Desde el suelo hasta el espacio

¡Buenos días!

Si no es una puerta, es una ventana. Geraldinn, ingeniera agrónoma guatemalteca, combina su pasión por la agricultura y el espacio, demostrando que los límites no están afuera, sino en lo que uno se atreve a intentar. Desde la tricentenaria Universidad de San Carlos hasta vuelos de gravedad cero, su historia inspira a soñar y a nunca rendirse.

Cuando el tiempo se detiene en la sala de emergencias. Un accidente de motocicleta lleva a un joven al límite entre la vida y la muerte, mientras su madre espera sin respuestas al otro lado de una puerta que no se abre. Su historia refleja una realidad que se repite a diario en Guatemala, donde los motoristas siguen siendo los más vulnerables en las carreteras.

Sin instituciones sólidas, la inversión no llega. En esta nueva entrega de Compás Institucional, es el turno de Mario A. García Lara, quien analiza que Guatemala tiene estabilidad macroeconómica, pero que la debilidad institucional y la incertidumbre frenan la inversión productiva. Para crecer y atraer capital de calidad, el país necesita reglas claras, previsibilidad y un Estado que cumpla su función básica: garantizar que las inversiones sean seguras y sostenibles

INGENIERA AGRÓNOMA GUATEMALTECA

Geraldinn Cortez: “Siempre hay puertas que se abren, y si no es una puerta, es una ventana”

Por: Isabel Ortiz

Geraldinn Cortez creció con una idea muy clara: en la vida no se trata de rendirse ante el primer no, sino de buscar la forma. Esa convicción —repetida muchas veces en su casa— fue la que la acompañó cuando, siendo niña, soñaba con ser astronauta en un país donde el espacio parecía algo lejano, casi de película.

En Guatemala no había astronomía como carrera, ni rutas claras para llegar al sector aeroespacial. Pero había tierra, agricultura, ciencia y la Universidad de San Carlos (USAC) que le permitió empezar. Geraldinne eligió la agronomía no como un plan B, sino como un puente: una forma de acercarse al espacio desde el suelo.

Hoy, con 28 años, es ingeniera agrónoma graduada de la USAC, investigadora y divulgadora científica. Actualmente cursa una maestría en Ciencias de Cultivos, Suelos y Medio Ambiente, con especialización en Mapeo Digital de Suelos, en la Universidad de Arkansas, donde también trabaja como asistente de investigación. Su trayectoria la ha llevado a participar en investigaciones que combinan agricultura, satélites y microgravedad, a formar parte de misiones análogas y a vivir la experiencia de un vuelo de investigación en gravedad cero tras ser seleccionada como Embajadora Espacial de Space for Humanity.

Para comenzar, cuéntenos quién es, cuál es su formación académica y a qué se dedica actualmente

—Tengo 28 años y actualmente estudio una maestría en la Universidad de Arkansas, en el programa de Crop, Soil and Environmental Science. Mi investigación se enfoca específicamente en fertilidad y salud del suelo, así que todo mi trabajo gira alrededor del suelo dentro del campo de la agronomía.

Mi formación universitaria la hice en Guatemala, en la Universidad de San Carlos, donde estudié en la Facultad de Agronomía y me gradué como ingeniera agrónoma en recursos naturales renovables. Durante la carrera trabajamos mucho el manejo integral de los recursos naturales, viendo bosques, agua y suelos como un sistema conectado. Fue ahí donde nació mi interés particular por el suelo, porque entendí lo fundamental que es para la producción, el ambiente y la sostenibilidad.

Desde muy pequeña soñaba con el espacio y ser astronauta, pero en Guatemala ese camino no era evidente. ¿Cómo fue ese proceso de buscar opciones y decidirse por una carrera que, aunque parecía indirecta, le permitiera acercarse a ese sueño?

—Desde niña soñaba con estudiar algo relacionado con el espacio, pero en Guatemala no existía la carrera de astronomía. Incluso muchos lo tomaban en broma, confundiendo “astronomía” con “gastronomía”. Eso me llevó a buscar opciones fuera del país, aunque no tenía los recursos para estudiar en el extranjero ni en una universidad privada.

Pensé en física pura para luego especializarme en Europa, y hasta estudié alemán convencida de que algún día me iría. Pero entendí que la física no era mi verdadera pasión. Quería algo con impacto en Guatemala, algo que generara un cambio real. Probé Medicina, que es y siempre será una de mis pasiones. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que no me enganchaba, que no era mi camino. Y ahí tuve que tomar una decisión difícil, pero necesaria: aceptar que no podía seguir en algo que no sentía como propio y volver a replantear mi rumbo.

