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Corre Boston mirando el reloj de Mateo Flores

¡Buenos días!
Revive la huella de Mateo Flores. Juan Fernando Tarragó registró 2:27:39 en la Maratón de Boston, el mejor tiempo centroamericano reciente, evocando la gesta de Mateo Flores, quien ganó en 1952 con 2:31:53. Dos épocas distintas, unidas por la disciplina y el legado del atletismo guatemalteco.
Rescate de alimentos: la alternativa frente al desperdicio y el hambre. Toneladas de comida apta para el consumo se pierden cada día en Guatemala por fallas en la cadena de distribución y exigencias del mercado. El rescate de alimentos surge como una solución para reducir el desperdicio, mejorar la seguridad alimentaria y disminuir el impacto ambiental.
Energía, poder y geopolítica: la estrategia de EE. UU. para reordenar el mundo. El análisis de Reynaldo Rodríguez sostiene que la tensión en Ormuz impulsa una reconfiguración energética global que favorece a Estados Unidos y presiona a Asia. Bajo su criterio, Washington apuesta por consolidar un bloque hemisférico que asegure suministro, influencia y dominio del dólar.


Alicia Utrera
No vive del deporte, pero brilló en Boston: la historia de Juan Fernando Tarragó
1325 palabras | 5 minutos de lectura

El nombre de Juan Fernando Tarragó empezó a circular con fuerza tras su paso por la Maratón de Boston, una de las pruebas más exigentes del calendario internacional, donde registró el mejor tiempo entre los corredores centroamericanos. No es una carrera cualquiera para Guatemala: el 19 de abril de 1952, Doroteo Guamuch —Mateo Flores— ganó el primer lugar con un tiempo de 2:31:53 y se convirtió en el primer latinoamericano en lograrlo. Ese antecedente coloca en perspectiva la actuación reciente y ayuda a dimensionar su alcance.
Pero lo de Boston no es un hecho aislado. Tarragó ya había marcado un precedente en la edición 2025 del Maratón de Berlín, donde se convirtió en el primer guatemalteco y el primer centroamericano en cruzar la meta en esa competencia. Su recorrido también incluye el Maratón de Chicago, una de las pruebas clave dentro del circuito de los World Marathon Majors, donde ha competido como parte de su proceso para alcanzar la medalla de las seis grandes maratones.
En ese contexto, el resultado en Boston cobra aún más relevancia. Pero su historia tiene un ángulo menos habitual: no vive del deporte. Es ingeniero industrial y ha construido su rendimiento desde una rutina que combina trabajo y entrenamiento.
En conversación, su tono contrasta con ese logro: habla sin prisa, mide sus respuestas y evita exageraciones. No hay urgencia en su forma de expresarse, ni intención de impresionar.
Cuando se le pide que se defina en una sola idea, no arma una frase elaborada. “Alguien que ha trabajado muy duro por salir adelante… y que quiere seguir superándose”, dice.

Su historia va más por ese lado: constancia, más que grandes discursos. No hay giros dramáticos ni momentos épicos. Hay tiempo invertido, disciplina y una rutina que ha tenido que acomodar entre responsabilidades.
Su relación con el running tampoco empieza con una meta ambiciosa. Comienza en familia. Durante algunos años vivió en Nueva Zelanda, donde el deporte era parte del día a día. Su papá empezó a correr y lo fue involucrando casi sin darse cuenta. “Empecé porque mi papá me metió a correr… incluso para bajar de peso”, cuenta.
Al inicio, las distancias eran cortas: 500 metros, un kilómetro, avanzar poco a poco. Pero más allá del ejercicio, había algo más importante. “Era un momento especial para compartir con mi papá”, recuerda. Ahí empezó todo, sin presión ni expectativas.
Con los años, ese hábito creció. Sin dejar su carrera profesional, Tarragó fue subiendo el nivel hasta competir fuera del país. Lo de Boston, Berlín y Chicago no responde a momentos aislados, sino a un proceso sostenido.
No hay una fórmula secreta en lo que cuenta. Más bien, una forma de hacer las cosas: entrenar cuando se puede, cumplir en el trabajo y sostener el ritmo. Así, sin mucho ruido, ha logrado hacerse un lugar.

