Construir como proyecto de vida

¡Buenos días!

Los valores que moldean una visión. El ingeniero Sandro Testelli, líder de Grupo Marhnos en el país, repasa su historia personal, los valores que lo formaron y su visión del sector. Destaca el impacto social de la infraestructura, la importancia de la integridad y el potencial de Guatemala, aunque señala retos en la continuidad de proyectos país.

Cuatro años sin Reina Barrios. El monumento sigue sin restauración ni fecha de regreso. A casi cuatro años del derribo del monumento de José María Reina Barrios en la Avenida La Reforma, la escultura permanece bajo resguardo sin avances en su restauración.

Europa tras la fe: el legado de la Iglesia y la búsqueda de un nuevo sentido
El análisis de Rafael P. Palomo destaca que la Iglesia Católica fue clave en la construcción del orden jurídico, educativo y moral de Europa, aunque su influencia ha disminuido con la secularización. El texto advierte que el continente enfrenta hoy tensiones de identidad, fragmentación cultural y la falta de un marco moral común que sustituya ese legado.

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Sandro Testelli es mexicano-italiano y lleva seis años en el país, donde hoy lidera la operación de Grupo Marhnos. Su llegada al sector de infraestructura no fue en línea recta, sino a partir de distintas experiencias que marcaron su camino. Ingeniero industrial con especialización en finanzas, desarrolló parte de su carrera en empresas como Banamex y Grupo Tribasa.

En esta entrevista, el foco va más allá del cargo y se centra en la persona: su origen, su historia familiar y los momentos que lo formaron. Desde ahí, comparte una idea que atraviesa su trayectoria: el potencial no se activa por sí solo. También habla de “dejar huella”, como una forma concreta de entender la infraestructura y su impacto en el país.

¿De dónde viene, cuál es su historia familiar y cómo empezó todo? 

—Soy mitad mexicano, mitad italiano. Mi papá era del norte de Italia, muy cerca de Bolonia, y fue médico cardiólogo. Le tocó vivir la Segunda Guerra Mundial, y me contaba muchas de sus experiencias más duras: la escasez de alimentos, los bombardeos, la pérdida de amigos y de familiares.

Vivió todo esto entre los 12 y 14 años. A pesar de ello, fue un gran estudiante, hijo de un abuelo campesino y de una abuela panadera.

Con el tiempo, obtuvo una beca para estudiar medicina y, por sus calificaciones, accedió a una especialidad en cardiología en Chicago, Illinois. Posteriormente, le ofrecieron una residencia de seis meses en un hospital de cardiología en México, donde conoció a mi mamá, quien era enfermera. Fue el típico romance de telenovela.

Somos cuatro hermanos; yo soy el tercero. Mi papá falleció hace 20 años y desde entonces hemos acompañado a mi mamá.

Estoy casado con Elizabeth desde los 27 años y tenemos tres hijos.

Nunca imaginé vivir en Guatemala. Llevo seis años aquí y ha sido un proceso de mucho aprendizaje. No conocía el país; cuando me dijeron “Sandro, te vas a Guatemala a ver autopistas”, no sabía ni qué era una chumpa o un chuchito.

He visto una evolución muy interesante del país: lo que ha cambiado y lo que puede llegar a ser. Guatemala es un país de grandes oportunidades, que ofrece muchas alternativas en distintos sentidos. Es un país al que le estamos apostando.

¿Qué pilares heredó de sus padres para crecer y mantenerse centrado? 

 —El carácter de mis padres me dio distintas directrices para formarme como persona.

Mi papá, con su estructura, sus vivencias y su formación europea, fue fundamental. Era un hombre duro, sin duda, incluso desprendido en ciertos aspectos. A los 18 años me dio mil dólares, una mochila, un pasaporte y un Eurail Pass, y me dijo: “yo hasta aquí llego”.

Me fui a Europa, conocí a mi familia y trabajé. Ahí empecé a entender lo que realmente significa el trabajo.

A mí me gustaba más jugar fútbol o béisbol que estudiar, pero mi papá siempre estuvo muy pendiente de mí, para bien y para mal. Fue una relación exigente en algunos momentos. Probablemente en ese entonces no lo valoré, pero hoy entiendo que fue parte de mi formación.