Dejó la medicina en un momento clave y tomó una decisión que no era fácil. ¿Cómo vivió ese proceso y cómo eso la llevó finalmente a la agronomía?

— Llegó un momento en que entendí que medicina no era lo mío. Fue difícil decirlo en casa, pero el apoyo de mi papá fue clave. Él siempre me dijo: “No pasa nada, redireccionemos y sigamos adelante”. Esa confianza me dio fuerza para replantear mi camino.

Eso ha marcado mucho mi carácter. En general, siempre he contado con el apoyo de mis papás, y creo que eso viene también de la forma en la que ellos viven su fe. No me considero una persona extremadamente religiosa, pero sí creo que Dios ha sido un pilar importante en mi vida y que eso influye mucho en cómo uno enfrenta las decisiones difíciles.

En mi familia siempre se hablaba de la importancia del campo y de los agricultores, y como me gustaban la naturaleza y los animales, descubrí que la agronomía podía ser un espacio para aportar al país. Fue una de las mejores decisiones que tomé y disfruté mucho la carrera.

Eso sí, siempre tuve esa “espinita” del tema aeroespacial. Nunca la dejé de lado.

Yo creía firmemente que tenía que existir una forma de conectar ambas cosas. A mediados de la universidad conocí la Asociación Guatemalteca de Ingeniería y Ciencias Espaciales (AGICE) y me involucré en proyectos que unían agricultura con tecnología, información geográfica e imágenes satelitales. Hoy en día formo parte de la junta directiva, pero todo empezó con esa curiosidad y con animarme a preguntar. Para mí fue como una revelación: satélites, imágenes, espacio y agricultura. Ahí descubrí que sí había un vínculo real entre el espacio y la agronomía, que sí existía una conexión real.

Me gradué y terminé la carrera.

Mientras estudiaba, también se involucró profesionalmente y en espacios como AGICE. ¿Cómo logró compaginar todo ese proceso y hasta qué punto sentía la necesidad de seguir aprendiendo y ampliando su experiencia?

—En el último año de la carrera, cuando ya me quedaban muy pocos cursos, empecé a trabajar en una empresa dedicada a la venta de productos agroquímicos y biostimulantes. Ese primer trabajo fue clave porque me permitió conocer a muchos profesionales del área agrícola y empezar a moverme dentro del sector. Gracias a estar trabajando ahí, me enteré de que en el Ministerio de Agricultura había una plaza abierta para alguien que trabajara con sistemas de información geográfica, análisis de imágenes satelitales, mapeo y que además hablara inglés.

Recuerdo muy bien que mi jefe en ese momento fue quien me animó a aplicar. Me dijo que estaba muy contento con mi trabajo, pero que sabía que ese puesto se alineaba más con mi pasión y que podía ser una gran oportunidad para mí. Así que apliqué, sin estar buscando cambiar de trabajo. No fue algo planeado; simplemente se dio.

Al mismo tiempo, yo quería graduarme lo antes posible. En la Universidad de San Carlos existe la opción de iniciar la tesis cuando ya se han aprobado las tres quintas partes de la carrera, así que aproveché esa posibilidad. Me acerqué al INAB y encontré un tema que encajaba con sus necesidades: la investigación de semillas de especies forestales maderables. Así nació mi tesis, vinculada directamente con una institución pública, y los resultados se integraron a su biblioteca nacional como insumo para futuras investigaciones. Fue un momento clave porque me permitió ver que sí era posible unir la agronomía con la tecnología espacial y abrirme camino en ambos mundos.

¿Qué papel jugó el inglés en su carrera profesional y cómo influyó en la apertura de nuevas oportunidades?

—Cuando llegué a trabajar al Ministerio de Agricultura, todo se dio sin que yo lo estuviera buscando. Simplemente se alinearon las cosas: el perfil que necesitaban coincidía con las herramientas que yo tenía, y una de esas herramientas clave era el inglés. Con el tiempo entendí que el inglés no es solo un idioma, es una puerta.

Yo estudié en un colegio bilingüe y, en realidad, ese fue todo el inglés formal que aprendí. Gracias a Dios, me ha servido hasta el día de hoy, porque es el inglés que uso diariamente. En el ministerio ingresé a una dirección enfocada en tecnología y cooperación internacional, donde muchos de los proyectos se trabajaban con otros países y se gestionaban completamente en inglés.

