Cuando el corazón gana batallas

¡Buenos días!

Entre el cáncer, la fe y el amor de acogida. María Mendoza enfrentó al mismo tiempo el cáncer, la separación forzada de uno de los niños bajo su cuidado y una batalla legal contra el sistema de acogimiento en Guatemala. En medio del dolor físico y emocional, convirtió la fe y el amor por sus hijos en la fuerza que la llevó a seguir luchando cuando sentía que ya no podía más.

Luis de León narra cómo el Popol Vuh marcó su vida desde la infancia. En el marco del Día Nacional del Popol Vuh, que se conmemora cada 30 de mayo, el periodista Luis de León relata en primera persona cómo crecer con el nombre Ixbalanqué marcó su infancia entre burlas, discriminación y orgullo por sus raíces mayas. El texto también reconstruye la memoria de su padre y reivindica el Popol Vuh como símbolo de identidad y resistencia cultural.

Zapatero en la mira judicial: el caso Plus Ultra sacude al PSOE. El análisis de Alejandro Palmieri sostiene que la imputación del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero por el caso Plus Ultra marca un punto de inflexión para el socialismo español, al vincular presuntas redes de corrupción, blanqueo y nexos con el chavismo. El texto también presenta el caso como parte de un patrón más amplio de escándalos que golpean al Partido Socialista Obrero Español y al entorno del gobierno de Pedro Sánchez.

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Luis Enrique González
María Mendoza: "Le dije a Dios: Ya no puedo seguir perdiendo más"
1351 palabras | 7 minutos de lectura

 

María Mendoza habla con serenidad, pero su historia está hecha de pruebas que han exigido todo de ella: su fe, su fortaleza emocional y su convicción de que el amor —incluso cuando duele— siempre vale la pena. Tiene 39 años, una formación académica sólida en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas, y una carrera en comunicación e incidencia. Pero nada de eso define del todo quién es. Cuando se le pregunta, responde con una claridad que marca el tono de todo su testimonio:

“Soy hija de Dios… amo a Dios con todo mi corazón”.

Ese hilo conductor —una fe profunda— atraviesa toda su vida y se vuelve particularmente visible en los momentos de mayor oscuridad. Su historia no es lineal, no es cómoda, pero sí es profundamente inspiradora.

Desde niña, María creció en una familia donde el vínculo no era negociable. Seis hermanos, almuerzos todos los sábados, una tradición heredada de sus abuelos que se convirtió en una constante emocional. “Nosotros nos juntamos todas las semanas, no hay excusas”, cuenta. Aquellos encuentros familiares no eran solo reuniones; eran espacios donde se fortalecía el sentido de pertenencia y apoyo mutuo.

En esa misma dinámica también se cultivó su sensibilidad social. Su madre participaba en voluntariados, y ella, siendo niña, la acompañaba. Preparaban alimentos, atendían a personas privadas de libertad, organizaban actividades para familias necesitadas. “Siempre crecí con la enseñanza de ayudar al que lo necesita”, recuerda. Esa educación no fue teórica: fue vivida, practicada, interiorizada.

Una infancia marcada por la familia y el servicio

Y quizás por eso, desde pequeña, María tenía claro algo poco común: quería adoptar.

“No era que no quisiera tener hijos biológicos, siempre pensé que podía hacer las dos cosas, pero yo decía: voy a adoptar”, afirma. Ese deseo no era impulsivo; era una convicción arraigada en su manera de entender el amor.

Con los años, la vida tomó giros distintos a los que imaginó. No se casó, pero la idea de formar una familia no desapareció. Al contrario, fue tomando una forma más definida. Alrededor de los 30 años, decidió dar un paso adelante. No hacia la adopción directa, sino hacia algo que desconocía: el acogimiento temporal.

El día que cambió todo

En plena pandemia recibió una invitación a una charla sobre este tipo de cuidado. Lo que escuchó cambió todo.

“Fue una certeza tan profunda que yo sabía que tenía que estar ahí”, dice. No lo describe como una decisión racional, sino como un llamado. Y lo siguió.