Mi mamá también fue una persona estructurada, encargada de cuidar a cuatro hijos. No fue particularmente consentidora ni apapachadora. Estaba muy ligada a principios católicos.

Cuando regresé de Europa, mi papá me dijo que ya no iba a apoyarme económicamente. No podía pagar una universidad privada, así que ingresé a una universidad pública. Ahí retomé mi camino: estudié ingeniería industrial y luego finanzas.

La vida abre y cierra puertas. Constantemente tenemos que tomar decisiones en distintos momentos. Afortunadamente, a mí me empezó a ir bien desde joven. A los 25 años ya tenía una posición sólida en el área financiera, lo que me permitió seguir creciendo.

He estado en reuniones donde pude haber firmado contratos de millones de dólares, pero bajo condiciones poco transparentes. Para mí, mi nombre, mi prestigio y las empresas que he representado pesan más. El sector de la construcción, lamentablemente, se presta a estas prácticas, pero mi nombre está por encima de cualquier interés económico.

¿Quiénes fueron sus mentores clave y qué lecciones sigue aplicando hasta hoy?

—Tuve jefes muy relevantes en el ámbito de la construcción que me ayudaron a evolucionar, asumir riesgos y perder muchos miedos.

También hubo mentores que me marcaron con directrices claras. Nadie nace sabiendo, y menos en un sector tan complejo como el de la construcción.

He tenido referentes en distintas etapas de mi carrera, pero sumaría uno más: el aprendizaje en el ámbito social. No podemos dejar de lado que cualquier proyecto de infraestructura tiene un alto componente social; por ejemplo, una carretera en operación puede generar hasta 20 mil empleos.

Ese impacto, tanto positivo como negativo, requiere acompañamiento. La clave es integrar a la sociedad en el proyecto, y no pretender que el proyecto se imponga a la sociedad.

¿Qué lo motiva a seguir en proyectos de largo plazo?

—Nos motiva el componente social. Por eso impulsamos proyectos vinculados a hospitales, escuelas y carreteras.

En nuestra experiencia reciente, el contacto con los Comude, los Cocodes y los alcaldes ha sido clave. Hemos identificado un rezago importante en temas sociales.

También desarrollamos iniciativas como talleres de repostería y maquila, así como servicios médicos, entre otros proyectos. En ese sentido, creemos que es positivo sumarnos y aportar a estas necesidades.

¿Cuál es la gran oportunidad de Guatemala y su mayor reto?

—Es fundamental construir una cartera de proyectos país. He escuchado múltiples iniciativas desde el sector privado, pero es un discurso que se repite desde hace seis años.

Existe un listado de proyectos, pero hace falta consolidarlo con una estructura institucional que trascienda administraciones. Este enfoque debe sostenerse en dos pilares: el sector público, encargado de garantizar el marco jurídico, y un sector empresarial sensible a las necesidades del país y participativo en los procesos.

¿Cuál ha sido su momento de mayor angustia en el país? 

 —Bueno, yo creo que ha habido muchos altibajos. A este proyecto lo hemos nombrado Lázaro, porque ha muerto y ha revivido varias veces.  

En la administración de Jimmy Morales, se presentó el expediente a votación y obtuvimos 26 votos de los 86 que necesitábamos, y en ese momento se archivó el expediente. Pero un diputado levantó la mano pidiendo que se validara el foro y no le hicieron caso. Eso nos permitió elevar el caso a la Corte de Constitucionalidad.  

Con Giammattei también fue muy complicado. Decidimos retirarnos de algunos procesos y reuniones, y Javier Maldonado, ministro del CIV en ese entonces, nos mandó un acta de terminación anticipada. Nos cancelaron el proyecto por una cuestión unilateral y por procesos en donde no queríamos involucrar un expediente a 25 años. 

Al final de cuentas, el nombre y el prestigio de la empresa va mucho más allá de otros contextos de negocio. Dichas administraciones podían sugerir otras cosas, pero no íbamos a ir por ahí. 

Como el contrato estaba firmado con temas de ley y en términos de ley, la administración actual decidió seguir adelante con el proyecto.  

