familias, aunque reconoce que se trata de uno de los momentos más difíciles del proceso.

“Muchas veces hablan con diez familias y solo una acepta donar. A veces ninguna”, comenta.

A su juicio, muchas personas todavía rechazan la donación por desconocimiento o por creencias relacionadas con la muerte.

Pese a ello, considera que el desarrollo del reglamento de la Ley de Trasplantes permitirá fortalecer el sistema y facilitar la donación de órganos en el país.

La prevención sigue siendo la mejor herramienta

Más allá de las cirugías y los trasplantes, el especialista insiste en que el cuidado de la salud visual debe comenzar mucho antes de que aparezca una enfermedad.

Recomienda que las personas sin enfermedades crónicas acudan al oftalmólogo una vez al año, mientras que quienes padecen diabetes, hipertensión o glaucoma requieren controles más frecuentes, de acuerdo con su condición clínica.

También recuerda que un examen oftalmológico puede revelar enfermedades que todavía no presentan otros síntomas.

“El ojo no está separado del resto del cuerpo. Siempre está unido a una persona que tiene ciertas condiciones que alteran los ojos”, explica.

Añade que, al observar directamente la circulación ocular, los especialistas pueden encontrar información relevante sobre otras enfermedades e incluso inferir cómo podría encontrarse el sistema nervioso.

Por ello insiste en que cualquier disminución de la visión debe motivar una consulta médica.

Antes de concluir la conversación, Ogaldez vuelve al tema que considera fundamental para el futuro del Banco de Córneas y de cientos de pacientes que esperan un trasplante.

“La donación es algo que deberíamos hacer todos. Siempre va a ayudar a una vida más. Debemos estar en la mejor disposición de donar nuestros órganos para darle la oportunidad a alguien más”, concluye.

Fotos: Gary Alvarado / República

 
Comparta este contenido:
Compartir en LinkedInCompartir en WhatsApp
 

Punto HTML con Texto Alineado

UN MENSAJE DE NEW GENERATION NETWORKS
New Generation Networks: tecnología para competir mejor

La transformación digital exige soluciones seguras, eficientes y adaptadas a las necesidades actuales. New Generation Networks (NGN) impulsa ese proceso con tecnología y respaldo especializado.

Por qué importa. La competitividad depende cada vez más de la capacidad para adaptarse al entorno digital.

  • La digitalización optimiza recursos y reduce tiempos.

  • La seguridad de la información es una prioridad estratégica.

  • La continuidad operativa fortalece a las organizaciones.

Datos clave. La tecnología requiere experiencia, implementación especializada y respaldo comprobado.

  • Innovatrics opera en más de 80 países.

  • Sus soluciones administran más de GTQ 1200M de identidades digitales.

  • Sus algoritmos destacan en evaluaciones internacionales.

Qué destacar. NGN conecta innovación global con acompañamiento local certificado.

  • Representa a Innovatrics en Guatemala.

  • Ofrece soporte técnico especializado.

  • Facilita proyectos adaptados a cada organización.

Lea la nota completa aquí.

Punto HTML con Texto Alineado

Glenda Sánchez
Del niño que temía al mar al hombre que salva vidas
994 palabras | 5 minutos de lectura

El mar marcó el destino de Federico Catalán desde la infancia. Nació en diciembre de 1973 y creció en el Puerto San José, Escuintla. Su padre, Rodolfo Catalán, era entrenador de natación. A los 7 años lo llevó por primera vez a una piscina. Desde entonces, el agua se convirtió en su mejor compañía.

Su infancia transcurrió entre entrenamientos y competencias. Participó en torneos desde muy pequeño. Ganó medallas de oro, plata y bronce. Sin embargo, el talento no resolvió todas las dificultades, pues provenía de una familia con recursos limitados y el apoyo al deporte casi no existía. Aun así, nunca dejó de entrenar.

Cuando tenía 13 años, miraba el trabajo de los salvavidas durante las competencias. Su padre también participaba y quiso seguir sus pasos. Entró al mar con entusiasmo, pero enfrentó una de las experiencias más duras. Una corriente, conocida como alfaque, lo arrastró mar adentro. Logró salir, pero quedó asustado.

