¡Buenos días!

De hablar solo Kaqchikel a convertirse en coronel: la historia de Juan Chiroy. En el marco del Día del Ejército, el oficial retirado recuerda cómo la disciplina militar transformó su vida y reflexiona sobre el costo personal de servir durante el conflicto armado y enfrentar un largo proceso judicial

Cinco días como corresponsal de guerra. Durante una semana, un periodista de República vivió el entrenamiento que reciben los corresponsales de guerra en CREOMPAZ, donde conoció de cerca la preparación militar, las misiones de paz y los desafíos de informar en escenarios de conflicto.

La corrupción cerca a Pedro Sánchez. El análisis de Alejandro Palmieri repasa los principales casos judiciales que involucran a dirigentes del PSOE, familiares y colaboradores del presidente, y explica cómo han derivado en una crisis política que pone en duda la continuidad de su gobierno.

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Luis Enrique González
Coronel Juan Chiroy: “Uno nunca deja de ser soldado: eso queda en el corazón”
1351 palabras | 7 minutos de lectura

El coronel retirado Juan Chiroy nació el 28 de marzo de 1967 en San Andrés Itzapa, Chimaltenango. Su historia es la de un hombre que creció en condiciones de pobreza extrema, cuya lengua materna fue el Kaqchikel y que, a base de disciplina, logró escalar en la carrera militar hasta situarse a las puertas del generalato. Durante más de 30 años sirvió en el Ejército de Guatemala, participando en operaciones durante el conflicto armado interno y formando parte de unidades de combate en escenarios de alta complejidad. Sin embargo, su carrera se vio interrumpida en 2012 luego de los hechos ocurridos en Totonicapán (el llamado caso Alaska), que derivaron en un prolongado proceso judicial. Tras doce años de litigio y seis años y medio en prisión preventiva, el coronel fue absuelto. Hoy, ya retirado, ha reorientado su vida hacia el Derecho.

¿En su niñez pensó en ser militar?
— Honestamente, no. Dentro de mi mente nunca pasó llegar a ser oficial del Ejército. Yo vengo de una familia de extrema pobreza. Mis primeros ocho años hablé solo Kaqchikel. Hasta que ingresé en la escuela, empecé a hablar español.

¿Cómo recuerda su infancia?
— Fue muy dura. Anduve descalzo hasta los nueve años. Íbamos a la escuela corriendo, descalzos. En la madrugada cuidábamos la milpa, regresábamos, comíamos algo y salíamos a estudiar. Los domingos me dedicaba a lustrar zapatos para ayudar en la casa.

¿A qué se dedicaban sus padres?
— Mi mamá vendía vísceras en el mercado, lo que nosotros llamábamos “panza”. Mi papá no sabía leer ni escribir. Se separaron cuando yo tenía once años y nos quedamos con mi mamá.

El coronel Juan Chiroy junto a sus hijos.

¿Cuántos hermanos eran?
— Éramos seis, todos hombres. Hoy solo quedamos tres.

¿Qué tan importante era la educación en su hogar?
— Mucho. Mi mamá solo estudió segundo de primaria, pero siempre nos insistía en que lo que ella no tuvo, nosotros sí debíamos tenerlo. Nos exigía bastante.

¿Qué tipo de estudiante fue?
— Fui muy diligente, especialmente en matemáticas. En primaria llegué a ser segundo lugar. Siempre hubo una compañera que me ganaba, pero ella falleció en el terremoto de 1976 y después de eso ocupé el primer lugar.

¿Cómo logra continuar sus estudios?
— Me examiné para una beca en el Instituto Adolfo V. Hall. Gané la beca, pero había que pagar el internado, unos 40 quetzales, y mi mamá no podía. Entonces me otorgaron una segunda beca del Ministerio de la Defensa que cubría esos gastos.

¿Cómo fue su vida en el Hall?
— Muy disciplinada. Nos levantábamos a las cinco de la mañana, hacíamos deporte, estudio obligatorio, clases, limpieza. Todo estaba estructurado. Eso me formó mucho.