Mi mayor satisfacción fue ver el acta de inicio de construcción de una obra por la que habíamos trabajado durante ocho años.

¿Qué es lo que más le gusta de Guatemala? 

—Le he tomado mucho cariño a Guatemala. Valoro especialmente el tema de la seguridad; considero que, en comparación con México, es un país más seguro.

Además, su riqueza turística y natural es muy atractiva. Es un país con mucho por ofrecer.

¿De qué se siente más orgulloso a nivel profesional y personal?

—Siempre le decía a mi hija, cuando era pequeña, que a mí me gusta dejar huella. Por eso me apasiona la infraestructura: en este sector ves el puente, el aeropuerto, la planta de agua, la carretera o la planta de energía. Son obras que permanecen en el tiempo.

He participado en muchos proyectos y esas huellas aún pueden verse hoy. Eso es lo que más satisfacción me deja.

¿Qué sigue para Sandro Testelli?

—En lo personal, ver la consolidación de mis hijos. También, empezar a pensar en la siguiente generación; me gustaría que el apellido Testelli perdure.

En lo profesional, seguir vinculado a proyectos de infraestructura, que es lo que me apasiona. Desde la consultoría hasta el diseño y la ejecución, quiero seguir involucrado y aportando en este sector.

Fotos: Diego Cabrera / República

 
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Ana González
La larga espera de Reina Barrios en La Reforma
956 palabras | 5 minutos de lectura

El 12 de octubre de 2021, en medio de una manifestación por el Día de la Hispanidad, el monumento del expresidente José María Reina Barrios fue derribado en la Avenida La Reforma. La escena quedó registrada: la cabeza desprendida y el torso inclinado sobre el caballo, tras varios intentos de un grupo de manifestantes por botar la escultura.

Desde entonces, han pasado casi cuatro años y el monumento no ha regresado a su pedestal.

La figura de Reina Barrios formaba parte del conjunto de monumentos que caracterizan la Avenida La Reforma, un espacio que el propio expresidente impulsó a finales del siglo XIX, inspirado en los bulevares europeos. Su ausencia no ha pasado desapercibida: el vacío en el lugar donde estuvo se mantiene como recordatorio de aquel episodio. En el sitio, sin embargo, no todo desapareció: el caballo del monumento permanece, pero la escultura de Reina Barrios sigue ausente.

José María de Jesús Reina Barrios fue Presidente de Guatemala del 15 de marzo de 1892 al 8 de febrero de 1898. Durante su mandato promovió proyectos de modernización urbana y fue conocido también con los apodos “Reinita” o “don Chemita”, en alusión a su baja estatura.

¿Qué ha pasado desde entonces?

Tras el derribo, la escultura fue retirada y quedó bajo resguardo de la Municipalidad de Guatemala, institución que administra los monumentos ubicados en espacios públicos. Ahí permanece hasta hoy, lejos de la vista pública y sin una intervención iniciada.

El Ministerio de Cultura y Deportes confirmó que el proceso de restauración no ha avanzado debido a que el caso está vinculado a un proceso judicial en el que esa cartera no forma parte. Según explicaron, el juzgado que conoce el expediente no permitió su participación, por lo que el seguimiento ha estado a cargo de la Procuraduría General de la Nación (PGN).

Esta situación ha limitado la intervención directa del Ministerio, que asegura desconocer las razones específicas del retraso en el proceso, lo que ha derivado en un estancamiento administrativo sin plazos definidos.

El estado de la escultura

El informe sobre las condiciones en que fue recuperada la pieza detalla daños severos. La cabeza presenta abolladuras producto de golpes directos y violentos, fracturas en la zona de la oreja izquierda y la pérdida de la oreja derecha. También se identificaron abrasiones en la nariz y la falta de un segmento del bigote.

Además, la escultura fue cubierta con pintura roja de tipo industrial, concentrada principalmente en la cabeza, lo que complica aún más cualquier intervención de restauración.

Estos daños obligan a un trabajo especializado que no solo implica reconstrucción estructural, sino también procesos de limpieza y conservación del material original.