El valor de construir
Con el tiempo, lo que empezó como un acompañamiento se volvió hábito. Y ese hábito, disciplina. No hay un momento exacto en el que decidió tomárselo en serio. Más bien, fue una transición natural. Poco a poco empezó a exigirse más, a probarse, a competir.
Para Tarragó, correr no es un deporte de talento inmediato. Lo repite varias veces. “La corrida premia el esfuerzo y la constancia”, resalta, y lo ha comprobado con los años.
Esa forma de entenderlo también explica por qué insiste en que no empezó siendo “bueno”. “Nadie daba un centavo por mí”, detalla sin incomodidad y reconociendo su punto de partida. Más que generar impacto, esa frase explica por qué todo lo que vino después tiene sentido para él.
Su progreso no fue inmediato. Fue el resultado de repetir, de equivocarse, de ajustar. De entender que correr —como cualquier proceso largo— no es lineal. Hay días buenos, días malos y muchos momentos en los que nada parece avanzar.
Ahí es donde aparece uno de los temas que más repite: la paciencia. Como atleta y como entrenador, reconoce que uno de los errores más comunes es querer resultados rápidos. “La gente lo quiere todo ya”. Para él, correr es exactamente lo contrario a lo inmediato.

La maratón de Boston: más que una meta
Cuando la conversación llega a Boston, el enfoque no está en el resultado, sino en lo que representaba. No era solo una carrera importante dentro del circuito internacional. Era una idea que llevaba años presente.
Su papá había soñado con correrla. Después la corrió. Y ese mismo sueño se trasladó a él. “Lo planteamos hace nueve años… y se cumplió”.
Hay algo distinto en su tono cuando habla de ese momento. Como si ese objetivo hubiera estado siempre ahí, acompañando todo el proceso.
El día de la carrera también tiene un peso particular. Recuerda cómo su papá, el año anterior, lo guio en cada detalle: la logística, el recorrido, la dinámica previa. Y ahora, un año después, le tocaba a él estar del otro lado.
El tiempo final —2:27:39— aparece como un dato importante, pero no como el centro de la historia. Lo que realmente resalta es lo que significaba romper una barrera personal. “Para mí bajar 2:30 era imposible”, admite.
Hace una pausa breve después de decirlo. Y luego lo transforma: ahora ya no es una barrera. “Ahora quiero 2:19”, agrega, sin cambiar el tono. Más que presión lo que hay en esa frase es perspectiva.

El kilómetro 30
Si hay un momento en el que su discurso cambia, es cuando habla del kilómetro 30. No porque sea el punto más duro físicamente, sino porque es donde todo se vuelve mental. “Empiezan a aparecer muchas voces”, menciona.
Mientras lo explica, hace un gesto leve con la mano, como señalando algo que no se ve. Describe ese momento como una especie de diálogo interno constante. “Uno empieza a buscar… ¿me duele algo?, ¿qué pasa?”. Y luego, casi como una conclusión inevitable, se ríe: “Y muchas veces no hay nada. Es la cabeza”.
Para Tarragó, ese tramo, más que un esfuerzo físico, es un ejercicio de control mental. Saber qué escuchar y qué ignorar. Por eso insiste en algo que repite también con sus atletas: no pensar en todo lo que falta. Dividir la carrera. Ir segmento por segmento. Enfocarse en lo inmediato. Y esa lógica, en realidad, se extiende a todo. No solo al running.
No correr solo
Hay una idea que aparece varias veces durante la conversación, casi sin que se le pregunte directamente: no corre solo.
Habla de su familia, de su equipo, de su comunidad. Y cuando lo hace, su lenguaje corporal cambia. Se mueve más, gesticula, abre las manos. “Nunca corro solo”, repite. Lo dice literal. Detrás de cada carrera hay entrenadores, nutricionistas, amigos, personas que acompañan el proceso.
También está la fe. No entra en detalles ni busca explicarla. Simplemente forma parte de su rutina. Antes de cada maratón va a misa. “Es para agradecer… por poder estar ahí”, explica. Y en ese punto vuelve a una idea clave: la carrera no es lo más importante. “La carrera es la guinda del pastel”.
Lo que realmente importa es todo lo que pasó antes.

Más allá del tiempo
Al definir una buena carrera, su respuesta no tiene que ver con el cronómetro. No habla de marcas ni de posiciones, sino de proceso.
Para él, una buena carrera es aquella que refleja lo que construyó previamente. Independientemente del resultado. Es la culminación de un trabajo largo, no un evento aislado.
Esa forma de verlo también cambia cómo entiende la presión. Representar a Guatemala, competir en escenarios internacionales, tener gente pendiente de su rendimiento. Todo eso existe, pero no lo domina. “En el peor escenario, no pasa nada. En el mejor, uno inspira a alguien”.
Correr para celebrar
Hacia el final, la conversación se vuelve más reflexiva. Ya no gira tanto alrededor de carreras específicas, sino de lo que significa correr en su vida.
Habla de disciplina y consistencia. De elegir lo que construye a largo plazo, incluso cuando hay tentaciones más inmediatas.
Y cuando se le pide una frase que lo resuma, no duda demasiado. “Uno no compite para probar que es corredor… compite para celebrar que es corredor”. Lo dice tranquilo, sin levantar la voz
Y en esa idea, más que en cualquier tiempo o marca, queda claro lo que define todo su recorrido. Porque para Juan Fernando Tarragó, correr nunca ha sido solo avanzar más rápido. Ha sido, sobre todo, entender por qué vale la pena seguir haciéndolo.
Fotos: Diego Cabrera / República
Ana González
Rescatar lo que otros desechan: la ruta de los alimentos que sí llegan a la mesa
956 palabras | 5 minutos de lectura