¿Seguía trabajando?
— Sí. En vacaciones trabajaba en ferias: lotería, tiro al blanco, boliche. Desde los 13 o 14 años el patrón confiaba en mí, me daba dinero para comprar insumos en la capital. Administraba recursos.

¿Tuvo momentos difíciles en lo académico?
— Solo una vez. En tercero básico dejé cuatro clases. Mi mamá llegó a regañarme frente a todos, incluso me pegó ahí mismo. Fue una humillación fuerte. Después de eso no volví a fallar.

¿Cómo da el paso a la Escuela Politécnica?
— Me examiné en tercero básico, pero no alcanzaba la estatura. Regresé al Hall, seguí estudiando y volví a intentar. Aunque todavía no cumplía completamente, me aceptaron.

¿Qué significó ese ingreso?
— Que no había regreso. Firmé un acta donde renunciaba a mis becas. Si me salía de la escuela, ya no tenía ninguna ayuda. Tenía que aguantar sí o sí.

¿Cómo describe la formación en la Escuela Politécnica?
— Muy dura. Entramos alrededor de 350 y nos graduamos 68. El sistema está hecho para seleccionar a los que realmente resisten.

¿Qué tipo de exigencias enfrentaban?
— Desvelos, ejercicio extremo, presión psicológica. Le dicen a uno que no sirve, que no va a lograrlo. Lo mandan a limpiar a medianoche, a tirarse a una piscina a la madrugada, a caminar kilómetros sin alimento.

¿Por qué ese nivel de exigencia?
— Para ver quién aguanta. Si uno viene de una vida cómoda, no resiste. Es para formar carácter.

¿Cómo era un día típico?
— Nos levantaban a las cuatro de la mañana. Deporte, baño, limpieza, estudio obligatorio, desayuno rápido, clases, entrenamiento, más limpieza y estudio. A veces solo teníamos dos minutos para comer.

¿Recuerda algún momento particularmente importante?
— El examen de espadín. Es muy duro, pero cuando se lo dan a uno, siente que todo valió la pena. También el curso de montaña, de 40 días, donde ponen a prueba la resistencia total.

¿Cuándo se gradúa como oficial?
— El 20 de diciembre de 1986, en pleno conflicto armado.

¿Cuál fue su primera asignación?
— En Chicacao. Me mandaron a patrullar zonas donde operaba la guerrilla.

¿Cómo fue su primera experiencia en combate?
— Difícil. Un soldado activó una mina quita-pie, perdió la pierna y murió desangrado. Estábamos en la montaña y no pudimos evacuarlo.

¿Hubo otras experiencias que lo marcaron?
— Sí. En una operación perdí seis soldados y tuve doce heridos. En otra, un compañero fue degollado. Son vivencias muy fuertes.

¿Sintió que podía morir en esas misiones?
— Sí. Hubo momentos en que pensé que no volvería a ver a mi familia. Todos los días había muertos y heridos.

Para 2012, ¿en qué punto estaba su carrera?
— Llevaba 25 años de servicio, ya era coronel. Estaba cursando los altos estudios estratégicos, que era el último requisito para ser general. No tenía impedimentos.

¿Qué ocurrió ese día en Totonicapán?
— Yo venía de una actividad académica. Me ordenaron apoyar a la Policía en una manifestación. Mi función era coordinar con el comisario, no dirigir acciones operativas.

¿Hubo problemas desde el inicio?
— Sí. No encontré al comisario con quien debía coordinar. Cuando estaba reorganizando a mi personal, la población empezó a atacarnos.

¿Cómo reaccionó la unidad?
— Intentamos retirarnos. Un camión logró salir, pero otro quedó atrapado. La unidad se desintegró y se dio lo que se llama un repliegue involuntario.

¿Qué significa eso?
— Que la unidad pierde su cohesión por la presión y se divide en pequeñas fracciones que buscan replegarse.