Empecé a participar en reuniones y procesos de coordinación con países como Marruecos, Italia, Chile, Argentina y Estados Unidos. Estuve casi dos años en ese espacio y fue una experiencia muy enriquecedora. Ahí crecí mucho, tanto a nivel personal como profesional, y entendí cómo se construyen los acuerdos internacionales y cómo las decisiones que se toman a nivel global impactan directamente a Guatemala, especialmente en el sector agrícola.

 A partir de ahí, pareciera que una oportunidad fue llevando a otra. ¿Cómo se fue dando esa conexión entre agricultura, tecnología y el sector aeroespacial?

—Gracias a esa misma dinámica, también coordiné un grupo regional dentro de la Plataforma de Acción Climática para la Agricultura (PLACA), donde trabajé con representantes de 16 ministerios de América Latina y el Caribe. Al mismo tiempo, me involucré en el proyecto Soil Fair, enfocado en el mapeo de fertilidad de suelos a nivel nacional, en colaboración con USAID y el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA). 

Ahí volví a encontrarme de lleno con el tema de suelos. Empecé a profundizar más, a combinar el análisis de suelos con mapeo y tecnología, y para mí todo empezaba a hacer sentido: era como si distintas piezas se fueran uniendo al mismo tiempo.

En paralelo seguía activa en AGICE y participé en una investigación sobre el frijol guatemalteco, analizando su comportamiento en condiciones similares al espacio mediante hidroponía, como posible alimento para astronautas. Para mí, esa unión entre agricultura y sector aeroespacial era natural y emocionante.

De ahí surgió la oportunidad de presentar nuestro trabajo en el Congreso Espacial Centroamericano 2024, donde compartimos resultados con especialistas de toda la región y de países como Japón y Uruguay. En ese espacio conocí a investigadoras de Colombia que me invitaron a la primera misión análoga integrada solo por mujeres latinoamericanas. Postulé con mi investigación y elaboré un protocolo científico, porque estas misiones, la idea principal es validar aquí, con menos recursos y menos riesgos, lo que eventualmente puede llevarse a una misión espacial.

¿Cómo surgió la oportunidad de cursar su maestría en el extranjero y qué factores influyeron en la elección de la Universidad de Arkansas?

La oportunidad surgió de manera muy natural mientras trabajaba en el Ministerio de Agricultura, en el proyecto regional SoilFER sobre mapeo de suelos, apoyado por USAID y el USDA. Por mi manejo del inglés y la experiencia previa en traducción académica, empecé a coordinar directamente con las delegaciones de Estados Unidos. Mi jefe confió en mí y me dio más responsabilidades: no solo traducía, también presentaba y explicaba los proyectos.

Durante un taller presencial, dos científicos del USDA se acercaron y me preguntaron si había pensado en estudiar una maestría en el extranjero. Les conté que siempre había sido un interés, aunque no lo estaba buscando en ese momento. Al día siguiente conversamos más a fondo y me plantearon la posibilidad de venir a Estados Unidos a trabajar con ellos mientras estudiaba. Así se abrió la puerta para la Universidad de Arkansas, que aunque no siempre es la más conocida, tiene una gran fortaleza en agricultura y suelos.

Cuando recibió esa propuesta, ¿qué sintió en ese momento y cómo tomó la decisión de aceptarla?

— Al inicio fue una mezcla de sorpresa y gratitud. Son de esas cosas que uno no se espera. Yo no estaba buscando hacer la maestría, no estaba aplicando ni lo tenía como un plan inmediato, y por eso siempre digo que fue Dios. La oportunidad simplemente llegó.

Ellos mismos me explicaron cómo funcionaba: que estaban en la Universidad de Arkansas, que revisara fechas de aplicación y que, si me interesaba, los contactara. Mi papá fue muy claro conmigo: si te gusta, si te apasiona y sentís que es para vos, entonces dale.

Me senté a investigar. Revisé los programas, las líneas de investigación y el ranking en agricultura. Arkansas no es un estado muy sonado, pero es un estado profundamente agrícola y su College of Agriculture está muy bien posicionado, especialmente en el sureste de Estados Unidos. Todo empezó a encajar.

Así que les escribí y les dije que sí. La aplicación la hice como cualquier otro estudiante, pero entré bajo la modalidad de asistente de investigación. Eso significa que trabajo en un proyecto financiado por la universidad, realizo la investigación y, a través de ese trabajo, se cubre mi beca. Es una beca-trabajo. Estoy aquí desde enero de 2025, y hasta ahora ha sido una experiencia muy retadora, pero también muy gratificante.