En Guatemala, mientras una parte importante de la población enfrenta problemas de malnutrición, toneladas de alimentos terminan perdiéndose cada día. No siempre se trata de comida en mal estado. Muchas veces son productos que no cumplen con estándares de apariencia, que tienen errores de empaque o que simplemente no lograron colocarse a tiempo en el mercado. Para Juan Pablo Ruano, el problema no es la falta de alimentos, sino la forma en que el sistema los desperdicia.
Ruano dirige el Banco de Alimentos Desarrollo en Movimiento, una organización que trabaja en recuperar comida que, aunque apta para el consumo, queda fuera del circuito comercial. “Cerca de una tercera parte de toda la producción de alimentos se desperdicia”, explica. En Guatemala, dice, la situación tiene características particulares: a diferencia de países desarrollados, donde el desperdicio ocurre principalmente en los hogares, aquí las pérdidas se concentran en la cadena de distribución.
Del campo al mercado: dónde se pierde la comida
El fenómeno empieza desde el campo. En algunos casos, los agricultores prefieren no cosechar porque los precios no compensan los costos. En otros, los productos no cumplen con los estándares de exportación, aunque sean perfectamente consumibles. También influye un factor cultural: la apariencia. Zanahorias deformes, tomates irregulares o frutas con pequeños defectos suelen quedar fuera del mercado.
A eso se suman fallas en la industria. Errores en el etiquetado, problemas de empaque o decisiones comerciales —como producir más de lo que se demanda— generan excedentes que no siempre encuentran salida. “Hay productos que, cuando les quedan dos semanas de vida útil, ya no pueden comercializarse. Para nosotros, en cambio, todavía son aprovechables”, señala.
El resultado es una paradoja persistente: Guatemala pierde, según estimaciones del propio banco, al menos 180 libras de alimentos por persona al año, mientras miles de familias enfrentan inseguridad alimentaria.
Frente a ese escenario, el Banco de Alimentos opera como un intermediario. La organización cuenta con una red de más de 130 empresas donantes y un sistema logístico que incluye rutas de recolección en siete departamentos. Cada día, sus camiones recogen alimentos en mercados, centros de distribución y empresas, para luego trasladarlos a su centro de acopio.
Ahí comienza un proceso clave: la clasificación. No todo lo que se recoge se puede entregar. Los productos pasan por filtros para garantizar que sean aptos para el consumo. “No somos la basura”, enfatiza Ruano. La intención es recuperar alimentos, no desechos.
Recuperar alimentos, reducir impacto
Una vez seleccionados, los productos se distribuyen a través de una red de más de 100 organizaciones sociales y comunidades. A diferencia de otros países, donde los beneficiarios acuden a los bancos de alimentos, en Guatemala el modelo es inverso: el banco llega a las personas. Actualmente, atienden a unas 80 mil personas cada mes, muchas de ellas en zonas rurales de difícil acceso.
El apoyo no se limita a la entrega de alimentos. La organización ha desarrollado programas específicos para mejorar la nutrición y fomentar la autosuficiencia. Uno de ellos consiste en paquetes alimentarios diseñados por nutricionistas, que cubren parte de las necesidades de una familia durante dos semanas. Otro programa impulsa a pequeños agricultores con insumos y capacitación para mejorar su productividad.
También han identificado oportunidades en el emprendimiento. En algunas comunidades, especialmente entre mujeres, promueven la transformación de excedentes en productos que puedan comercializarse. La idea es que el acceso a alimentos no sea solo asistencial, sino un punto de partida para generar ingresos.
A la par del impacto social, hay un componente ambiental. Recuperar alimentos evita que estos terminen en vertederos, donde generan emisiones de gases de efecto invernadero. Según sus mediciones, el banco logró evitar el equivalente a más de 4,500 toneladas de CO2 en un año. “Ese alimento ya fue producido, ya generó una huella ambiental. Si se desperdicia, el impacto es doble”, explica Ruano.
Sin embargo, el modelo enfrenta un obstáculo estructural: la legislación. Actualmente, en Guatemala resulta más barato destruir alimentos que donarlos. Esto se debe, en parte, a limitaciones fiscales que restringen los incentivos para las donaciones. “El incentivo está al revés”, resume Ruano.
La organización ha impulsado cambios legales para facilitar la donación de alimentos, pero el proceso ha enfrentado trabas políticas. Una iniciativa presentada en el Congreso no logró avanzar, pese a contar con respaldo técnico. Según Ruano, el problema no radica en la viabilidad de la propuesta, sino en dinámicas internas que han frenado su discusión.
Aun así, el banco insiste en que la solución no pasa únicamente por reformas legales. También requiere un cambio cultural. Desde el consumidor que descarta productos por su apariencia, hasta las empresas que deben replantear sus procesos, el desafío es entender que el desperdicio no es inevitable.
“Esto no es caridad”, subraya Ruano. “Es una solución a un problema que ya existe”. En un país donde la pérdida de alimentos convive con la desnutrición, recuperar lo que hoy se descarta podría marcar una diferencia significativa. La clave, dice, está en ver esos productos no como residuos, sino como lo que realmente son: comida.
ANÁLISIS
Reynaldo Rodríguez
Estados Unidos y el control de la energía mundial