El proceso fue largo, burocrático, exigente. Evaluaciones psicológicas, sociales, pruebas, documentación. Pero finalmente fue aprobada. Su casa estaba lista. Y entonces vino la llamada.

Recuerda claramente ese momento: estaba en casa, con un cuarto que había pensado para un futuro niño, pero que en ese momento era oficina. “Dije que sí… pero también pensé: no estoy lista”, admite.

Ese contraste —la decisión y el miedo— sería una constante.

Los primeros intentos no se concretaron. Un niño asignado que nunca llegó, una audiencia a la que no pudo asistir a tiempo. Pero finalmente, llegó una niña de tres años. Luego, un bebé de apenas meses de edad. Y con ellos, empezó a gestarse una familia.

Lo que María encontró en esos niños transformó su vida: vínculos profundos, aprendizajes diarios, desafíos inesperados. “Los niños llegan sin historia clara, sin identidad a veces, con necesidades profundas… uno aprende a amar sin condiciones”, reflexiona.

Sin embargo, el sistema en el que se mueve no siempre acompaña esa lógica del amor.

Uno de los episodios más duros de su vida ocurrió cuando, después de años de convivencia, un juez ordenó retirar a uno de los niños que estaba con ella y enviarlo a una institución. No hubo despedida. No hubo proceso para el niño.

“Se lo llevaron como si lo estuvieran secuestrando… yo no pude ni decirle adiós”, cuenta.

Ese momento fue devastador. No solo por el vínculo roto, sino por la sensación de injusticia.

Y todo esto ocurrió en paralelo a otro golpe: el diagnóstico de cáncer.

El momento en que sintió que ya no podía más

Fue entonces cuando el peso de todo se hizo casi insoportable. Las pérdidas se acumulaban: la muerte de una mascota profundamente querida, la despedida de un niño que regresó con su familia biológica, la enfermedad, y ahora la pérdida forzada de otro hijo en acogimiento.

En medio de ese dolor, María recuerda un instante clave:

“Yo estaba de rodillas… y le dije: ‘Le dije a Dios: Ya no puedo seguir perdiendo más’”.

No fue una frase ligera. Fue un grito desde el fondo.

Del dolor a la lucha

En ese punto, muchos habrían renunciado. Pero para María, ese momento marcó un giro distinto. No hacia la resignación, sino hacia la entrega total.

“Empecé a entregarle todo a Dios: mi salud, mis hijos, mis miedos. Le dije: aquí estoy, úsame”, cuenta.

Y desde ahí, comenzó la reconstrucción. Decidió no quedarse en el dolor. Decidió actuar. Presentó un amparo legal para recuperar al niño. Contra todo pronóstico, lo logró en apenas 15 días.

Pero el daño ya estaba hecho. El niño regresó cambiado: más irritable, confundido, con retrocesos en su desarrollo. “Nos tomó a todos superar ese trauma”, dice.

Y, sin embargo, ese mismo episodio fue el detonante de algo más grande. María entendió que no era solo su caso. Que lo que le había ocurrido a su familia le pasaba a muchos niños más.

Entonces llevó la lucha a otro nivel: presentó una acción de inconstitucionalidad contra el reglamento que limitaba el acogimiento y prohibía a estas familias adoptar.

“Estamos hablando de niños, no de números”, insiste.

La Corte de Constitucionalidad le dio la razón. El fallo representó una victoria no solo personal, sino estructural. Pero la lucha no termina ahí.

“Todavía falta que se aplique”, señala. A lo largo del proceso, su fe volvió a ser el sostén central. Incluso en los momentos de mayor incertidumbre.

“Yo tenía una paz que no puedo explicar… sabía que Dios me lo iba a regresar”, dice sobre el amparo. Esa convicción no fue ingenua; estaba forjada en el dolor.

Porque María también reconoce que hubo momentos de quiebre real. “Sí, totalmente… hubo momentos de abatimiento”, admite. Y vuelve a esa frase que resume su momento más frágil: “Le dije a Dios: Ya no puedo seguir perdiendo más”.