Al escucharle, da la sensación de que muchas puertas se abrieron porque las personas confiaron en usted y en su forma de ser. ¿Cómo se define? ¿Quién es Geraldine más allá de los títulos y los logros?

— Es una pregunta complicada, pero si lo pienso bien, creo que hay dos cosas que me definen mucho.

La primera es esa mentalidad de no rendirme fácilmente. Soy bastante “chispuda”, como decimos en buen chapín. Eso viene mucho de mi papá, que siempre me inculcó la idea de que no hay un solo camino. Si no se puede por un lado, se busca por otro, y si no, se inventa una forma. No quedarse con el no. Creo que esa manera de pensar es muy poderosa y me ha acompañado toda la vida.

Esa actitud se traduce en acción. En el trabajo, por ejemplo, si había poco tiempo o muchas cosas por hacer, para mí la respuesta siempre era: hagámoslo, veamos cómo, resolvámoslo. Puede ser resiliencia, puede ser optimismo, pero sobre todo es la convicción de que uno puede empujar las cosas para que pasen.

La segunda cosa es la humildad. Siempre he tenido claro que nunca voy a ser la persona que más sabe en un espacio. Siempre hay alguien de quien aprender, alguien con más experiencia. Para mí, reconocer eso no es una debilidad, es una fortaleza. He aprendido mucho siguiendo procesos, escuchando, respetando jerarquías y entendiendo que el trabajo en equipo es clave.

Desde donde esté, siempre me pregunto: ¿qué puedo aportar?, ¿qué puedo dar desde esta posición?

Muchas veces los límites no están afuera, sino dentro de uno mismo. ¿Cómo logró vencer sus propias dudas y miedos para seguir adelante, incluso cuando otros le decían que no era posible?

— Te diría que la forma en la que yo crecí, en mi familia, influye mucho en cómo yo soy hoy en día. Ver ese ejemplo de mis papás, de no rendirse y de que todo se puede, son cosas con las que yo crecí toda la vida. Era: no se puede por aquí, se puede por otro lado, hay que buscar opciones. Mi papá siempre me decía: “tú sos muy capaz”, y todavía me lo dice. Y yo creo que eso fue lo que me ayudó a nunca rendirme.

También mi historia se marcó porque con mi familia tuvimos que empezar de cero. No teníamos lo suficiente para el colegio, estuvimos becados porque no podíamos pagarlo, y volver a resurgir después de eso creo que son cosas que te forjan y forman tu carácter.

A la par, el pensar todo de la mano de Dios. Yo creo que esa es una roca muy fuerte, porque uno se puede perder en muchas cosas en el camino.

Pero también cuesta un montón. Mucha gente diciéndote que eso no es para nosotros, porque somos de Guate, y que tantas personas te manden mensajes negativos, hate, bullying y ciberbullying, son cosas que te hacen cuestionar a veces esa fortaleza con la que creciste. Ahí es cuando te das cuenta que esas pruebas son parte de la vida.

Creo que el no rendirme y seguir pensando que si no se puede por aquí, se puede por otra forma, me llevaron a seguir luchando. Porque no fue fácil, ni ha sido fácil. Abrirse camino en el sector aeroespacial es muy difícil y a veces nosotros mismos, los mismos guatemaltecos, somos los que no creemos en Guate. Todavía hay un escepticismo bastante grande y creemos que son cosas de películas.

¿Nos podría comentar su experiencia cuando estuvo en un vuelo de investigación en gravedad cero?

— Fui seleccionada para el vuelo de gravedad cero porque desde que me metí a redes he estado superpendiente, porque ahora las redes sociales son un medio para muchas cosas. Ahí vi una convocatoria, era un programa de mentores, y había que elegir a uno y explicar por qué nos inspiraba.

Yo elegí a la doctora Sian Proctor, una de las astronautas de la misión Inspiration4. Ella hablaba mucho de grupos que a veces no son tomados en cuenta y tenía un background de arte, poesía, geología, y eso a mí me llamó muchísimo la atención. A mí me encanta geología, los suelos; soy fanática de las rocas, tengo mi colección de rocas, entonces sentí mucha conexión.

La primera fase era hacer un video, y ahí hablé de cómo ella defendía a grupos segregados y cómo yo había vivido algo similar, aunque en menor escala, solo por ser guatemalteca, por decirme que no podía estar en esos espacios porque Guate es un país pequeño, porque no hay agencia espacial. Hablé de Guatemala, de los mayas y la astronomía, de mi pasión por el arte y la ciencia.