El conflicto geopolítico en el Estrecho de Ormuz es el eje primordial de una transformación tectónica en la geoeconomía global. Más allá de la narrativa de la relación de poderes entre los países del Cercano Oriente e Israel - el proxy de seguridad estadounidense -, el bloqueo del nodo logístico de Ormuz y la eliminación de infraestructura de producción energética funge como el catalítico de una restructuración de la producción energética global. Estados Unidos, aprovechando su posición favorable como potencia energética, está forzando un desplazamiento de la demanda mundial hacia el gran espacio americano, buscando alterar el equilibrio de fuerzas mundial.
Ormuz: un punto crítico
El control de Ormuz funciona como un punto de estrangulamiento para India y China, los gigantes asiáticos. La fricción logística en la ruta encarece o inutiliza los flujos tradicionales del Golfo y ralentiza la producción industrial de los Estados orientales. Además, la destrucción de infraestructura energética reduce sustancialmente la capacidad de exportación de los países árabes, obligándolos a redirigir capital hacia reconstrucción en el futuro para alcanzar la producción habitual.
Si bien este escenario beneficia a Rusia - un enemigo debilitado que sobrevive fiscalmente a través de los precios altos del crudo -, para los EE. UU. esta concesión es aceptable. Lo primordial, entonces, es la contención de China e India, obligándolas temporalmente a operar bajo una estructura de costos energéticos con primas altas que debilita su estabilidad manufacturera y la previsibilidad en sus cadenas de suministro debido a la posibilidad de que estas migren fuera del Cercano Oriente.
Hacia dónde se mueve el mundo
A través del caos calculado en Oriente, EE. UU. busca la consolidación de un bloque hemisférico de energía bajo la lógica del nearshoring. La arquitectura de este nuevo orden se basa en el despliegue masivo de capital estadounidense en puntos estratégicos y el apoyo político condicionado.
El foco de la proyección de poder es Sudamérica. La reactivación de operaciones de gigantes como Chevron y el auge petrolero en Venezuela y Guyana esperan recuperar a largo plazo el control sobre las reservas más grandes del mundo, asegurando un suministro seguro y cercano para las refinerías estadounidenses, especializadas en el procesamiento de crudo pesado. Se planifica, además, explotar el potencial de Argentina en Vaca Muerta como cobertura a través de gas y crudo no convencional, blindando al continente contra choques externos, especialmente después del fallo a favor de la empresa petrolera YPF. Por último, internamente, la desregulación de los mercados energéticos en Norteamérica ha permitido que el país actúe como el productor equilibrador del globo, capaz de inundar o restringir el mercado según sus necesidades geopolíticas.
Esta integración garantiza que el centro de gravedad de la inversión energética se desplace del eje Pérsico al eje Atlántico, consolidando un espacio de seguridad donde la energía fluye sin las interferencias de regímenes hostiles.
El dólar como ancla de la dominación energética
El propósito del control de la energía es dual: la presión de alineación de Estados y el mantenimiento de la inflación debido al déficit comercial americano. La moneda estadounidense no es solo un medio de intercambio, también es la infraestructura financiera obligatoria para el acceso a los recursos vitales. La dependencia estructural del dólar para contratos de energía crea una demanda con bajísima elasticidad. Los países no compran dólares porque quieren, sino porque los necesitan para que sus economías no se detengan.
Al mantener la matriz energética mundial atada a transacciones en dólares, Estados Unidos logra exportar su inflación y sostener un déficit que, de otro modo, sería insostenible. Mientras el petróleo sea el motor del mundo y el dólar sea el medio hegemónico para obtenerlo, la demanda de la divisa americana permanecerá constante, independientemente de las fluctuaciones del mercado interno estadounidense.
Por ello, la destrucción de la infraestructura en el Este es el preludio de la construcción de una hegemonía energética en Occidente. En este escenario, América no es solo un actor secundario, sino el nuevo tablero donde se decidirá quién controla el flujo del mundo en las próximas décadas.
![]() Por: Luis Enrique González | ![]() Por: Braulio Palacios |