Pero lo que la diferencia es lo que hizo después de decirlo. No se quedó ahí. Se levantó. Siguió. Luchó y lo hizo acompañada. Su familia —esa que se reúne cada sábado— fue clave. Hermanos, primos, amigos: todos se involucraron. La acompañaron a quimioterapias, cuidaron a sus hijos, sostuvieron su rutina cuando ella no podía.

“Fue una red de amor impresionante”, afirma.

Sus hijos también fueron testigos de todo. Han visto sus lágrimas, han vivido las despedidas, han entendido —a su manera— el dolor.

“Mi hija lo lloró conmigo”, dice. Pero también han aprendido algo más: que vale la pena luchar por lo correcto.

“Siempre le dije: te voy a demostrar que las cosas se deben hacer bien”, recuerda.

Transformar la pérdida en propósito

Hoy, María mira hacia adelante con esperanza. Tiene a dos niños bajo su cuidado, uno de ellos ya de forma permanente. El tercero regresó con su familia biológica, y aunque eso implicó otra despedida, lo asume con paz.

“Para eso soy familia de acogimiento… para ayudar también a que otras familias puedan salir adelante”, dice.

Su sueño no termina ahí. Quiere seguir acogiendo niños, quiere incidir en el sistema, incluso ha pensado en crear un hogar con un enfoque distinto: uno que priorice la familia sobre la institucionalización.

Pero, sobre todo, sueña con sus hijos.

“Los veo felices, realizados, con sus propias familias… aportando al país”, dice.

Su visión no está centrada en ella, sino en ellos. En su bienestar, en su futuro.

Y en cada palabra hay una coherencia profunda con lo que ha vivido.

Porque María no habla desde la teoría. Habla desde la experiencia. Desde la pérdida. Desde la fe. Desde haber tocado fondo y haber encontrado, allí mismo, una razón para seguir.

Una razón que se resume en esa frase que marcó su vida —no como derrota, sino como punto de partida—: “Le dije a Dios: Ya no puedo seguir perdiendo más”.

Y, sin embargo, en lugar de dejar de perder, aprendió a transformar cada pérdida en propósito.

Fotos: Cortesía / República

 
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UNA INVITACIÓN DE REPÚBLICA
República Summit Sostenibilidad 2026: La basura, el reto pendiente

República Summit Sostenibilidad 2026 reunirá a líderes empresariales, autoridades públicas y expertos internacionales para impulsar una conversación estratégica sobre gestión de residuos, economía circular y desarrollo sostenible, en uno de los desafíos más urgentes para Guatemala.

Por qué importa. La sostenibilidad ya no es únicamente una agenda ambiental; hoy impacta competitividad, inversión, salud pública y crecimiento económico. La forma en que el país gestione sus residuos definirá también su capacidad de construir ciudades más eficientes, empresas más competitivas y modelos de desarrollo sostenibles.

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Fecha y hora. Jueves, 18 de junio, partir de las 2:00 PM. Salón Épica, AVIA

Lo que sigue. El evento busca impulsar alianzas, conversación y acción alrededor de una agenda clave para el futuro de Guatemala. Adquiera su entrada aquí y sea parte de este encuentro estratégico.

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Luis de León
Ixbalanqué: sobrevivir fuera del Popol Vuh
1157 palabras | 6 minutos de lectura

Soy Ixbalanqué y hace 50 años leí por primera vez el Popol Vuh, que guarda la historia de mi nombre y la de otros héroes mayas. Con la conmemoración del día nacional de este importante libro, salta a mi mente un conflicto que viví durante años por llevar el nombre de un príncipe maya y que marcó mi niñez para siempre.

Antes de nacer ya tenía el nombre Ixbalanqué, el dios humano gemelo del Popol Vuh. El 11 de septiembre de 1969, la trabajadora social del hospital de Antigua Guatemala le pregunta a mi joven madre, María Tula, cuál sería mi nombre, momentos después de que nací. Ella responde: Luis Ixbalanqué. El primer nombre en honor a mi papá y el segundo por el mítico personaje del Popol Vuh, texto que mi padre le había obsequiado antes de que yo fuera concebido. Cuando queda embarazada, afirma para sí que, si nacía varón, el nombre del bebé sería Luis Ixbalanqué, me ha contado con especial ternura.