A los 14 volvió al mar y enfrentó la misma prueba. Esa vez recuperó la confianza y participó en la eliminatoria para salvavidas de Semana Santa. Terminó en el puesto 24 entre 130 competidores. Un año después alcanzó el cuarto lugar. A los 16 ganó la eliminatoria y comenzó una trayectoria que todavía continúa.

Grandes resultados

La natación le abrió otra puerta. A los 20 años ingresó al triatlón. Llegó como un desconocido y sorprendió desde la primera competencia. Terminó en el segundo lugar a nivel nacional. Competía con una bicicleta sencilla. Ese resultado bastó para ingresar a la selección nacional. Permaneció cuatro años en el equipo.

Representó a Guatemala en Juegos Centroamericanos, Juegos Panamericanos y Juegos Centroamericanos y del Caribe. Entre sus principales logros destaca la medalla de plata obtenida en San Pedro Sula, Honduras, en 1997.

El alto rendimiento también impuso límites. Los costos del entrenamiento y los constantes viajes hacia la capital resultaron imposibles de sostener. No encontró patrocinadores y se retiró del triatlón a los 23. Años después intentó volver. Clasificó a campeonatos mundiales de categoría en Edmonton y Chicago, pero no alcanzó el nivel en su juventud.

Mientras su carrera deportiva avanzaba, apareció otra oportunidad. En 1994 participó en una plaza por oposición para ingresar como salvavidas del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS). Muchos dudaban de su capacidad porque toda su experiencia estaba ligada al mar. La prueba se realizó en aguas frías, en Amatitlán. Debía completar 1550 metros frente a un nadador de selección nacional. Federico ganó. Desde entonces forma parte del cuerpo de salvamento del IGSS.

Salvar vidas es su pasión

Tres décadas después, ese triunfo todavía representa uno de los momentos más importantes de su vida. Hoy suma 31 años de servicio como salvavidas. También dirige el cuerpo de salvamento del Puerto San José. Para él, cada etapa tuvo el mismo propósito. Primero aprendió a competir. Después aprendió a sobrevivir. Finalmente, entendió que el verdadero valor de su trabajo es llegar a tiempo para darle una segunda oportunidad a quien lucha por vivir.

“Una playa puede parecer tranquila y, pocos minutos después, convertirse en una trampa”, explicó Federico. Después de más de tres décadas como salvavidas, asegura que el rescate más efectivo empieza antes de que alguien entre al agua con la prevención.

Sin embargo, no todos los accidentes pueden evitarse. Entre los episodios que recuerda, destaca un rescate en el antiguo muelle del Puerto San José. Dos personas quedaron atrapadas entre las fuertes olas. Federico alcanzó a las víctimas e intentó mantenerlas a salvo. En ese momento, una ola de gran tamaño golpeó la estructura.

Sujetó a las dos personas contra un barrote y también se aferró para evitar que la corriente lo arrastrara. La fuerza del mar venció el esfuerzo. Las víctimas se soltaron. Una logró sobrevivir. Esa escena todavía permanece en su memoria.

Futuro inconcluso

No todas las historias terminan con un rescate exitoso. Las más dolorosas tienen como protagonistas a niños, indicó. Federico admite que esos casos dejan una huella distinta. Cada vez que recupera el cuerpo de un menor, piensa en todo el futuro que quedó inconcluso. También considera que muchos accidentes ocurren por descuido de los adultos. Por esa razón insiste en que los padres nunca deben perder de vista a sus hijos en ningún lugar.  

La experiencia cambió la forma de trabajar del cuerpo de salvamento. Antes, los rescates ocupaban la mayor parte del esfuerzo. Hoy la prioridad consiste en evitar que las personas entren en zonas peligrosas. Los salvavidas identifican las corrientes, reúnen a los turistas y los trasladan hacia áreas seguras. Recomiendan permanecer cerca de las torres de vigilancia. Esa estrategia redujo los rescates los últimos años.

Federico asegura que la preparación física resulta indispensable para el salvavidas. Entrena todos los días. Practica triatlón por gusto y conserva un nivel que todavía le permite competir con atletas jóvenes. En un rescate, unos segundos pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Si el salvavidas llega tarde, la víctima desaparece.