Pasé a la siguiente fase; vinieron entrevistas y documentos. En la entrevista querían conocer quién sos, más allá del conocimiento técnico. Creo que el ser transparente, sincera con mi historia, con los obstáculos y esa resiliencia de siempre querer seguir adelante, fue clave. Al final me seleccionaron como parte de los siete jóvenes que vivimos esta experiencia y fuimos a Long Island, en California.

El vuelo fue una experiencia increíble, que no se cree. Experimentar la microgravedad, literalmente flotar, es algo que parece de película. Empezamos con gravedad lunar, luego gravedad marciana, y poco a poco llegamos a gravedad cero. El avión hace vuelos parabólicos; no fuimos al espacio, pero es un avión que hace varias parábolas para simular esas condiciones.

Más allá del vuelo, estuvimos tres días con los mentores, conociendo personas que han estado en la Estación Espacial, gente que ha revolucionado la legislación aeroespacial y que habla de decisiones reales que se están tomando en NASA. Ahí uno se da cuenta que esto no es ciencia ficción, que no es película, que son cosas que están pasando ahora mismo.

¿Cómo vivió ser la única guatemalteca participando en esta experiencia? Muchas personas creen que por venir de Guatemala no hay oportunidades. ¿Qué significó para usted esta oportunidad y salir del país por primera vez?

—Yo te diría que en todo momento pensé en Guatemala. Desde la aplicación, desde que me seleccionaron, para mí fue pensando en Guate. Yo había vivido de primera mano ese escepticismo, esa negativa de que no se puede, y yo decía: no puede ser que le estemos diciendo a nuestros jóvenes, a nuestros niños, a la gente que viene detrás de mí, que no podemos.

Hay mucha gente en Guate con ganas, hay muchos jóvenes, muchos niños y niñas que sueñan con estas cosas. Y los niños, cuando no les decís que no se puede, siguen creyendo que sí se puede. Eso es algo que tenemos que cuidar, inspirar y seguir fomentando, porque hay mucha gente bien pilas en Guatemala y a veces no nos lo imaginamos.

Desde ese momento yo dije: de ahora en adelante, a donde yo vaya, quiero que la gente —y especialmente la generación que viene detrás de mí en Guate— sepa que sí se puede. Que ser de Guatemala no es algo en contra, no es una puerta que se cierra, sino al contrario.

Por eso siempre trato de llevar un poquito de Guate conmigo. Me llevé pulseras bordadas hechas a mano y le di una a cada uno de los astronautas; todos volaron con su pulsera. Les hablé de Guatemala, me llevé la bandera, y ese video flotando con la bandera dio la vuelta al internet. Eso se siente como un orgullo tan bonito: decir, esto es de donde yo vengo, este es mi país, esto soy yo.

Al final, ser de Guatemala no es algo que nos deba dar vergüenza ni sentir que es una limitante. Es algo que debemos explotar con orgullo, porque cuando uno cuenta estas historias, la gente se impacta mucho.

Si un joven guatemalteco le dijera: “Quiero ser astronauta, pero aquí no hay oportunidades”, ¿qué le respondería desde su experiencia?

—Diría que hoy en día ya hay muchas herramientas en Guatemala para empezar, y que involucrarse es superimportante. Tocar puertas. Hay estudiantes y profesionales de todas las universidades: de la Galileo, de la USAC, de la del Valle, de la Mariano, todos trabajando en distintos proyectos e investigaciones, y siempre hay espacio para todos.

Ahora también existe la Agencia Guatemalteca de Astronomía (AGA). El sector espacial en Guate está creciendo. Hay oportunidades, pero no hay que rendirse. Hay que tocar puertas, aunque eso sea lo más difícil. Si hay que mandar 100 correos, hay que mandar 100 correos. No quedarse con uno solo y decir “lo intenté y me dijeron que no”. Es seguir adelante, unirse, involucrarse.

Yo diría que no se necesita mucho más que ganas para empezar. Poco a poco uno se va abriendo camino y las oportunidades se van dando, a veces cuando uno ni siquiera se lo imagina, como me pasó a mí. Yo siempre soñé con estudiar afuera, pero cuando empecé la universidad ni siquiera estudié en una privada, estudié en la USAC, y eso para mí es un orgullo. No es menor mérito. No todos tenemos las mismas oportunidades, pero aun así se puede avanzar.