Mi papá, el escritor Luis de Lión, me enseñó a leer y a escribir en la parte trasera de la puerta de madera de nuestro pequeño cuarto/casa, de apenas unos 3 x 3 metros. Nuestro pequeño paraíso, construido con desechos de madera, en donde vivíamos cuatro personas: mis padres, mi hermana y un servidor. Allá en la colonia Montserrat, otrora zona 19 de Mixco. Éramos pobres, pero mis padres nunca nos hicieron sentir como tales. Nuestra coraza era la cultura.

Yo no lo sabía, pero cuando me dieron el nombre Ixbalanqué me entregaron también una poderosa capa de identidad, aunque, francamente, al principio de mi vida consciente resultaba un peso intangible, pero peso al fin: era difícil aprender a escribir ese nombre completo, Luis Ixbalanqué de León González, para un niño de cinco años que era diestro con el machete, el trompo y los cincos, pero torpe con el lápiz.

Por si fuera poco, mi “extraño” nombre era objeto de burla constante de mis compañeros de juego, y me decían de todo: “palanque”, “palanca”, “blanca”. Ello ocurrió cuando nos vinimos a vivir a la ciudad capital, luego de que, por fin, mi padre obtuvo una plaza en la urbe y dejamos de pulular por varios departamentos y pueblos lejanos, debido a su profesión de maestro de educación primaria en el Estado.

Venía del interior del país y todo era nuevo para mí. Me apodaron “Tuna” por mi pelo crispado, característica indígena, así como mis gruesos labios y mi gran frente. Aderezado con mi nombre, era un combo perfecto para que los capitalinos se deleitaran con sus burlas. Era el indio de la colonia. Era un infierno.

Antes de ingresar a la escuela primaria guardé silencio sobre este acoso, que con el tiempo normalicé. Cuando comencé a estudiar, finalmente el asunto se hizo peor. Desde los cinco años ya sabía leer y escribir gracias a las enseñanzas de mi padre, pero esa ventaja se convirtió en otro foco de burla, aparte de mi nombre, como dije antes.

Al ingresar a primero primaria tenía siete años, como el resto de compañeros de clases de esa época, allá por 1977. Todos eran analfabetas, menos un servidor. Y encima de todo estudié en la Escuela para Varones Número 11 José Clemente Chavarría, ubicada en la zona 8, cerca de la línea del tren, en donde mi padre era maestro titular. Entonces se burlaban de mi nombre, Ixbalanqué, de mi aspecto indígena y también de que, por “ser hijo del profe”, era mejor estudiante que todos.

Finalmente me armé de valor y les reclamé a mis papás la razón por la cual me habían dado ese nombre. Nadie me decía Luis, inquirí, sino que usaban mi segundo nombre para burlarse, agregué con dolor y lágrimas.

Mi madre me explicó que mi nombre provenía de un semidiós del Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas, y que significaba “pequeña sonrisa de jaguar”; que Ixbalanqué era hijo de los dioses indígenas, tenía el poder de hablar con los animales y derrotó a los gigantes de Xibalbá, el infierno maya.

Mi padre me obsequió el libro, el Popol Vuh. Me dijo que lo leyera para que comprendiera la magnitud del nombre que me iba a acompañar toda la vida. En ese momento mi mente comenzó a volar, porque antes de que aprendiera a leer y escribir mi madre me leía todas las noches un cuento del texto El misterio del mundo verde, de Virgilio Rodríguez Macal. Ahí Macal relata las aventuras en las selvas de Petén de Cajcoj, el león; de Quej, el venado; de Gish, el tigre, entre otros.

¡Y entonces mi nombre era el de una persona que podía hablar con los animales y éstos le obedecían! ¡Era posible intervenir en todas las historias de animales que guardaba mi mente, con la voz de mi madre alojada en mi corazón!

Con apenas siete años leí el Popol Vuh con especial aprensión y lo terminé en poco tiempo. Con cada línea de ese texto, mi corazón crecía de orgullo al tener un nombre tan especial; me sentía un príncipe maya. A partir de entonces, cada vez que se burlaban de mi nombre, respondía: “¿Vos sabés qué significa tu nombre? No sabés, ¿verdad? El mío significa pequeña sonrisa de jaguar. Y el jaguar es el animal más poderoso de los mayas”.