Disciplina y vocación

Además del entrenamiento físico, dirige un equipo de salvamento en el Puerto San José. Combina la experiencia de rescatistas veteranos con la energía de los más jóvenes. Les transmite la misma enseñanza que recibió de su padre. Un salvavidas necesita disciplina, conocimiento de primeros auxilios y vocación de servicio. Sin esos elementos, el uniforme pierde sentido.

Su vida también gira alrededor de la familia. Tiene dos hijos. Su hija ejerce como veterinaria y dirige un hospital para animales en el Puerto San José. Su hijo estudió seguridad informática. Aunque ninguno siguió su camino, ambos aprendieron técnicas de reanimación cardiopulmonar.

Después de 31 años de servicio, perdió la cuenta de los rescates realizados. Calcula que participó en unas 200 intervenciones. Prefiere recordar las vidas que lograron regresar con sus familias. Agradece las enseñanzas de sus padres y el respeto que ganó entre sus compañeros.

Espera que las nuevas generaciones lo recuerden como un buen atleta, un buen salvavidas y, sobre todo, como una persona que nunca olvidó sus orígenes.

 
Comparta este contenido:
Compartir en LinkedInCompartir en WhatsApp
 

Punto HTML con Texto Alineado

Alejandro Palmieri
El régimen de abuso y terror de Mazariegos
937 palabras | 5 minutos de lectura

La Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC), la única casa de estudios superiores pública del país, enfrenta una nueva ofensiva contra su propia comunidad. Al menos 30 estudiantes de las facultades y escuelas de Ciencias Jurídicas y Sociales, Ciencias de la Comunicación, Historia e Ingeniería denunciaron este mes que sus expedientes académicos desaparecieron de los registros de Estadística. Sin inscripción posible al segundo semestre, sin certificados ni solvencias, estos jóvenes enfrentan lo que ellos mismos han denominado “muerte académica”: el congelamiento abrupto de años de estudio, el robo de un futuro profesional y la destrucción deliberada de proyectos de vida.

No se trata de un error técnico; los afectados son, en su mayoría, dirigentes estudiantiles que se opusieron abiertamente a la administración de Walter Mazariegos y a los procesos electorales que le permitieron acceder y permanecer —ilegítimamente— en la rectoría. La coincidencia no es casual: las unidades académicas donde ocurrieron las “desapariciones” están controladas por autoridades afines al rector. Este episodio representa la culminación lógica de una estrategia de control que comenzó con fraudes electorales y se sostiene mediante la represión selectiva y la impunidad judicial.

Mazariegos no llegó a la rectoría por el mérito académico ni por el consenso legítimo de la comunidad sancarlista. En 2022, su primera elección se cimentó en la exclusión sistemática de planillas opositoras por juntas directivas y tribunales electorales, junto con la anulación de votaciones que favorecían a la oposición. El Consejo Superior Universitario (CSU), entonces ya infiltrado por aliados, redujo el cuórum del Cuerpo Electoral Universitario para asegurar su triunfo. Cuatro años después, el patrón se repitió con mayor descaro. Antes de la elección del 8 de abril, el CSU —integrado en gran medida por representantes con períodos vencidos— anuló al menos 14 a 16 cuerpos electorales ganados por la oposición en facultades y colegios profesionales, mientras acreditaba sin reparos a los afines. La votación se realizó a puerta cerrada en un hotel fuera de la ciudad, bajo resguardo policial y con cuórum artificialmente reducido. El resultado: un segundo mandato para el período 2026-2030, pese a la falta de finiquito de la Contraloría General de Cuentas y a 17 denuncias penales abiertas en la Fiscalía contra la Corrupción por irregularidades en contrataciones, cambios normativos ilegales y omisión de renovaciones.

Esta secuencia de fraudes no es un detalle procedimental. Es el fundamento mismo del poder de Mazariegos. Al controlar el CSU y las juntas directivas, ha evitado la renovación democrática de autoridades, otorgado titularidades sin concursos de oposición y transformado la universidad en un aparato de lealtades clientelares. El deterioro de la calidad educativa —clases virtuales abusivas, abandono de infraestructura e investigación— es el correlato natural de una rectoría que prioriza la cooptación administrativa y el control político sobre la formación profesional. La “desaparición” de registros académicos no es sino la herramienta más reciente de esa maquinaria: una forma de “muerte académica” que castiga la disidencia sin necesidad de expulsiones formales, más costosas en términos de imagen.