Nada es instantáneo, nada es fácil. Hay que esforzarse y no rendirse. Pero sí se puede. Te diría que sí se puede. Si hace dos años alguien me hubiera dicho que iba a estar volando en gravedad cero, que iba a ir a NASA, que estaría haciendo todo esto, yo no lo hubiera creído. Yo hubiera dicho: estás loca, eso no me va a pasar.

Al mirar hacia atrás, ¿qué fue lo que más le costó adaptarse al estar lejos de su hogar y cómo esas experiencias la hicieron más fuerte?

—Se extraña mucho. Uno, el calor de hogar, y dos, la comida. Muchísimo. Porque cuando uno está en su casa, ya de adulto, independiente, uno cree que puede con todo: “yo puedo, yo puedo”. Pero cuando te venís, pasan cosas tan pequeñas que te pegan fuerte. Al segundo mes yo decía: ¿será que mi mamá no me puede hacer un huevito? Cosas chiquitas, pero que se extrañan un montón. Se extraña la compañía de la casa, la bulla, el idioma.

Creo que en Latinoamérica sería más fácil, pero Estados Unidos o Europa, países que no son latinos, el choque cultural es muy diferente. Hubo un momento en el que me vi aquí y pensé: ¿Yo qué hago aquí?, ¿quién me mandó?, si yo estaba tan feliz. Estar sola y asumir esa responsabilidad pesa.

Uno pasa por esas etapas y poco a poco se va acoplando. Hoy por hoy ya tengo una rutina, una vida aquí, ya sé qué tengo que hacer en el trabajo, en los estudios, en todo. Pero nunca se vuelve más fácil. Siempre se extraña, siempre es difícil despedirse, aunque el ser humano se acostumbra a todo.

Y tampoco te voy a decir que no vivo feliz aquí, porque sí. Estoy disfrutando lo que hago, me gusta mi investigación. Estoy trabajando en dos investigaciones para mi tesis, y una de ellas busca sumar al tema de fertilidad de suelos en Guatemala, en conjunto con Anacafé y el Ministerio. Eso siempre lo llevo conmigo. Creo que eso es lo bonito de ser guatemaltecos: eso nunca se pierde. Al irse, uno se hace más fuerte.

Mirando hacia el futuro, ¿qué le ilusiona más: desarrollar un proyecto científico, participar en una misión espacial o inspirar a otros jóvenes? ¿Cuál sería su siguiente gran meta?

—No lo tengo tan claro todavía, pero sí sé que lo tengo que definir pronto. Ahorita estoy pensando en estudiar un doctorado. En este momento sigo muy enfocada en temas agrícolas, pero gran parte de mi maestría —si no es que más de la mitad— la estoy haciendo en el área de geoscience: análisis de información satelital, imágenes satelitales y sistemas de información geográfica.

Y ahí es donde viene la decisión importante: animarme a dar el salto y hacer un doctorado ya en agricultura espacial, ya totalmente en astronomía, en ciencias espaciales como tal. No seguir desde la Facultad Agrícola, sino moverme a una Facultad de Ciencias Espaciales y hacer investigación completamente enfocada en ese sector. Esa es la decisión que tengo que tomar ahora, porque el sector espacial, al final, es mi sueño más grande.

Pero también tengo otra pregunta muy fuerte en la cabeza: ¿volver a Guatemala? Hoy te diría que sí. Antes pensaba que me iba a ir, estudiar afuera y quedarme fuera. Hoy, después de haber trabajado en el sector público, de haber ido muchas veces al interior del país, de haber visto de cerca a los pequeños agricultores y sus necesidades, sí me gustaría regresar. Me gustaría volver a trabajar en el sector público y aportar con los conocimientos que traigo después de la maestría.

Creo que Guatemala necesita semillas de cambio, necesita gente que quiera aportar de forma positiva. Y yo siento que ahí todavía puedo sumar mucho.Y al mismo tiempo, me emociona muchísimo el presente, porque uno de los proyectos en los que estoy trabajando se va a ir a la Estación Espacial Internacional en noviembre.

A lo largo de su historia, hay una idea que siempre se repite: no rendirse y encontrar siempre la manera. Si tuviera que resumir quién es en una sola frase, ¿cuál elegiría para definirse?

—Creo que definitivamente sería una frase ligada a no rendirse, a luchar. Y si tengo que escoger una, sería una que nos decía mucho mi abuelito, que ya no está con nosotros, pero que sigue muy presente en nuestra familia. Es una frase que todavía todos usamos y que nos marcó mucho.

Él siempre nos decía: Adelante, paso de vencedor.”  Y creo que eso nos hizo ser personas muy luchadoras, siempre seguir adelante, pase lo que pase.