Un proceso pendiente

La responsabilidad de impulsar la restauración recae en la Municipalidad de Guatemala, que deberá contratar a un especialista y presentar una propuesta técnica ante el Ministerio de Cultura. Esa propuesta será evaluada por el Centro de Restauración de Bienes Culturales Muebles (CEREBIEM), instancia encargada de emitir la resolución correspondiente.

El Ministerio confirmó que no cuenta con restauradores especializados en escultura metálica, lo que refuerza la necesidad de que el proceso sea gestionado externamente y agrega un paso adicional antes de cualquier intervención.

Hasta ahora, no se ha informado de la presentación de un proyecto formal, lo que mantiene el proceso en una fase preliminar, sin avances concretos.

Por ahora, no hay un plazo definido para que el monumento sea restaurado ni para su eventual reinstalación.

Sin fecha de retorno

A casi cuatro años del derribo, el caso del monumento de Reina Barrios sigue sin una ruta clara. La pieza continúa bajo custodia municipal, el proceso legal sigue su curso y la restauración depende de una propuesta que aún no se presenta.

En la Avenida La Reforma, el espacio donde estuvo el monumento permanece incompleto: el caballo sigue en su sitio, pero la figura del expresidente continúa ausente.

 
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UN MENSAJE DE LA UNIVERSIDAD DEL VALLE DE GUATEMALA
Energías renovables: el nuevo motor de la competitividad económica en Guatemala

Las energías renovables dejaron de ser solo una apuesta ambiental para convertirse en un pilar de competitividad económica en Guatemala. El país avanza hacia una matriz energética más estable y diversificada, mientras la Universidad del Valle de Guatemala (UVG) impulsa la formación de talento capaz de liderar esta transformación. Hoy, el debate energético se centra en la certidumbre de costos, la atracción de inversiones y el crecimiento sostenido.

Según Gamaliel Zambrano, director de la Maestría en Gestión de Negocios Energéticos de la UVG, las renovables ofrecen una ventaja estratégica al reducir la exposición a la volatilidad internacional y fortalecer la seguridad energética. Tecnologías como la solar, la hidráulica y los sistemas de almacenamiento con baterías permiten planificar con mayor certeza y estabilizar la red eléctrica.

Iniciativas como la planta solar El Carrizo evidencian este avance. La integración de renovables, almacenamiento e innovación posiciona a Guatemala como un destino atractivo para industrias que demandan energía limpia, confiable y competitiva.

Lea la nota completa aquí.

ANÁLISIS

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Rafael P. Palomo

La Iglesia Católica construyó Occidente y Occidente sin ella se derrumba

El papel de la Iglesia Católica en la construcción de la civilización occidental es difícil de exagerar. Durante siglos, además de ser una institución religiosa, fue la fuerza organizadora central de la vida europea. Desde ella se moldeó el derecho, la educación, la cultura y el orden moral. Para comprender la trayectoria de Europa hoy, es necesario entender tanto lo que la Iglesia construyó como lo que se ha perdido a medida que su influencia ha retrocedido.

En la Alta Edad Media, tras la caída del Imperio romano de Occidente, Europa vivió un tiempo de fragmentación, inseguridad y colapso institucional. Del gran imperio surgió el feudalismo y, con ello, la ausencia de un poder central. Fue en este contexto que la Iglesia Católica emergió como una fuerza estabilizadora. Los monasterios preservaron el conocimiento de los clásicos, copiando manuscritos y resguardando tradiciones intelectuales que de otro modo habrían desaparecido.

La Iglesia también se convirtió en un vehículo de educación, sentando las bases de lo que más tarde serían las primeras universidades de Europa. Instituciones como Bolonia, París y Oxford nacieron dentro de un marco profundamente influido por la teología cristiana y la organización eclesiástica.

Más allá de la educación, la Iglesia desempeñó un papel decisivo en la configuración de las normas jurídicas y políticas. El derecho canónico contribuyó al desarrollo del razonamiento jurídico, el debido proceso y la idea de que la autoridad misma está sujeta a principios superiores. La noción de que los gobernantes no son absolutos —que operan dentro de un orden moral y legal— debe mucho al pensamiento cristiano. De igual forma, conceptos como la dignidad inherente del individuo, la igualdad moral de las almas y la responsabilidad de cuidar a los más vulnerables se integraron en las sociedades europeas a través de siglos de enseñanza religiosa.