Mi respuesta era tan contundente que llegué a perfeccionarla hasta la saciedad. Y como repetía lo mismo una y otra vez, como buen indio necio, gané la partida por agotamiento de mis jóvenes detractores.

En la secundaria y luego en el diversificado fue distinto, ya que estudié seis años en la Escuela Normal Central para Varones, en donde asistían varios compañeros del interior del país que tenían apellidos indígenas, así que dejé de ser un objeto potencial de burla.

Con el paso del tiempo, y por alguna razón que aún desconozco, mi primer nombre, Luis, comenzó a usarse en todas las áreas de mi vida, excepto en el seno de mi familia, en donde me dicen “Balam” (jaguar), o Ixbalan, o Ixbalanqué.

Así que cuando nació mi hermano, cuando yo tenía 21 años, decidí llamarlo Hunahpú, el gemelo de Ixbalanqué. Juntos enfrentaron y derrotaron a los señores de Xibalbá con los poderes que tenían por ser hijos terrenales de los dioses mayas.

Tenía la potestad de darle nombre a mi hermano, porque me convertí en una figura paterna para él desde que compartimos el mismo vientre. Su padre lo dejó en el abandono. En mi caso, mi padre fue secuestrado y desaparecido durante el conflicto armado en Guatemala, cuando yo tenía 14 años; es decir, siete años antes del nacimiento de mi hermano.

Mi hermano tiene 35 años y un servidor 56. Somos Hunahpú e Ixbalanqué. No tenemos superpoderes como los héroes del Popol Vuh, pero luchamos todos los días para dignificar la sangre maya que corre por nuestras venas. Abrazamos la vida como verdaderos hombres de maíz.

 
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ANÁLISIS

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Alejandro Palmieri

La estructura criminal llamada PSOE

El pasado 19 de mayo, la Audiencia Nacional española dio un paso inédito: imputó formalmente al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero por los delitos de organización criminal, tráfico de influencias, falsedad documental y blanqueo de capitales en el marco del caso Plus Ultra. 

Por primera vez en la democracia española, un exjefe de Gobierno se sentará en el banquillo como presunto líder de una trama de corrupción. No se trata de un hecho aislado ni de una “persecución política”, como ya clama la izquierda. Es la punta visible de un entramado sistémico que lleva años devorando al PSOE desde dentro. Los hechos judiciales, las conexiones venezolanas, los pagos a las empresas de sus hijas [de Zapatero] y la protección activa de la dictadura de Maduro demuestran que no hablamos de coincidencias, sino de una estructura criminal pura y dura.

El epicentro actual es el rescate de EUR 53M, concedido en 2021, por el Gobierno de Pedro Sánchez a la aerolínea Plus Ultra, una compañía de capital venezolano con pérdidas millonarias y vínculos directos con el chavismo. 

El respetado juez José Luis Calama señala a Zapatero como el “líder de una estructura estable y jerarquizada” que ejerció influencias para obtener ese dinero público. Según el auto judicial, Zapatero y su entorno habrían percibido cerca de EUR 2M en comisiones irregulares. Una de las sociedades instrumentales, Análisis Relevante, canalizó pagos millonarios al expresidente y a What The Fav, la agencia de comunicación fundada y administrada por sus hijas, Laura y Alba Rodríguez Espinosa. El juez detalla transferencias de más de EUR 240 000 a la empresa de las hijas y cientos de miles más a cuentas personales de Zapatero, con “adquisiciones patrimoniales y cancelaciones anticipadas de préstamos” que no se explican con sus supuestos honorarios de consultoría. Registros de la UDEF en el despacho de Zapatero en Ferraz y en las oficinas de las hijas confirman que la trama usaba estas sociedades como último eslabón para blanquear los fondos.