¿Se dio alguna orden de disparar?
— No. Yo nunca di una orden de disparo. Eso quedó establecido en el tribunal. La única orden que di fue “bájese del camión”.

¿Entonces cómo ocurrieron los disparos?
— Algunos soldados dispararon para disuadir a la población, porque los estaban rodeando y querían quemar el camión con ellos adentro.

¿Qué pasó después?
— Se inició un proceso judicial. Nos acusaron de ejecución extrajudicial.

¿Cuánto tiempo estuvieron en prisión preventiva?
— Seis años y medio.

¿Cuándo se realizó el juicio?
— Doce años después de los hechos.

¿Cuál fue el resultado?
— Yo fui absuelto junto con otro soldado. Siete más fueron condenados inicialmente a más de siete años, pero luego la pena fue reducida a seis meses y se sigue en el proceso para que también sean absueltos.

¿Cómo vivió ese proceso en lo personal?
— Fue muy duro. Mi hijo pequeño aprendió a caminar en prisión. Mis hijos crecieron visitándome. No tuvieron una infancia normal.

¿Qué consecuencias tuvo en su familia?
— Mi hijo mayor tuvo que cambiar varias veces de colegio; eso le afectó mucho. No tuvo continuidad educativa.

¿Hubo otras pérdidas en ese tiempo?
— Sí. Mi mamá fue asesinada. No se robaron nada, fue un hecho brutal, y nunca se investigó. He llegado a pensar que se trató de una venganza.

Después de todo eso, ¿cómo logra reconstruir su vida?
— Cuando salí en libertad decidí estudiar Derecho. Quería entender el sistema, porque viví en carne propia cómo funcionan los procesos.

¿Cuándo se graduó?
— El 30 de abril me gradué como abogado y notario.

¿Cuál es su objetivo ahora?
— Ayudar a personas que enfrentan procesos injustos, especialmente militares. Muchos abogados no conocen la terminología ni el contexto operativo.

¿Lo hace con fines económicos?
— No. Mi intención no es enriquecerme. Es aportar, ayudar a quienes no tienen cómo defenderse.

Después de todo lo vivido, ¿qué significa ser soldado?
— Es servir a la patria. Es estar dispuesto a ofrendar la vida por la libertad. Yo me siento orgulloso de haber servido más de 30 años.

¿Se sigue sintiendo soldado?
— Sí. Uno nunca deja de ser soldado. Eso queda en el corazón.

¿Qué representa el Día del Ejército para usted?
— Es un día muy significativo. Yo desfilé durante décadas, desde joven. Es parte de nuestra vida.

¿Se siente satisfecho con su trayectoria?
— A pesar de todo, sí. El Ejército me formó, me dio disciplina y me permitió sacar adelante a mi familia. Eso no se borra.

Fotos: Luis Enrique González / República

 
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Gérman Gómez
CREOMPAZ: así se forma un corresponsal de guerra en Guatemala
1657 palabras | 8 minutos de lectura

Una vez al año, en Cobán, Alta Verapaz, el Comando Regional de Entrenamiento de Operaciones de Mantenimiento de Paz (CREOMPAZ) abre sus puertas a periodistas de todo el país para formarlos como corresponsales de guerra. Allí, entre aulas, ejercicios prácticos y entrenamientos especializados, los participantes se preparan para acompañar misiones de paz, asistencia humanitaria y operaciones multinacionales avaladas por la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

CREOMPAZ busca fortalecer el criterio, la disciplina y la capacidad de respuesta ante escenarios complejos. Ese trabajo lo ha consolidado como un centro regional con proyección internacional, alineado con los estándares y la doctrina de las operaciones de paz. En la XI edición del Curso de Corresponsal de Guerra tuve la oportunidad de participar como periodista de República.