Esta arquitectura moral se tradujo en prácticas sociales concretas: la creación de hospitales, instituciones de caridad y sistemas de ayuda mutua basados en la idea de caritas, la caridad como deber moral. Incluso el patrimonio artístico y cultural de Europa —desde las catedrales hasta la literatura— refleja una civilización orientada hacia la trascendencia, el sentido y una comprensión de la vida humana como parte de un orden moral más amplio. Transitar por las ciudades más bellas de Europa hoy en día es caminar por el alma espiritual del medioevo, construidas por hombres cuya inspiración era plasmar la belleza divina en su arquitectura.

La erosión gradual de la influencia de la Iglesia no ocurrió de la noche a la mañana. Se desarrolló a lo largo de siglos, a través de la Reforma, la Ilustración y el ascenso de la modernidad secular. Cada uno de estos procesos trajo avances innegables, particularmente en la ciencia —a pesar de que el desarrollo científico, contrario a la narrativa secular, también avanzó en la Edad Media de la mano de la Iglesia—, la gobernanza y las libertades individuales. Sin embargo, también iniciaron un desprendimiento lento de las sociedades europeas respecto de los fundamentos morales y metafísicos que las habían sostenido durante largo tiempo. Las mayores bondades de la Ilustración nacieron de la moral y la filosofía cristiana, aunque muchos pensadores seculares no lo reconocieron.

En los siglos XX y XXI, este distanciamiento se aceleró. Europa se convirtió en una de las regiones más secularizadas del mundo. La asistencia a la Iglesia disminuyó drásticamente, el conocimiento religioso se redujo y la fe fue cada vez más relegada al ámbito privado. La transmisión generacional de la fe también se debilitó. Lo que la reemplazó no fue un marco moral unificado, sino un mosaico de preferencias individuales, gobernanza tecnocrática y relativismo cultural impulsado por una reconfiguración demográfica compleja. Las consecuencias de este cambio son visibles en múltiples dimensiones. En lo demográfico, Europa enfrenta tasas de natalidad en descenso y poblaciones envejecidas, lo que plantea interrogantes sobre su sostenibilidad a largo plazo. En lo cultural, existe una creciente sensación de fragmentación, con debates sobre identidad, valores y cohesión social cada vez más polarizados, en parte catalizados por la migración.

En lo moral, la ausencia de un marco compartido ha dificultado sostener consensos sobre cuestiones fundamentales: qué constituye una buena vida, qué obligaciones tienen los individuos entre sí y qué límites, si alguno, deben existir para la autonomía personal. Los críticos de esta perspectiva sostienen que la secularización representa progreso: una liberación del dogma y una expansión de la libertad individual. Hay elementos de verdad en ese argumento. Sin embargo, el desafío radica en qué sustituye la estructura moral que antes proporcionaba la religión. La libertad, por sí sola, no genera sentido ni cohesión. Sin un propósito compartido o una base moral común, las sociedades derivan hacia una cultura superficial que prioriza el consumo, la gratificación inmediata y normas procedimentales por encima de cuestiones más profundas sobre la virtud y la responsabilidad.

La Europa actual refleja esta tensión. Sigue siendo económicamente avanzada, institucionalmente estable y políticamente influyente, aunque con señales de desgaste. Bajo esa superficie, existe un debate constante sobre su identidad y dirección. El continente que alguna vez se concibió como el corazón de un proyecto civilizatorio ahora lucha por definir qué representa más allá de la prosperidad material y la democracia procedimental. La Iglesia Católica construyó una civilización no solo proporcionando instituciones, sino también una visión coherente de la persona humana y de la sociedad. A medida que Europa se ha alejado de ese fundamento, ha ganado ciertas libertades, pero también ha perdido claridad moral, cohesión y sentido de plenitud. La pregunta que enfrenta hoy no es si debe restaurar el pasado, sino si puede recuperar, reinterpretar o sustituir los principios que alguna vez dieron estructura y sentido a su civilización. La generación Z parece tomar la batuta, pero el riesgo es que haya llegado demasiado tarde.

 
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Por: Ana González

Por: Ximena Fernández