Después de todo lo que ha vivido, ¿qué le gustaría dejar en la mente de los jóvenes guatemaltecos que sueñan en grande?

—Creo que algo muy importante que me gustaría decir es que quienes quieran y necesiten, pueden contar conmigo. En lo que yo pueda apoyar, en lo que yo pueda servir, en lo que yo pueda aportar, yo estoy completamente abierta y disponible. Si alguien quiere aplicar a programas similares a los que yo he aplicado, si tienen dudas, si quieren saber cómo empezar o cómo hacer ciertas cosas, con gusto puedo ayudar.

Yo hoy sé muchas cosas que no sabía ni me imaginaba antes de venirme, y una de las más importantes es que sí hay oportunidades. Que se animen, que apliquen, que no se rindan. Siempre hay puertas que se abren, y si no es una puerta, es una ventana. Pero se puede.

Lo más importante es no quedarse con un no. Hay que aplicar, hay que tocar mil puertas, hay que insistir. No rendirse. Porque las oportunidades llegan, muchas veces, cuando menos uno se lo espera.

Fotos: Geraldinn Cortez

 
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Alicia Utrera
Dos ruedas, un segundo… y todo se detiene
646 palabras | 5 minutos de lectura

El reloj marcaba las 9:30 de la noche cuando la ambulancia entró a toda velocidad a las instalaciones del Hospital General de Accidentes Ceibal. Las luces intermitentes iluminaron por segundos el rostro del motorista que yacía en la camilla, inmóvil, con la ropa rasgada y el cuerpo aún cubierto del polvo del asfalto. En el área roja, ese espacio donde el tiempo no se mide en minutos, sino en segundos, el equipo médico lo recibió. 

El diagnóstico preliminar: fractura de fémur y traumatismo craneal. En esta zona todo ocurre rápido, casi de forma automática. Pareciera que todo está ensayado, cada decisión responde a la urgencia. El paciente fue trasladado a rayos X para confirmar la magnitud de las lesiones. Apenas salió de los exámenes, el monitor cambió de ritmo. Un sonido seco rompió la secuencia: paro cardiorrespiratorio. 

Sin alteraciones, los médicos reaccionaron de inmediato. Maniobras de reanimación, compresiones, medicamentos. El tiempo, allí adentro, parecía escanciarse. Lo que para otros serían minutos, para ellos eran instantes. Luego de una intervención intensa, lograron estabilizarlo. El corazón volvió a latir, pero el peligro no había pasado. Las siguientes horas serían críticas. 

Mientras todo eso ocurría dentro, del otro lado de la puerta, el tiempo avanzaba de una forma muy diferente. 

Carmela, la madre del motorista, llegó poco después de recibir la llamada. Venía acompañada de su hermana, pero no la dejaron pasar. Solo un familiar podía ingresar. Así que Carmela se quedó sola en la sala de espera. Sentada, con las manos entrelazadas, mirando una puerta que no se abría. Allí no había monitores o relojes marcando urgencias, solo la acompañaba la sensación de espera y desesperación. 

En la sala de espera, el tiempo no pasa. Cada minuto parece más largo que el anterior. Nadie le daba información. Nadie le decía qué estaba pasando con su hijo. El silencio se volvía pesado. Por ello, respiraba hondo, una y otra vez, intentando mantenerse firme. 

Menciona que no es la primera vez que vive algo así. Es el segundo accidente de su hijo. El primero no fue tan grave, detalla. Salió con golpes, con susto y con promesas de que tendría más cuidado. Sin embargo, esta vez fue distinto. La llamada fue más corta, más urgente y el miedo se instaló en el pecho desde el primer segundo. 

Carmela observa a otros, pero no cruza palabra. Cada quien parece atrapado en su propio tiempo. Afuera, el reloj sigue avanzando. Pero dentro de ella, todo parece detenido. El teléfono vibra, pero no es la llamada que espera. La puerta se abre y se cierra, pero no para ella. 

Tiempo después, finalmente, un médico se acerca. Ella se pone de pie de inmediato. Le explican que su hijo sufrió un paro, que lograron estabilizarlo, pero que su estado sigue siendo delicado. Las próximas horas son delicadas. No le prometen nada. Solo le dicen que ahora hay que esperar. 

Carmela asiente. No llora. No pregunta más. Regresa a sentarse y a mirar la puerta. Sabe que no puede hacer nada más que esperar. Y esperar, en ese momento, es lo más difícil. 