La formación se desarrolló del lunes 18 al viernes 22 de mayo, aunque el viaje hacia Cobán comenzó un día antes. Éramos 11 periodistas —seis hombres y cinco mujeres—. Nos reunimos el domingo a las 14:00 horas en el Estado Mayor y una hora después emprendimos el recorrido por vía terrestre. Viajamos junto a un grupo de oficiales que también asistiría a una capacitación: el XXIX Curso Internacional de Operaciones Psicológicas para Oficiales.

Primer contacto con la vida militar

El viaje tomó más tiempo del previsto. Llegamos al comando a las 21:00 horas. Pese al cansancio del trayecto, el personal de CREOMPAZ nos recibió con la cena y los altos mandos nos dieron la bienvenida. Una hora después ya nos encontrábamos en los dormitorios, separados por grupos de hombres y mujeres. La jornada iniciaría al día siguiente, lunes, a las 6:30 de la mañana con el desayuno.

El desayuno se servía en el "Rancho", como se conoce al comedor de oficiales. Durante toda la semana, ese fue el punto de encuentro para desayunar, almorzar y cenar. Solo en dos ocasiones el esquema cambió. La comida era de buena calidad y la atención del personal, siempre amable. El almuerzo se servía a las 12:30 y la cena a las 18:30. Los horarios debían cumplirse con puntualidad, ya que antes y después de nosotros otros grupos utilizaban las instalaciones. Cada turno disponía de 30 minutos para comer.

Las actividades académicas comenzaron el lunes. Recibimos clases teóricas y prácticas sobre la historia y el mandato de las operaciones de paz. También aprendimos conceptos de geolocalización y los diferentes estilos de comunicación empleados en el ámbito militar. La primera jornada concluyó a las 16:00 horas y, a partir de ese momento, tuvimos un espacio para realizar actividad física. Periodistas y militares compartimos una partida de voleibol.

Durante dos horas dejamos a un lado las aulas para competir en la cancha. Más tarde participamos en un espacio de convivencia en el Club de Oficiales de CREOMPAZ. Aquellas conversaciones, que se extendieron hasta las 21:00 horas, nos permitieron conocer mejor la vida militar y estrechar la relación con quienes compartían la capacitación. Después regresamos a los dormitorios y las pláticas entre periodistas continuaron hasta las 22:30 horas, e incluso más tarde. Esa dinámica se repetiría durante el resto de la semana.

El periodista entra al campo de combate

El martes inició con las últimas sesiones dedicadas a las Misiones de Paz. Después recibimos la clase de Diversidad Cultural, que nos permitió comprender cómo es la vida en los países donde Guatemala mantiene contingentes y los retos de adaptación que enfrentan nuestros soldados. No es lo mismo desempeñar una misión en Guatemala que hacerlo en escenarios como la República Democrática del Congo o Haití, donde el país participa con cascos azules.

Más tarde llegó el turno del camuflaje. La instrucción combinó teoría y práctica, y cada participante elaboró su propio patrón de pintura facial. Posteriormente recreamos el acompañamiento que realiza un corresponsal de guerra junto a una unidad militar en un escenario de combate. El ejercicio simuló un ambiente donde los disparos y los ataques eran constantes. El desafío consistía en mantener el teléfono grabando, narrar lo que ocurría alrededor, proteger la propia integridad y, al mismo tiempo, seguir las instrucciones de los soldados que integraban la misión. La experiencia permitió comprender, aunque fuera de manera controlada, las exigencias que enfrenta un periodista en una zona de conflicto.

La jornada vespertina estuvo dedicada a los primeros auxilios. Además de recibir la formación teórica, realizamos distintos ejercicios para poner en práctica los conocimientos adquiridos. Es una preparación útil para cualquier persona, ya que nunca se sabe cuándo será necesario actuar en una situación de emergencia.

Al concluir las actividades académicas dispusimos de unas horas libres. Aprovechamos para visitar una plaza comercial, realizar algunas compras pendientes y compartir entre colegas. Al caer la noche regresamos al comando para descansar, antes de iniciar una nueva jornada de aprendizaje.