Lo más grave, sin embargo, no es solo la audacia de la administración Mazariegos. Es la complicidad, por acción u omisión, del sistema judicial guatemalteco. Docenas de amparos se presentaron contra la exclusión de electores, la anulación de votaciones y la propia reelección. Juzgados de primera instancia, como el Décimo Quinto Civil, otorgaron amparos provisionales y definitivos que suspendían los efectos de la elección del 8 de abril y ordenaban repetir etapas clave. Esas resoluciones fueron sistemáticamente revertidas o archivadas. La Corte de Constitucionalidad “enmendó procedimientos”, denegó acciones sin conocer el fondo y ordenó suspender trámites pendientes. Salas de lo Contencioso Administrativo rechazaron amparos de la Procuraduría General de la Nación y de organizaciones, alegando falta de legitimación o argumentos ambiguos, mientras el rector asumía el 1 de julio sin finiquito y con denuncias pendientes.

La justicia guatemalteca ha demostrado, una vez más, su incapacidad —o su falta de voluntad— para frenar abusos cuando estos se dirigen contra sectores críticos. Las resoluciones judiciales que podrían haber restituido la legalidad universitaria se diluyen en tecnicismos, mientras que la Fiscalía mantiene las 17 denuncias en un limbo que no genera consecuencias. El resultado es una impunidad que no solo protege a Mazariegos, sino que envía un mensaje claro: oponerse al control de la USAC tiene un precio, y ese precio se paga con el futuro de los estudiantes.

La “muerte académica” de julio de 2026 no es un incidente menor. Es la expresión más cruda de cómo un fraude electoral se convierte en régimen de terror administrativo. Estudiantes que debían estar asignando cursos enfrentan ahora la incertidumbre de si podrán graduarse, trabajar o simplemente continuar existiendo como miembros de la comunidad universitaria. La Procuraduría de los Derechos Humanos ha iniciado acompañamientos y el Departamento de Registro y Estadística promete revisiones caso por caso, pero estas gestiones ocurren bajo la sombra de una administración que ya demostró su disposición a borrar no solo registros, sino derechos.

La USAC no puede sobrevivir como universidad pública si su rectoría se sostiene únicamente en la manipulación electoral y la represión de la crítica. Tampoco puede hacerlo un sistema judicial que privilegia el tecnicismo sobre la justicia sustancial. Mientras no se investiguen a fondo los fraudes de 2022 y 2026, mientras no se restituyan los expedientes eliminados y se sancione a los responsables, la autonomía universitaria seguirá usándose como excusa para el abuso. Los estudiantes afectados no piden privilegios: exigen el derecho elemental a la educación que la Constitución y la Ley Orgánica de la USAC les garantizan. Que el Estado y la justicia respondan antes de que la “muerte académica” se convierta en la norma de una universidad secuestrada.

 
Comparta este contenido:
Compartir en LinkedInCompartir en WhatsApp
 

Punto HTML con Texto Alineado

Suiza no era eso

Creía conocer Suiza antes de poner un pie en ella. Llegaba cargado de certezas: bancos, relojes, chocolate, neutralidad, montañas y una puntualidad casi patológica. Me bastaron unos días para descubrir que aquel pequeño territorio tenía una habilidad extraordinaria para desmentir a quien cree entenderlo. Detrás de cada tópico aparecía una excepción; detrás de cada excepción, una historia. Y fueron precisamente esas historias —mucho más que los paisajes— las que terminaron convirtiendo a Suiza en una de mis patrias prestadas.