No es casualidad que Plus Ultra tenga como accionistas a empresarios venezolanos cercanos a Nicolás Maduro y Delcy Rodríguez. Zapatero no solo mediaba políticamente con el régimen chavista desde 2016: actuaba como su principal valedor en Europa. Viajes fuera de agenda, vuelos en aviones del régimen y reuniones clandestinas con los hermanos Rodríguez forman parte de su currículum. Mientras los venezolanos se hundían en la miseria, Zapatero legitimaba elecciones fraudulentas, silenciaba a la oposición y facilitaba el lavado de capitales procedentes de PDVSA y los CLAP. El juez Calama menciona explícitamente su intervención directa en operaciones internacionales de oro, petróleo, acciones y divisas. La información clave para la imputación provino precisamente de Estados Unidos: la Homeland Security Investigations (HSI) entregó el volcado del móvil del expropietario venezolano de Plus Ultra, Rodolfo Reyes Rojas. Fuentes judiciales y periodísticas apuntan a que la DEA y el Tesoro estadounidense llevan tiempo rastreando flujos de dinero sucio desde Caracas hacia el entorno de Zapatero. No es mediación humanitaria: es protección activa de una dictadura narcotraficante a cambio de comisiones.

Este caso no cae del cielo. Es el capítulo más reciente de una larga saga de corrupción que ha convertido al PSOE en una verdadera estructura criminal. Recordemos el escándalo de los ERE en Andalucía: condenas masivas a dirigentes socialistas por el desvío de más de EUR 1500M en subvenciones ficticias. 

En la era Sánchez, la lista se multiplica: el caso Koldo-Ábalos, con comisiones millonarias en contratos de mascarillas durante la pandemia; el exministro José Luis Ábalos y su mano derecha, Koldo García, imputados por organización criminal y blanqueo. El hermano de Pedro Sánchez, David Sánchez, será juzgado por tráfico de influencias tras colocarse en un puesto público sin apenas trabajar. Su esposa, Begoña Gómez, enfrenta juicio por malversación, tráfico de influencias y corrupción privada en relación con contratos públicos y actividades en la universidad. Y el propio fiscal general del Estado nombrado por Sánchez, Álvaro García Ortiz, fue condenado por el Supremo por revelación de secretos y prevaricación. Cuadros enteros del partido —alcaldes, consejeros, secretarios de organización— han pasado por prisión o están procesados. No son manzanas podridas. Es el árbol entero.

La izquierda, fiel a su manual, ya se victimiza. “Persecución judicial”, “lawfare”, “guerra sucia de la derecha”. Zapatero ha declarado que su actividad siempre ha sido legal y que colaborará con la Justicia. Sánchez sale en su defensa llamándolo “aliado clave”. El mismo Sánchez que, cuando los escándalos salpican a su familia y a su partido, acusa a los jueces de “golpismo” y amenaza con reformas que debiliten el poder judicial. Es el clásico mecanismo: cuando los hechos los descubren, se convierten en víctimas. La imputación de Zapatero no es selectiva; es el resultado lógico de años de impunidad consentida.

Lo que revela este caso es una estructura criminal perfectamente engrasada: expresidentes que usan su influencia para cobrar comisiones de dictaduras y empresas amigas; familias que colocan a hijos y cónyuges en circuitos de blanqueo; un partido que convierte las instituciones en cortijos para repartir prebendas. No es “simple coincidencia” de hechos aislados. Es un modelo de captura del Estado por parte de una red socialista que ha gobernado España como si fuera su finca particular. Mientras millones de españoles sufrieron la crisis, la pandemia y la inflación, ellos cobraban mordidas, rescataban aerolíneas fantasmas y protegían a tiranos que dejan a su pueblo en la miseria.

La imputación de Zapatero es un punto de inflexión. Demuestra que la Justicia, pese a las presiones, sigue funcionando. Pero también obliga a una reflexión profunda: el PSOE —y la sociedad española— no pueden seguir negando la evidencia. Una organización que acumula condenas, imputaciones y escándalos en cadena no puede presentarse como guardiana de la ética. 

Por el contrario, es el vivo ejemplo de lo que urge extirpar del quehacer público. 

 
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Por: Glenda Sánchez

Por: Reynaldo Rodríguez