El miércoles comenzó con una sesión sobre asistencia humanitaria, impartida por la Escuela de Coordinación Civil Militar y Asistencia Humanitaria. La exposición permitió comprender cómo responde el Ejército de Guatemala ante desastres naturales y otras situaciones de emergencia.

Más adelante recibimos la instrucción sobre Operación con Asistentes de Idioma. El instructor compartió varias de sus experiencias como observador en Misiones de Paz y explicó que, en esos escenarios, el apoyo de un asistente de idioma resulta indispensable para coordinar con la población local, comprender el contexto y facilitar el desarrollo de la misión. En la práctica, esa figura se convierte en un puente de comunicación entre las fuerzas desplegadas y la comunidad.

Preparación para el ejercicio nocturno

La mañana concluyó con la cátedra de Geopolítica Militar Contemporánea, impartida por el coronel de infantería Luis Miguel Díaz Monzón, comandante accidental de CREOMPAZ. Durante la exposición analizó la evolución del escenario geopolítico desde el siglo pasado hasta la actualidad y explicó cómo los conflictos internacionales han adquirido nuevas dimensiones. Una lección especialmente pertinente en un contexto marcado por el incremento de las tensiones entre Estados y actores armados.

Por la tarde recibimos dos capacitaciones que resultarían fundamentales para el ejercicio práctico programado esa misma noche. La primera abordó las técnicas de supervivencia en caso de secuestro; la segunda, la orientación en el terreno mediante el uso de mapas. Además de aprender a ubicarnos en distintos escenarios, conocimos protocolos para aumentar las probabilidades de supervivencia en una situación de cautiverio.

Las actividades concluyeron con una demostración de los kaibiles, la unidad de élite del Ejército de Guatemala, cuyas capacidades operativas y nivel de entrenamiento quedaron en evidencia durante la exhibición.

Esa noche nos tocaba dormir fuera de nuestro cuartel. La finalidad era experimentar, lo más cerca posible, escenarios de conflicto. Armamos nuestras tiendas de acampar y pasamos una prueba práctica de sentidos. Nos tocó confiar en nuestra intuición al probar sabores e identificar olores. Sin dejar, por un lado, la necesidad de identificar sonidos de armas. Todo sucedió mientras teníamos los ojos vendados. Al final, fue una excelente experiencia que nos preparó para lo que venía en la noche.

Dormimos a las 22 horas. En la madrugada del jueves vivimos en carne propia lo que era un rapto de las fuerzas enemigas. Aunque el escenario era controlado, simuló muy bien lo que podría pasar al caer “en garras de los enemigos de la patria”. Teníamos la confianza de que nada pasaría, pues era parte de la formación que nos ofrecía el comando. Sin embargo, nos dio miedo. Era la oportunidad para poner a prueba nuestro sistema de respuesta ante tal escenario. Todo partía de controlar nuestra psicología y estrés.

Las últimas lecciones

El jueves amaneció con nuevos miedos vencidos. Entramos a clases de terreno para practicar nuestra geolocalización. Posteriormente, se nos dio un taller para manejar el estrés. Quedó oportuna para evaluar nuestro desempeño de la madrugada. Muchos pensamos que la clase tendría que haber sido el miércoles, y así, tener mejores resultados en el ejercicio de las fuerzas enemigas. En lo personal, creo que no. El jueves fue estupendo.

Nuestra última clase de teoría fue con el vocero del Ejército, el coronel de artillería Daniel Reinaldo Martínez Escobar. Nos habló de ética periodística y de los retos actuales de la comunicación. Aprovechó para hablarnos de sus experiencias. Sirvió para entender el rol de la vocería en las instituciones. La tarde de ese día fue para ejercicios prácticos en la ciudad de Cobán. Nos tocó hacer trabajo de campo y poner a prueba nuestra capacidad de geolocalización. Anteriormente lo hicimos en el comando, pero ahora era en un lugar no controlado, como la ciudad.