Los que cuentan el país

Aquí nació una costumbre que ya nunca abandonaría: antes de intentar comprender, hablar con quienes lo cuentan cada mañana. Políticos, empresarios o académicos pueden explicar una parte de la realidad; los periodistas suelen conocer también las contradicciones, las dudas y las preguntas que una sociedad se hace. Por eso busqué al director de la Neue Zürcher Zeitung (NZZ), el diario de mayor prestigio e influencia. Hablamos de la neutralidad helvética, del aislamiento voluntario, de la relación siempre incómoda con Europa y de las razones por las que los suizos preferían seguir un camino propio. No siempre compartí sus conclusiones, pero me transmitió que para entender una comunidad también hay que leer sus periódicos y escuchar a quienes los escriben. La prensa es el cuarto poder y cuando ejerce bien su labor, también es uno de los mejores mapas para orientarse en terreno desconocido.

Con mi compañera de proyecto, María José, en Berna.

Aprender el oficio

Suiza era, además, el mejor lugar posible para que un periodista económico dejara de ser un novato. Llegué sabiendo formular preguntas; me marché entendiendo a quién debía hacérselas. Aprendí que un banco central no habla el mismo idioma que un banco comercial, y que uno de los muchos bancos privados de Ginebra habla un tercer idioma; que un reaseguro no es un seguro con esteroides; que entrevistar a la bolsa exige más paciencia que brillantez y que, en un país donde las finanzas forman parte del paisaje, hasta los silencios cotizan al alza. Un aprendizaje exigente, a veces agotador, pero extraordinariamente útil para todo lo que vino después.

Entonces decidí salirme del guion. Fui a buscar a Jean Ziegler, profesor de Sociología en la Universidad de Ginebra y una de las voces más incómodas de la Suiza de entonces. Sus críticas al papel desempeñado por la banca suiza durante la Segunda Guerra Mundial le habían granjeado tantos detractores como lectores. No compartía buena parte de sus posiciones políticas, mas nunca he creído que entrevistar consista en buscar a quienes piensan como uno. Aquella conversación me enseñó otra lección fundamental: una sociedad también se entiende escuchando a quienes incomodan a sus compatriotas.

En el lago Lemán en Ginebra.

Un país que sabe recibir

La Confederación Helvética ha convertido el paisaje en excelencia. Lo comprobé al entrevistar al responsable nacional de promoción turística, que defendía aquella forma de vivir con la misma precisión con la que un relojero ajusta un mecanismo. Sus argumentos eran sencillos: los Alpes, los lagos, ciudades impecables y una tradición hotelera que sigue marcando el estándar mundial. Lausana, con escuelas de hostelería convertidas en referencia mundial, lleva décadas formando a quienes después enseñan al mundo cómo se recibe a un huésped.

Entendí que la fondue, la raclette o un buen rösti no son simples platos, sino parte de una manera de entender la hospitalidad.

Esa misma obsesión por hacer bien las cosas la encontré al entrevistar al responsable de los Ferrocarriles Federales Suizos (SBB). Salvo imprevistos, los trenes llegaban a su hora con una puntualidad que rozaba la descortesía hacia quienes disfrutamos llegando un minuto tarde. Hasta los retrasos pedían disculpas.

Durante buena parte de nuestra estancia en Zúrich tuvimos el improbable privilegio de residir en el hotel Baur au Lac. Desde mediados del siglo XIX sus salones han recibido a jefes de Estado, artistas, escritores y músicos. Representaba la elegancia discreta de Zúrich. En Lausana, el Beau-Rivage Palace añadía otra virtud muy suiza: conseguir que el paisaje formara parte del servicio.

El lujo nunca levantaba la voz. Consistía en hacer que todo funcione con perfección casi invisible.

Entrevistando a Jean-Pascal Delamuraz, presidente de turno de Suiza.

La montaña también puede ser una invitación

No todas las entrevistas terminan con un apretón de manos. Tras conversar con el creador Andy Stutz, el “Rey de la Seda” nos anunció con una sonrisa que tenía una sorpresa. Minutos después estábamos subiendo a un helicóptero. Sobrevolamos los Alpes todavía cubiertos de nieve, un paisaje inolvidable. El destino era una solitaria Almhütte, una cabaña de montaña convertida en restaurante. Allí almorzamos rodeados de silencio, picos blancos y un horizonte infinito. A veces un país se conoce caminándolo; otras, basta con contemplarlo desde el cielo.

Para continuar leyendo, haga clic aquí.

 
Comparta este contenido:
Compartir en LinkedInCompartir en WhatsApp
 

Por: Ana González

Por: Ximena Fernández