Accidentes de motos: un desafío persistente para Guatemala 

Historias como esta no son excepcionales en Guatemala. Son parte de una estadística que crece y se repite. Entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 2025, se registraron 13 834 vehículos involucrados en accidentes de tránsito en el país. De esos, 6 925 fueron motocicletas. La mitad. 

Los datos del Departamento de Tránsito y del Observatorio Nacional de Seguridad del Tránsito confirman lo que los hospitales ven todos los días: los motoristas son de los más vulnerables.  

 
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La inversión no prospera en tierra incierta

En los debates económicos de Guatemala suele repetirse una pregunta casi ritual: ¿qué nos falta para atraer más inversión y crecer más rápido? Las respuestas abundan —incentivos fiscales, promoción internacional, “marca país”, megaproyectos—, pero con frecuencia se evade lo esencial. La inversión privada, especialmente la de largo plazo, no florece en ambientes de incertidumbre. Necesita reglas claras, instituciones creíbles y un Estado que cumpla su función básica: hacerlas valer.

Desde una perspectiva económica elemental, la inversión no es un acto de fe, sino una decisión racional bajo incertidumbre. El inversionista compara riesgos y retornos esperados. Cuando las reglas del juego son difusas, cambiantes o discrecionales, el riesgo aumenta; y cuando el riesgo aumenta sin que el retorno lo compense, el capital simplemente busca otros destinos. No hay misterio ni conspiración: es aritmética económica básica.

Guatemala no parte de cero. El país ha construido, con esfuerzo y disciplina, una reputación de estabilidad macroeconómica poco común en la región: inflación controlada, deuda pública baja, un sistema financiero sólido y un banco central creíble. Son activos valiosos, pero insuficientes. La experiencia comparada —en Centroamérica y fuera de ella— muestra que la estabilidad macro es condición necesaria, pero no suficiente, para atraer inversión productiva sostenida.

El verdadero cuello de botella está en el ámbito institucional. La debilidad del Estado de Derecho, la lentitud e imprevisibilidad del sistema de justicia, la fragilidad en la protección de los derechos de propiedad, la burocracia excesiva y la politización de decisiones técnicas elevan los costos de transacción y erosionan la confianza. En ese entorno, incluso proyectos rentables se postergan o se descartan. No porque falte capital, sino porque sobra incertidumbre.

Algunos países han intentado compensar instituciones débiles con privilegios, exenciones discrecionales o tratos especiales. A corto plazo, esas estrategias pueden lograr atraer cierto tipo de inversión; a mediano y largo plazo, corren el riesgo de generar dependencia, arbitrariedad y capturas políticas. La inversión “buena” —la que trae tecnología, encadena proveedores, genera empleo formal y reinvierte utilidades— no busca atajos, sino previsibilidad.

Desde una óptica liberal-clásica, el rol del Estado no es sustituir al mercado ni dirigir la inversión, sino crear un marco institucional que permita que las decisiones privadas se tomen con información clara y reglas estables. Eso implica un sistema judicial funcional, un servicio civil profesional, regulaciones simples y predecibles, y un Congreso que legisle con responsabilidad, evitando cambios abruptos que alteren contratos y expectativas.

La paradoja guatemalteca es bastante conocida: tenemos condiciones macro que muchos vecinos envidiarían, pero instituciones que no logran transformar esa estabilidad en crecimiento acelerado y bienestar generalizado. El resultado es un círculo vicioso de baja inversión, bajo crecimiento y oportunidades limitadas, que alimenta frustración social y presión política para buscar soluciones rápidas que suelen ser improvisadas.

Romper ese círculo exige paciencia institucional, algo poco compatible con la lógica electoral, pero indispensable para el desarrollo. Fortalecer el Estado de Derecho no produce titulares espectaculares ni resultados inmediatos, pero es la inversión pública más rentable que un país puede hacer. Sin ella, cualquier estrategia de atracción de inversiones será cosmética; con ella, el capital —local y extranjero— hará lo que mejor sabe hacer: producir, innovar y generar prosperidad.

Si Guatemala aspira a crecer más, atraer inversión de calidad y ofrecer oportunidades reales a su población, debe empezar por lo básico. Antes que incentivos, es imprescindible certeza. Antes que discursos, reglas. Y antes que promesas, instituciones que funcionen. Porque la inversión, como la confianza, tarda en construirse y se pierde con facilidad. Y sin instituciones sólidas, simplemente no llega. 

 
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Por: Glenda Sánchez

Por: Alicia Utrera