Terminamos el día con una convivencia de graduación. Se nos entregaron reconocimientos y platicamos con varios militares. Fue interesante saber más de su día a día y de cómo se adentraron en la carrera de armas. Al terminar, regresamos a nuestro cuartel para descansar. El día siguiente, viernes, sería el último de nuestra experiencia militar.

El casco como símbolo de corresponsal de guerra

Nos tocó madrugar. Nos levantamos a las tres de la madrugada, con incertidumbre por la jornada que nos esperaba. Nos reunimos frente a nuestro cuartel para adentrarnos en una de las áreas boscosas de CREOMPAZ, acompañados por el alto mando militar. Allí recibimos las últimas instrucciones sobre técnicas de orientación. Después llegó nuestra graduación de campo como corresponsales de guerra.

Fue una ceremonia inolvidable, durante la cual recibimos el casco que nos acredita como corresponsales de guerra. Mientras vivía ese momento, recordé las ceremonias de graduación de los kaibiles, las únicas que hasta entonces conocía. En mi caso, el casco me fue impuesto por el comandante accidental de CREOMPAZ, coronel de infantería Luis Miguel Díaz Monzón.

Regresamos al cuartel a las 4:40 horas para descansar unas horas. A las 9 de la mañana se realizó la graduación oficial, amenizada por la marimba de CREOMPAZ. Durante el acto tuve el honor de pronunciar el discurso en representación de mis compañeros de la XI edición del Curso de Corresponsal de Guerra. Después de recibir nuestros diplomas, agradecí, en nombre del grupo, la experiencia y los conocimientos compartidos a lo largo de la semana. La ceremonia concluyó a las 10 de la mañana.

Una hora después, a las 11 de la mañana, emprendimos el regreso desde el comando, en Cobán, hacia la ciudad de Guatemala. El recorrido tomó más tiempo del previsto y llegamos al Estado Mayor a las 19 horas.

Así concluyó mi semana al estilo militar. Estas líneas apenas alcanzan para relatar una parte de lo vivido durante el XI Curso de Corresponsal de Guerra. Fue una experiencia única, enriquecedora e inolvidable, por la que solo queda expresar mi agradecimiento a CREOMPAZ y al Ejército de Guatemala por la invitación y la oportunidad de participar.

P. D.: Aunque no mencioné en la crónica al jefe de la Escuela de Operaciones de Paz, el coronel de infantería Rubén Antonio Telles Cabrera, mi más sincero agradecimiento por todo el acompañamiento que nos brindó. Toda la semana nos ayudó y guió para lograr que nuestra estadía en el CREOMPAZ fuera la mejor. Además, de motivarnos para culminar el curso. ¡Gracias, estimado! Quería dejarlo en las últimas líneas a modo de reconocimiento.

 
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ANÁLISIS

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Alejandro Palmieri
El PSOE es una banda criminal, Pedro Sánchez su líder y Ferraz su guarida

Esta semana, el Congreso de los Diputados aprobó por mayoría —con apoyo de PP, Vox y Junts— una moción que insta al presidente Pedro Sánchez a someterse a una cuestión de confianza y, en su caso, dimitir. El motivo: la plétora de casos judiciales de corrupción y tráfico de influencias que salpican a dirigentes del PSOE, a su círculo más cercano y a miembros de su familia. Aunque Sánchez defiende que se trata de “casos aislados” de personas ya apartadas del partido, la proximidad de los implicados ha generado una crisis de credibilidad sin precedentes.

El más reciente golpe llegó el 22 de junio de 2026, cuando el Tribunal Supremo dictó sentencia firme en el caso mascarillas (también conocido como caso Koldo). Condenó a José Luis Ábalos, exministro de Transportes y ex secretario de Organización del PSOE, a 24 años y 3 meses de prisión por delitos de organización criminal, cohecho, malversación de caudales públicos y tráfico de influencias. A su exasesor Koldo García le impuso 19 años y 8 meses. El empresario Víctor de Aldama recibió 4 años y medio, aunque eludirá la cárcel por colaborar con la Justicia. La sentencia confirma una trama de comisiones ilegales en contratos de material sanitario durante la pandemia de COVID-19, adjudicados bajo la responsabilidad de Ábalos.

La esposa del presidente, Begoña Gómez, también se encuentra procesada. El juez Juan Carlos Peinado de la Audiencia Provincial de Madrid la envió a juicio oral por cuatro delitos: tráfico de influencias, corrupción en los negocios, malversación de caudales públicos y apropiación indebida. Según el auto de procesamiento, Gómez habría utilizado su posición como esposa del jefe del Ejecutivo para impulsar su carrera profesional, especialmente a través de una cátedra en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Empresas que patrocinaron esa cátedra habrían recibido supuestos tratos de favor en contratos públicos a cambio. El juez le ha retirado el pasaporte y le ha impuesto comparecencias periódicas.

El hermano del presidente, David Sánchez Pérez-Castejón, enfrenta juicio por prevaricación y tráfico de influencias. Se le acusa de haber obtenido un puesto a medida en la Diputación de Badajoz (entonces controlada por el PSOE) en 2017, con un salario acumulado superior a EUR 340 000 hasta 2025. El auto del juez Santiago Pedraz señala que la llamada “cloaca” del PSOE habría orquestado denuncias infundadas contra la magistrada instructora del caso. El juicio oral ya ha comenzado.

Uno de los frentes más graves es el caso Leire Díez, conocido como “caso Fontanera” o “cloacas del PSOE”. La Audiencia Nacional, bajo la instrucción del juez Pedraz, investiga una presunta trama para interferir en procedimientos judiciales que afectaban al PSOE y a su entorno. Leire Díez, exmilitante socialista y exdirectiva de empresas públicas, habría recibido miles de euros para gestionar ilegalmente información reservada, influir en jueces, fiscales y agentes de la UCO, y proteger intereses del partido y del presidente. La UCO ha registrado la sede de Ferraz y vincula la trama a Santos Cerdán, exsecretario de Organización del PSOE (ya imputado en otros procedimientos).

Las agendas incautadas incluyen anotaciones como “reunión con P.S.” y referencias a pagos de viajes gestionados desde la sede socialista. Los delitos investigados incluyen organización criminal, cohecho, revelación de secretos y tráfico de influencias.

Otro caso de alto perfil es el de José Luis Rodríguez Zapatero. La Audiencia Nacional lo ha imputado en el “caso Plus Ultra” por presuntos delitos de organización criminal, tráfico de influencias, blanqueo de capitales y falsedad documental. Se investiga su supuesto papel en el rescate de EUR 53M a la aerolínea Plus Ultra durante la pandemia, con posibles comisiones a través de empresas vinculadas a su entorno (incluyendo referencias a gestiones de sus hijas en algunas informaciones). Es la primera vez que un expresidente del Gobierno es imputado por corrupción en democracia.

Estos no son los únicos frentes. Medios como El Mundo hablan de hasta nueve casos abiertos que rodean a Sánchez: desde el ya sentenciado caso del Fiscal General Álvaro García Ortiz hasta posibles irregularidades en la financiación del PSOE. La sede de Ferraz ha dejado de ser solo la sede del partido para convertirse, según los investigadores, en un punto de interés judicial.

Sánchez insiste en que “no existe corrupción generalizada” y que respeta las sentencias judiciales. Sin embargo, la cercanía de los condenados e investigados con su persona —exministro número dos del partido, esposa, hermano y expresidente aliado— ha erosionado la confianza institucional. La moción aprobada en el Congreso esta misma semana refleja el agotamiento de una legislatura marcada por estos escándalos. El desenlace judicial de los casos pendientes (muchos aún en instrucción) determinará si el PSOE puede recuperar credibilidad o si la crisis política se agravará hasta forzar un adelanto electoral.

 
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